lunes, 14 de abril de 2008

Gritos en la casa de muñecas


Ahora mis latidos son muy rápidos, un pulso vertiginoso, puedo sentirlo, escucho mi corazón como un enfermizo tambor. Cada vez que late una onda recorre el ambiente. Pudo sentir esa onda y parece limpiar toda la habitación, como barriendo lo indeseado. Y escucho su voz en el otro cuarto, el único sonido que no puede ser barrido. Me llama como quién ha perdido a su pequeña e indefensa mascota. Y en cierto sentido eso es lo que soy ahora, un conejo asustado en un rincón, un perro metido bajo la mesa con la cola metida entre las patas, un ratón temblando frente a la inminente serpiente. Y me llama: “ven a mi”, dice ella con esa voz cantarina y juguetona.
Tiene los pensamientos de una niña de siete años y el sadismo de lo que es realmente, una psicópata. La puerta se abre como las mismísimas fauces del infierno. Grito y no puedo contener mi terror, mis pantalones se humedecen, no puedo evitarlo. Pronto todo acabará. Una sonrisa en sus rojos labios, sed de sangre en sus ojos, un hacha en sus manos…

domingo, 6 de abril de 2008

Eucaristía canibal



(La antesala de una ecatombe)




“Beban de mí, coman de mí. Soy la fuerza, soy la salvación. Mi carne los hará dignos, mi sangre los hará salvos. Aliméntense de mí y sean partícipes de esta sagrada eucaristía” así eran siempre mis discursos. Y siempre terminaban postrados ante mí, adorándome como a un verdadero Dios. Solo espero que el hacedor del universo me perdone por mis actos.
No siento la necesidad de arrepentirme de mis actos, es necesario, es preciso que se haga de este modo, así es como nacerá, desde las cenizas de una ciudad moribunda y caótica, una nueva sociedad, el principio de mi perfecta civilización. Limpia del pecado, entregada a la tarea devota de mejorar para bien a la ciudad entera. Ellos son mejores después de mí, ellos son mejores que antes de ser convertidos y lo planeo con todos. Dios será mi guía en esta campaña.
He de confesar algo. He de confesar la verdadera naturaleza de lo que ha pasado. Yo no soy malo, yo no soy el villano, soy el salvador. Desde los ocho años descubrí que podía hacer algo que nadie más puede. Cuando me hiero mis tejidos son repuestos de forma inmediata. Mi cuerpo se regenera a una velocidad impresionantemente veloz. Un caso impresionante, una vez me corté un dedo entero para probar los límites de esta capacidad, descubrí con gran sorpresa que simplemente no tenía límites, el dedo entere, con todo y el tejido óseo fue repuesto en menos de un minuto, debido a que nada puede dañarme, el indicador biológico de daño, es decir el dolor simplemente no existe, soy insensible al dolor. Cuando alguien me habla de ello simplemente siento nostalgia, de lo que nunca he tenido.
Los primeros años de mi vida todo fue bien, mantuve mi capacidad en secreto, prácticamente nadie sabía de esta. Pero sucedió un día que descubrí que no era una capacidad sencillamente, era algo más allá de eso. Fui atacado por un perro callejero, no me preocupó tanto, no me dolían sus mordidas, pero a este siguieron otros, y me destrozaban vivo. Dejó de ser soportable. Quise salir de ahí, me di cuenta de que me habían sido arrancados pedazos enteros de carne, eran animales verdaderamente feroces. Se alimentaron con esa carne, y luego bebían la sangre que brotaba de esta, se relamían sus enrojecidos hocicos con esas sus lenguas húmedas y largas mientras se acercaban lentamente a mí. No estaban en actitud de ataque, era distinto, era mejor, eran sumisos a mis palabras y órdenes, como si las entendiesen. Algo grande había ocurrido, tenía a mi servicio a una jauría de perros callejeros. Noté después que no solo eran sumisos a mis órdenes, sino que se habían vuelto más fuertes y rápidos de lo que ya eran. Algo muy loco se me ocurrió luego. Engañé a un indigente para llevarlo a mi casa, ahí lo até, lo drogué y lo obligué a comer de mi carne cruda (me arranqué un poco del antebrazo con un cuchillo de cocina) al hacerlo, pareció hacerse lo suficientemente fuerte para librarse de sus ataduras. Se lanzaría contra mi, pero entonces calló de rodillas ante mi, había tragado mi sangre y ahora era un hombre físicamente muy poderoso, pero sumiso ante mi.
Esto continuó así durante semanas enteras, pronto tenía a unas cien personas adictas a mi carne y sangre, pidiéndome que les ordenara cualquier cosa. Y ahora toda la ciudad está en mi mira. La sociedad perfecta se alimentará de mí. No importa cuanto tenga que sacrificar, cuanto haya que perder, soy su Mesías, el salvador de su miseria. Dios me daría la razón. Mi carne los hace fuertes, mi sangre los vuelve parte de todo, los vuelve irremediablemente míos. Es hora de que se unan a mí, o perezcan. Por la fuerza o por voluntad, pero todos me seguirán. ¿Quieren un pedazo de mí? No tienen mas que pedirlo. Eucaristía caníbal.

lunes, 24 de marzo de 2008

Síndrome Banshee


“Es hora de marcharme”, dijo ella con las llaves del auto jugueteando en sus manos. Es la tercera vez que la veo, es la tercera vez que alguien provoca algo así en mí. Es deseo, creo que eso, ¿de que otro modo se explica una erección? Me acerco a ella, y la abrazo para despedirme. Corresponde y el sonido de las llaves golpetea mi espalda.
“¿Te veré de nuevo?” su sonrisa silenciosa y esa mirada tan lasciva me dieron la respuesta. Algo se mueve de nuevo, algo se retuerce en mi cabeza, y el dolor estalla repentina mente. De nuevo veo cosas, de nuevo siento cosas, imágenes y sonidos sin control, ella sube al coche y no nota mis convulsiones. Me retuerzo en el umbral de esa vetusta casa familiar y caigo al suelo, estallaré, lo sé, lo siento. El ruido del motor. La veo a ella, la siento, huelo claramente su perfume, escucho su melodiosa voz, puedo ver sus ojos ocultos detrás de las gafas de sol. Y siento el fuego.
Mi cabeza estallará, mi alma volará en mil pedazos. Es uno de esos ataques que me dan, es una revelación, una de esas dolorosas visiones que me asaltan cuando la muerte está cerca. Y ahora lo está más que nunca…
Recobro mi cuerpo, recobro mis sentidos y mi serenidad, tan súbito como llegó se ha ido. Y escucho el sonido del motor que está siendo encendido. Me levanto y con una histeria desenfrenada (como solo la histeria sabe serlo) salgo del umbral y grito, intentando persuadir a una mujer de no morir. Pero el vehículo se mueve más rápido que mis piernas y da la vuelta en la siguiente esquina. No pude detenerla. Me quedo parado y recobrando el aire que dejé escapar de mis pulmones al gritar y correr. Y entonces sucedió. Un estallido se escucha a lo lejos, trozos de fierro y cristal, puedo imaginármelo, o solo recordarlo (ya lo vi hace un momento). Me quedo quieto, parado, sin reaccionar. Y solo suspiro. “Conste que lo intenté” me digo para mis adentros y regreso plácidamente a casa, es hora de mi telenovela…

viernes, 8 de febrero de 2008

Cisne y Serpiente




Ella se desplazó con la dulzura de la que solo es capaz una combinación tétrica entre serpiente y cisne. Se separó de su grueso abrigo blanco, este se dejó caer luego como un inusualmente pesado copo de nieve. Sus piernas se abrieron para posarse sobre mí. Yo no lo disfrutaba, como podría haberse pensado, no podía sentir ninguna clase de placer al estar amordazada y atada a una silla incómoda de madera. Sus labios se paseaban por mi cara, pero no eran húmedos, más bien eran ásperos, calientes, enrojecían mi piel, siempre había sido de dermis delicada y tenía que usar cremas para que el sol no me dañara.
"¿Me deseas?" Susurró a mi oído aquella femenina criatura. "Claro que te deseo, no importa que seamos del mismo sexo, eres una belleza imposible de no tomar en serio, eres mi ideal estético de mujer, eres perfecta, excepto en el hecho de que eres una psicópata" pensaba yo mientras ella seguía contorsionándose y restregándose sobre mi. Mi lesbianismo nunca me había causado problemas, pero esa mujer parecía haberme secuestrado precisamente por esa razón. Y ella continuaba paseando sus labios sobre mi rostro, pero pronto se aburrió de este y se desplazó a mi cuello, mis hombros y, luego, despojándome de mi sujetador, movía juguetonamente su boca por mis pezones, hasta ahora todo era ya soportable, a pesar de no ser agradable, no me llaman la atención los juegos sadomasoquistas.
Deseaba a esa mujer, pero habría sido mucho más conveniente en otras circunstancias. Algo cambió terriblemente, algo que era indicador de que esto no se trataba de algo común (entiéndase como se entienda), de algo "humano". Ella paseó su lengua bífida por mi pezón izquierdo. ¡Si, dije lengua bífida! era viscosa, húmeda y caliente, pero no por el calor corporal, sino por esa saliva corrosiva que le escurría y que irritaba mi piel a niveles peligrosos.
Ya antes la había comparado con un cisne y una serpiente, pero ahora sé que ella es toda serpiente y nada de cisne, lo que tenía de esta ave se ha caído ya, su plumaje yace en el suelo en forma de grueso abrigo de invierno.
¡Me ha disparado en un brazo! El dolor es insoportable, y más aún cuando ella hunde su larga lengua en mi herida para lamer la sangre. Parece no convencerle el sabor y me mira fijamente con esos ojos bellísimos, hechizantes, hipnóticos.
"¿Me deseas?" me pregunta de nuevo, a pesar de todo, no sé que tanto ha cambiado la respuesta desde la última vez. Ella es hermosa, es impresionantemente bella y a pesar de todo, elegante. Su boca y su conducta inhumana son lo único que la separan de ser la más hermosa entre las más hermosas criaturas. Sostiene el arma cuando me ve fijamente, me desea, pero no como mujer, ¿entonces, como?
Quita la mordaza y antes de que yo pudiera reaccionar ella me besa y su lengua se sumerge en mi boca. Me quema, me lastima, se hunde cada vez más profundo, no sé que tan hondo ha llegado, pero si es bastante. No soy su juguete, no soy su amante, no soy su víctima ni su diversión. ¡Soy su alimento!
Me voy con una seguridad en mi poder, he besado a la mujer más hermosa del planeta, y puedo dar mi alma como aval de este juramento.

jueves, 7 de febrero de 2008

El último juego de maullidos


Si eso no hubiera bastado, no sé que más hubiera hecho. Tal vez ya no me quedaban ideas, y tuve que utilizar un último recurso indeseable. Me arrepentiré de ello en el futuro, lo sé, muchos han hecho cosas parecidas y tienden al amargo arrepentimiento posterior. Me he perdido de nuevo, ¿Qué estaba yo diciendo?
Ya no importa. Mañana todo se olvidará como suele suceder. A nadie le interesa la muerte de un gato, ¿verdad? A mí si me importa, yo lo maté, tuve que hacerlo, tuve que silenciar a ese terrible espíritu disfrazado de minino. Quizá ahora pueda disfrutar pacíficamente de una taza de descafeinado, mi doctor me ha recomendado no consumir cafeína o nicotina, así que me veo obligado a obedecerle. ¿Qué tengo? Interesante pregunta, realmente no lo sé. Realmente no me han podido diagnosticar nada. Alabo a la ineptitud e incompetencia médica de este miserable país, nadie sabe lo que tengo y mientras tanto soy libre, en lo que cabe. Tengo un par de proyectos en mente que no podía concretar por el demoníaco acoso de ese mal nacido felino.
¿Demasiado habar de ese infernal gato? Ah, claro, me disculpo, solo he contado que maté un gato, pero nunca he dicho el como ni el porqué. Para saciar curiosidades intentaré contar esa loca época en la que comenzaron los maullidos. Recuerdo que aquella primera mañana mi esposa estaba cocinando y yo me vestía para el trabajo, como de costumbre, pero en esta ocasión había algo distinto. Desde la ventana un maullido se dejaba oír, era constante y pronto comenzó a resultar molesto. Le grité al vecino que callara a su odioso gato, desde el balcón contiguo ese embustero de mi vecino negó la existencia de un gato, pero no podía ocultar a ese infeliz felino por mucho tiempo, cuando se descuidara yo me encargaría de él.
Esa noche mi mujer me contó acerca de la vecina, de lo feliz que era ahora ese matrimonio con su nuevo miembro. Yo contesté con un tono molesto que si bien ellos eran muy felices, el escándalo que causaba era terrible. Mi esposa solo me miró con aires de extrañeza, “lo que me faltaba”, pensé, “incomprensión de parte de mi esposa, este matrimonio irá en picada antes de darnos cuenta”.
Los maullidos de ese molesto animal me aturdían los oídos día y noche, y me negaban la concentración. Por aquel entonces mis niveles de cafeína diarios eran tan altos que mi orina bien había podido ser tan oscura como el café en cualquier momento. Pronto mi desesperación creció a un nivel insano, planeé una estrategia para deshacerme de esa criatura infernal, sus terribles lamentos eran cada vez más frecuentes y fradaban con insistencia en mi cordura.
Una taza de azúcar, clásico, pero no tan clásico es tener un cuchillo de cocina fajado en el cinturón, oculto por su puesto, así en lo que la vecina me surtía con la dulce azúcar yo silenciaba al maldito gato. Toqué a la puerta, me abrió mi bella vecina, bien podría tener con ella alguna aventurilla futura, “si, se me ofrece algo” esa taza se fue hacia la cocina en las manos de esa mujer de encantadoras curvas, que últimamente habían lucido algo flácidas desde que regresó de aquel viaje. Seguí los maullidos, estos psicópatas cuidaban tanto al animal que le tenían un mueble cuna especial. No lo pensé y lo atravesé solo dos veces, más que suficientes creo yo. No importa si la mujer se espanta con el cadáver del minino después. Lo negaré todo. Me deshice del cuchillo cuando regresé a casa. Efectivamente, poco después se escucharon los gritos aterrados, no entiendo por que tanto alboroto por un gato, hay policías y… ¡Se llevan a mi vecina!
Algo no me parece normal, ¿desde cuando el asesinato de mascotas es un delito grave en esta ciudad? “Yo no se nada, yo no se nada” decía cuando alguien me preguntaba. Regresé a mi habitación y mi mujer me pareció muy angustiada.
Creo que en un tiempo se olvidarán del asunto, los gatos no son gran noticia por demasiado tiempo. Y esta es la historia de ese odio animal del que me he deshecho. No siento culpa aún por ello, pero tal vez pronto. Mientras tanto continuaré tal como estaba, con mis proyectos, con mis planes, con mi tranquilidad, con mi recién recuperada paz.
¿Policías, en mi puerta? ¿Qué querrán?...

martes, 15 de enero de 2008

Nacho Vegas - La cancion de Michi Panero

¡Largo ya de aqui! ¿Que quereis de mi? ¿Es mi alma o es mi dinero? Si de uno carezco y la otra es una anomalia en esta vida.

viernes, 21 de diciembre de 2007

La Respuesta II




El lodo que se mete entre mis dedos es casi insoportable. Un hedor putrefacto nace de las ciénagas y deja a relucir la potencia de los venenos del alma, culpa la llaman los vientos que juguetean en rededor mío. Y aúllan, y sacuden el ambiente con júbilo pequeño, como si intentasen disminuir o disimular los fétidos aromas del lodazal. Yo solo me fugo de este pantano, pero manos cadavéricas surgen para impedir mi retirada, y desde el fondo de sus gargantas vomitan y salpican el ámbito con una lastimera y repetitiva palabra, que se convirtió, a poco, en el coro omnipresente de esta vil situación; ¡culpa! Y como si el infierno fuera poca cosa, un terror de mil demonios mortificaba mis pensamientos y sensaciones con su aborrecible presencia. Lastimaban mi piel y mis oídos, pero hacían lo propio aún en peor medida con los putrefactos seres que me impedían la huida. Los demoníacos entes simplemente se desvanecieron en una hecatombe de sangre hirviente, simplemente ya no estaba ahí, sino en algún sitio alejado de cualquier cosa. Aún sentía presión sobre mis extremidades, y eso me sorprendió aún más, pues me había percatado de mi nueva capacidad para sentir. Aún ignoro si los enviados de los infiernos habían ido a mi rescate, o si salí librado por una fortuita coincidencia en medio de una voraz batalla entre los habitantes de los fangos infectos y los diablos del submundo.
Quizá el frío de tus manos no me importó, pues te sentía de cualquier modo. Descubrí que podía sentir aquí y del otro lado. Es difícil ser un semi cadáver. Tus dedos se enroscaban entre los míos y se me antojaron melancólicos, como solo podría serlo un alma invadida por el frío del desasosiego. Entre palabra y palabra que pronunciabas cerca de mi rostro, un beso poco significativo y suave, frío también, me acariciaba los rígidos labios. No hubo lágrimas, ni tuyas ni mías, de cualquier forma, mis lagrimales estaban “fuera de servicio”.
El gas que corre por mis venas se tornó frío cuando el hálito de otros condenados llegó al sitio que se encuentra en el envés del mar de pesadilla. Condenados a vagar y existir siempre ahí. Yo también era un prisionero del sueño, y de no tener las necesarias precauciones podría sufrir un destino similar. Los vi ser lanzados desde los majestuosos cielos, desde donde espesas nubes violáceas contemplan lascivas el paisaje que se encuentra en rededor suyo, malditas voyeuristas, y al ir cayendo a los condenados reinos del olvido del mal sueño se quemaba su piel etérea, se desfiguraban sus rostros, y se retorcían en agonía espantosa. No deseo imaginarme el cómo se ganaron aquel cruel destino. Las decisiones suelen ser equivocadas y no existe redención a ellas, al menos, no de este lado. El otro lado es aún más inmisericorde, pero con castigos más livianos en comparación. Uno desea viajar al sueño, ignorando que el sueño puede convertirse en temible pesadilla.
Aún mis párpados son cosa inútil. Y simplemente hay blancura a mí alrededor. Si tan solo el aire fuese mío, conseguido por mi propio mérito. Pero es artificio del ingenio humano el que me mantiene atado al mundo que no he pedido como morada. No culpo ni reniego, es solo que deseo que lo que por tanto tiempo he buscado se haga presente, al fin, de un momento a otro. Aún cuando eso significase mi ruina.
Por fin he llegado, el torrente de arena, la corriente en el centro. Ignoro su ubicación, tal vez no exista tal, quizá es solo un momento en el espacio y tiempo que se repite periódicamente o de modo completamente aleatorio a nuestros prejuicios. Y sin embargo, a pesar de todas mis lucubraciones acerca de su naturaleza, lo siento, lo contemplo, como solo lo etéreo puede ser visto por lo etéreo. Una vez, en algún lugar y situación que no me molestaré en recordar, escuché que la realidad es independiente del sujeto cognoscente, y eso es lo que sucedía con la fuente de todas las arenas que ahora se encontraba en mi presencia. Y es que por más suposiciones que se me pudieran ocurrir sobre su origen y naturaleza, jamás podré adivinar la realidad. Solo me resta describir, en verdad solo me queda eso, pues mis suposiciones se han visto subyugadas a la ignorancia que me ata al simple acto de observar. El centro es brillante, con destellos fluorescentes en colores tan variados que el ojo humano no podría reconocer ni distinguir. Los vapores surgían desde el fondo torrencial, como… No creo encontrar una comparación. Es como mil millones de auroras australes hechas de diminutos diamantes policromáticos en actitudes extraordinarias, danzando en una espiral de brazos hinchados de fuerza, conteniendo en cada uno de ellos los aromas de épocas pasadas, de recuerdos en vigilia y en el territorio del sueño, sentía todo lo que había sentido en toda mi vida a un tiempo, sentía aquella tristeza que me invadió cuando vi marcharse a mi padre a los cinco años de edad, sentí aquella alegría del primer amor en la secundaria, sentí la ira contra aquel abusón en la niñez, sentí la impotencia de quien quiere cambiar al mundo y resolver las injusticias, la excitación al sentir la piel de una mujer desnuda con mis propias manos, sentí y sentí mil cosas más, sentí y percibí los aromas que han invadido mi ambiente durante mi vida, el chocolate, la canela, el cigarrillo, la tierra mojada, que con los sonidos que palpitaban todos juntos en mis oídos, formaban un cúmulo casi insoportables de sensaciones, a pesar de lo que pudiera pensarse, cada sonido era perfectamente distinguido por separado a pesar de ser percibidos al mismo tiempo, tales podían ser tan agradables como el canto de una madre, el sonido de campanitas en un cobertizo, la melodía de pájaros madrugadores o una melodía en un lejano piano, o bien algo más desagradables como el sonido de un grito aterrador, la sirena de ambulancias, gotas cayendo sobre el aluminio, o el estallido de un arma de fuego. Sabores múltiples en la lengua, el sabor de mi propia sangre, del dulce chocolate, de tus pezones jugueteando en mi lengua, de tus labios, de algún limón alguna vez degustado o de un lejano vino, el sabor del polvo al caer al suelo o el sabor desagradable de las pastillas. Pero nada superaría a la vista, es este el sentido que más necesitamos y del que más nos jactamos los seres humanos, es el sentido que regularmente nos hace cometer más errores y menos aciertos y es el sentido en el que, paradójicamente, más confiamos. Lo que vi en ese momento era todo, y por todo me refiero a cada una de las imágenes que pasaron ante mis ojos a lo largo de mis años. No intentaré describirlas, como he hecho con los otros sentidos, pues no doy crédito a lo que me he visto obligado contemplar, y prefiero no repetirlo en mis palabras. Todo, todo ello y más contenía en su interior aquella sustancia, objeto, lugar o lo que sea que fuere o de lo que se tratare el centro torrencial de las arenas, como se le había nombrado de este lado de la realidad. En ese momento era capaz de entender cada uno de los secretos de la vida, o al menos de la mía, se trataba de una especie de espejo en el que te contemplabas tal cual, y eras capaz de sentir la historia, y de augurar tu destino de entre tantos posibles que pudiesen surgir de repente. Me gustaría quedarme un poco más ahí, un poco menos de ese lado en el que me aguardas, tal vez más a mí que a la respuesta que te he prometido, pero ahora ya no depende de mí, es una pregunta que debe ser contestada aún contra mi voluntad, o la tuya, o la de Dios. De no ser así, el universo, la existencia en su más pura esencia perdería su sentido, su razón de ser, y ya sin propósito no habría más por qué existir. Y de pronto la respuesta, ansiada aparece en forma de esfera de brillante luz en el centro del infinito remolino galáctico y multicolor. La trato de tomar con mis dedos, pero esos se evaporan nada más tener contacto directo con la respuesta que brilla con la potencia de mil estrellas, o de dos mil novecientas cuarenta y una, en cualquier forma era mucha luz, al menos en apariencia. Al darme cuenta de que ya no tenía manos con que sostener esa esfera que contenía o era en si la respuesta que deseaba me abalancé sobre ella con todo mi cuerpo, perdiéndolo en el acto. Y me desvanecí en el interior incierto de la luminosa esfera.
Las máquinas que estaban conectadas a mi, pronto detectaron una alteración, se hizo la alarma, y se formó una carrera contra el invencible tiempo y un supuesto ataque del que mi corporación carnal era presa, lo sentía todo, cada uno de los aparatos tocándome, los hombres de blanco manoseándome y agujas que contenían sustancias que supuestamente ayudarían a controlar, mas no a resolver, la situación. Intentaba simplemente hablar, pero debido a un terrible entumecimiento de mis cuerdas vocales tan solo era capaz de jadear, de lubricar el espeso, tenso y desesperado ambiente con súplicas escuchadas casi en susurros dolientes y entre todo el ajetreo eran, por tanto, prácticamente inaudibles y pasados por alto. La situación empeoraba, cada vez más, a cada momento, las decisiones eran cada vez más apresuradas y equivocadas, pero el efecto de alguna droga antes administrada comenzó su manifiesto, casi al instante en que pude al fin responder, pero mis palabras fueron entorpecidas por esos mismos químicos y tan solo se escuchó un alarido desasosegador. Se determinó que había salido de aquel coma en el que yo mismo me había sumergido con el fin de encontrarme en la tierra del ensueño y encontrar en ella el centro de todo , el torrente de las arenas, la fuente de todo lo que puede existir en nuestra mente y por tanto en la realidad. Pues no existe realidad más cierta que aquella en la que estuve andando y peregrinando, y esto que llamamos realidad es solo el sueño de un lejano sueño del que podemos despertarnos en cualquier instante, somos ignorantes ante tanta verdad, tan abundante, tan escondida, y somos tan conformistas al creer que al perdernos en el sueño vivimos tan solo ilusiones sin darnos cuenta de que en realidad es nuestra vida, ilimitada lo que experimentemos y de este lado solo hay falsedad, lo etéreo nunca fue tan real. Días después pude al fin comunicarme verbalmente con tigo, y pude darte la respuesta. “Soñar es existir, que es más importante que vivir, al soñar somos nosotros tal como debemos ser, y no el producto de la imagen que nos da la carne”. Te he respondido, te he brindado el fruto de todos mis pasos invisibles del otro lado de la frontera onírica. No se por que sucedió lo que sucedió después, pero ya no es tan importante, el propósito ha sido cumplido, y lo que venga ahora es solo la inevitabilidad del devenir tan siniestro como suele serlo. Luego de un nuevo ataque he quedado conciente, pero completamente paralizado, con la capacidad para mover solo un par de mis dedos, se que pronto dejaras de venir, se que te olvidaras de todos aquellos placeres carnales que alguna vez te he brindado y que me tendrás como un mudo confidente o como un recuerdo que desearas olvidar, pero es algo que me preocupa tanto como el clima de neptuno para un pigmeo australiano. Pues ya sin propósito en este plano soy libre, un agente libre por fin, de las ataduras de la realidad diaria en este lado de la barrera onírica. Esta limitación física es solo apariencia de impotencia, del otro lado soy libre y feliz, soy el amo absoluto. Capaz de viajar entre los mares de las pesadillas y resultar victorioso, capaz de sumergirme en las orgías más extrañas y pútridas y resultar divertido y libre de mancha alguna, soy dueño de aquéllas ciénagas que alguna vez me apresaron y dialogo con los demonios de sangre hirviente con los que antaño he tenido algún encuentro. Visito cuando me plazca el palacio execrable de fachada adorable y pulcra que alguna vez contemplara. No debes compadecerte de mí, que ahora soy libre, y te visitaré siempre en tus sueños, porque ahora pertenezco a ellos como el mismo Morfeo alguna vez lo hizo. ¿Recuerdas la rígida sonrisa que ostentaba en mi coma autoinducido? Pues ahora también la tengo, pero esta vez es solo verdad.

La Esencia

La Esencia está viva, cada día respira de nuestro aire y se mueve por nuestro espacio. Somos miserablemente pequeños ante ella. Es nuestra creadora. Pero sus manifestaciones son desconcertantes y casi nunca agradables. Sus manifestaciones son seres. Algunos andan entre nosotros y otros se ocultan en las sombras del mito, mientras que a otros más les es indiferente nuestra existencia y nos pasan de largo. Ellos son los seres de la Esencia.
Soy alguien que ha vivido cerca de todo ello, y que ha tenido la suficiente suerte de sobrevivir o, cuando menos, permanecer cuerdo.
Cada caso del que yo tenga conocimiento en el que se sospeche de una manifestación tal ha de quedar plasmado en este lugar. Aún a costa de mi volundad.

Mapamundi maldito

Powered By Blogger