viernes, 18 de julio de 2008
lunes, 14 de julio de 2008
Mirándote al espejo y viceversa
No era un sueño, o eso creo. La sutil línea que divide el sueño de la realidad es, a veces, tan delgada, que creemos recordar, en el punto medio, conversaciones oníricas, justo en el momento de despertar, o recriminamos a los conocidos faltas que cometieron en nuestras ensoñaciones. He escuchado que soñamos para saber que existimos, esto se lograría al separar la realidad de la fantasía nocturna. Pero todo esto es una ilusión, soñamos y existimos tanto como en los momentos de vigilia en donde somos esclavos de las leyes de la física. Es por eso que, hasta cierto punto, desearía que no fuera un sueño, desearía que todo cuanto el espejo me mostró fuere tan veraz como mi propia carne, pero en ocasiones la fantasía rebasa en realidad a mis propios huesos.En el punto exacto en el que una persona comienza a entrar a un estado de letargo y el cerebro lucha vehemente por permanecer despierto, mi vista se dirigía al espejo del mueble tocador. Pude ver mi propio rostro. Yo me sentía extraordinariamente soñoliento, pero mi reflejo, o lo que creí mi reflejo, no lo estaba, me veía firmemente, con una indescriptible mirada que evocaba ferocidad, ternura, sensualidad y burla, todo al mismo tiempo. No pude reaccionar lo suficiente como para actuar frente a aquella visión, excepto por el menear de mi cabeza con desmallados movimientos ondulantes, pero al hacerlo, mi reflejo seguía tan quieto como una estatua. En ese momento, mi corazón vibró fuertemente, y mis músculos se helaron Me incorporé y así lo hizo ‘eso’ también, desde el espejo, solo que, imperceptiblemente más lento, como si se hubiera demorado una centésima de segundo más que yo, pero encima de todo, su mirada indescriptible seguía en sus ojos como una estampa o una temible máscara. Mi rostro, lo sentí moverse, se alargó rápida y tenazmente en una mueca de horror. Y en el espejo, la mueca fue antagónica, se formó una sonrisa de lo más macabra, como una siniestra burla desde el otro lado del cristal, en aquel mundo donde las letras se escriben al revés.
Me pregunté una y otra vez si me encontraba, de algún modo, dormido, pero la respuesta fue siempre la misma: ¡NO!
Pero eso no impidió que momentos después despertara. Aunque para mi sorpresa, no fue en mi cama, en mi habitación. Estaba en un cuarto donde todo parecía estar bañado de una impecable, casi insoportable, blancura. Enfermeras con presurosos movimientos atendían de mí y tenían cuidado de no tocarme directamente, siempre con guantes estériles.
jueves, 19 de junio de 2008
Consejos de extraños
Me asusta entrar al cuarto de baño, desde aquel día que descubrí aquella sombra extraña en la cortina ya nada es igual. Bailaba, se retorcía como invadida por un gozo incalculable o por un dolor desmoralizador. No esperé a encontrar respuesta de su parte, no supe actuar ante lo que veía, solo me quedé parado, como idiota, como zombi, y no me moví, no tensé ni un músculo, el miedo me sujetaba con sus frías garras. La silueta oscura en la cortina de la regadera se balanceaba de lado a lado, agitando sus brazos, como quien juega con el viento o como quien teme a la inmovilidad.
Hundido hasta el tope en una conmoción fantasmal, mis movimientos no surgían, mi corazón se agitaba alocado, sabía que era imposible esa visión, la regadera estaba apagada y yo vivo solo. Entonces tocaron a mi puerta. Salté como loco, mi inmovilidad fue perdida de súbito, sentí que casi golpeo mi cabeza con el techo de lo alto que reboté, y lo hice otras veces, en desesperación confusa hasta que tropecé con la mesita de la sala y caí al suelo, no sentí el golpe. No tuve dolor en aquel instante. Aún tocándome el corazón y sintiéndolo monstruosamente rápido bajo mis costillas decidí tranquilizarme y desde esa postura solo alcancé a gritar: “¿Quién es?”.
Hundido hasta el tope en una conmoción fantasmal, mis movimientos no surgían, mi corazón se agitaba alocado, sabía que era imposible esa visión, la regadera estaba apagada y yo vivo solo. Entonces tocaron a mi puerta. Salté como loco, mi inmovilidad fue perdida de súbito, sentí que casi golpeo mi cabeza con el techo de lo alto que reboté, y lo hice otras veces, en desesperación confusa hasta que tropecé con la mesita de la sala y caí al suelo, no sentí el golpe. No tuve dolor en aquel instante. Aún tocándome el corazón y sintiéndolo monstruosamente rápido bajo mis costillas decidí tranquilizarme y desde esa postura solo alcancé a gritar: “¿Quién es?”.
Desde el otro lado se pudo escuchar la voz de un hombre que decía tener un paquete para mí. Respiré profundo y me incorporé. Volví a aspirar hondo. Giré la manija y la puerta se abrió, la mirada inoportuna y curiosa de un rechoncho empleado de mensajería me aguardaba, buscaba en mi cara, mientras hablaba conmigo sobre dónde debía firmar, algo, no se qué, pero no dejó de hurgar en mis miradas, en las arrugas de mi frente, en la curvatura de mi nariz. Con su mirada me escudriñaba con esmero. Era como si quisiese descubrir el envés de mi alma, de mi antifaz de tranquilidad. No estaba tranquilo, aún estaba asustado, aún no comprendía bien lo que sucedía, ¿pero que más explicación quería? Se trató de un evento sobrenatural, una aparición. Eso es todo.No hice mucho caso a su insolente contemplación y firmé de recibido, y cuando el hombre, gordo y de mirada insaciable, se retiraba ya, se dirigió a mí con las palabras más extrañas que pudiera haber escuchado y que nunca hubiera esperado oír de un completo extraño en aquella, ya de por si, inexplicable mañana: “Baile con ella”…
jueves, 12 de junio de 2008
El Blues de las Gafas Oscuras
Estaba pensando pasar la noche en casa de mi hermana, pero obviamente me fue algo difícil. ¿Cómo explicar que debía llegar antes de media noche sin que sonara a la Cenicienta? En cualquier caso no debía haber ido a ese antro, pero me es tan difícil decir que no. “¿Por qué usas las gafas aún?, ya oscureció”, me decía él con una cara de curiosa estupefacción. Recurrí al mismo pretexto, la enfermedad en mis ojos.
“¿Y al menos puedo verlos?” pero me negué rotundamente, no quería lastimarlo como lo había hecho antes con mi padrastro, no quería que volviera a pasar, no quería matar de nuevo.
“Debes tener unos lindos ojos”. Te haría daño si intentaras averiguarlo, te recomiendo no insistir. Pero no escuchaba mis súplicas. La música en el lugar sonaba fuerte (era un Bules de Ronnie Earl) e intensa, había luces rojas que se encendían y apagaban al compás de la tonada, y todo el ambiente guardaba el calor de los cuerpos que ahí se aglomeraban. Era una situación incómoda para mí, los lugares con muchas personas me asustan, me da miedo lastimar a alguien.
“¡Por favor!” insistía el muy fastidioso de Fer, ‘un no es un no, aquí y en la India’. En cambio mis súplicas eran evadidas, le pedía que me llevara a casa de mi hermana, pero sonreía y curioseaba entre la oscuridad de mis anteojos. “¡Celeste, por favor!, solo un poco”. Y lo logró, en un rápido y torpe movimiento me quitó las gafas y pudo ver mis ojos, solo un segundo, solo un pequeño instante, lo que dura un parpadeo, y cayó al suelo desvanecido.
Intentaba reanimarlo luego de quitarle las gafas de las manos lánguidas (había perdido el tono muscular), sentí miedo, sentí pánico y le gritaba que despertara, mi corazón temblaba en mi agitado pecho, la gente se reunía alrededor para satisfacer su morbo, pero nadie hacía nada por ayudar.
“¡Fernando, Fernando, despierta!” pero nada pasaba. Entonces el barman, calvo y barbón, trajo alguna extraña mezcolanza hedionda en un extraño frasco verde y le dio a oler (en verdad el aroma era terrible).
Despertó como de un sueño profundo. Suspirando hondo y luego tragando saliva, sus ojos desorbitados y desconcertado al ver tanta gente en rededor, temblaba descontroladamente. “Sentí que me iba, escuchaba todo, pero no podía moverme” solo eso atinó a decir, “¿Qué pasó?”. Le contesté que había sufrido un desmayo leve, pero que todo estaba bien, les respondí casi con lágrimas en los ojos, llena de alivio.
Me llevó a casa de mi hermana, eran las doce y cuarto, lo besé antes de salir del coche y luego, asomada por la ventanilla, le pregunté si aún quería ver mis ojos, “¡No te atrevas a quitarte las gafas, Celeste!”. Le sonreí y él aceleró.
“¿Y al menos puedo verlos?” pero me negué rotundamente, no quería lastimarlo como lo había hecho antes con mi padrastro, no quería que volviera a pasar, no quería matar de nuevo.
“Debes tener unos lindos ojos”. Te haría daño si intentaras averiguarlo, te recomiendo no insistir. Pero no escuchaba mis súplicas. La música en el lugar sonaba fuerte (era un Bules de Ronnie Earl) e intensa, había luces rojas que se encendían y apagaban al compás de la tonada, y todo el ambiente guardaba el calor de los cuerpos que ahí se aglomeraban. Era una situación incómoda para mí, los lugares con muchas personas me asustan, me da miedo lastimar a alguien.
“¡Por favor!” insistía el muy fastidioso de Fer, ‘un no es un no, aquí y en la India’. En cambio mis súplicas eran evadidas, le pedía que me llevara a casa de mi hermana, pero sonreía y curioseaba entre la oscuridad de mis anteojos. “¡Celeste, por favor!, solo un poco”. Y lo logró, en un rápido y torpe movimiento me quitó las gafas y pudo ver mis ojos, solo un segundo, solo un pequeño instante, lo que dura un parpadeo, y cayó al suelo desvanecido.
Intentaba reanimarlo luego de quitarle las gafas de las manos lánguidas (había perdido el tono muscular), sentí miedo, sentí pánico y le gritaba que despertara, mi corazón temblaba en mi agitado pecho, la gente se reunía alrededor para satisfacer su morbo, pero nadie hacía nada por ayudar.
“¡Fernando, Fernando, despierta!” pero nada pasaba. Entonces el barman, calvo y barbón, trajo alguna extraña mezcolanza hedionda en un extraño frasco verde y le dio a oler (en verdad el aroma era terrible).
Despertó como de un sueño profundo. Suspirando hondo y luego tragando saliva, sus ojos desorbitados y desconcertado al ver tanta gente en rededor, temblaba descontroladamente. “Sentí que me iba, escuchaba todo, pero no podía moverme” solo eso atinó a decir, “¿Qué pasó?”. Le contesté que había sufrido un desmayo leve, pero que todo estaba bien, les respondí casi con lágrimas en los ojos, llena de alivio.
Me llevó a casa de mi hermana, eran las doce y cuarto, lo besé antes de salir del coche y luego, asomada por la ventanilla, le pregunté si aún quería ver mis ojos, “¡No te atrevas a quitarte las gafas, Celeste!”. Le sonreí y él aceleró.
miércoles, 21 de mayo de 2008
En las fauces del Infierno

Esparcidos por el suelo, había trozos de cerámica de algún jarrón de barro roto hacía mucho. En las paredes se podían apreciar los arabescos en relieve donde las líneas tomaban rumbos espirales y aleatorios por toda la oscura y mohosa habitación. A través de las celosías, en las partes altas de las paredes, entraba un aire húmedo y cálido, producía una sensación de modorra poco cómoda. También podía distinguirse una tenue luz verdosa que parecía provenir del exterior. Pero nunca se escuchaba nada, excepto el quejido del viento deslizándose entre los huecos y recovecos más inimaginables por las paredes y entre los espacios fuera de esta terrible prisión.
El lugar ya había adquirido mi aroma, debido a que no tenía ningún sitio donde depositar mis excreciones y estas, de algún modo llevan algo de mi esencia corporal. Ya me sabía cada uno de los rumbos que tomaban los bajorrelieves en las paredes, los había recorrido todos, uno por uno, varias veces, ya.
¿Cuánto tiempo llevaba ahí? Era imposible saberlo, el sol no podía decirme si era de noche o día, pues nunca era visible. Ciertamente, era mucho, no sabía cuanto, pero es que cada minuto me parecía una eternidad. Vi mis manos palidecer a causa de la falta de luz y arrugarse como producto de un envejecimiento prematuro. La barba me había crecido bastante. Los días (si es que eran eso, puesto que el ciclo circadiano simplemente me era inexistente) eran todo el tiempo lo mismo. Dos veces al día me drogaban con gases que entraban por huecos indefinidos de esa prisión y al despertarme había comida y agua. Me sentaba en el suelo a ver el techo, allá en lo alto en donde se colaba la única traza de luz que podía distinguir, jugando con los vapores que penetraban y las formas raras que tomaban. Pronto me aburría y caminaba alrededor de ahí de pared a pares, diez pasos, diez pasos, diez pasos, diez pasos. Y volvía al centro luego de algunas horas, exhausto, notaba que, a pesar de no poder medir el tiempo, cada vez volvía al centro agotado en un menor lapso de tiempo. Me debilitaba. No tardaría en morir. Me dolía la piel, cada centímetro de mi cuerpo era una tortura el solo sentirla.
Pronto todo empeoró. Comencé a tener alucinaciones. Escuchaba voces que hablaban del mundo exterior, la voz suplicante de mi esposa, el llanto de mi pequeño hijo, el ladrido de mi perro en los suburbios, logré ver lo que creía que era una ventana y al abrirla el sol entró por ella fulminante, reluciente, bellísimo, pero entonces, y después, tan solo de un mínimo parpadeo, todo desapareció y me quedé mirando a la pared, tan oscura y monótona como antes.
Era la víctima de mis conocimientos. Mi atrevimiento al escudriñar en lo prohibido fue lo que me condenó a permanecer en este recoveco de inmundicia. En aquella época cuando yo era un respetado académica de una importante universidad, en el ramo de la arqueología, me topé de repente con un conocimiento de lo más inexplicable y majestuoso, era el hallazgo del siglo, el camino hacia la gloria y la inmortalidad de mi memoria. Me sumergí, sin pensarlo dos veces, en aquella montaña de información mas pronto me daría cuenta de con lo que realmente me había topado. Caí en la cuenta de que no era el camino a la gloria, sino al terror más puro que humano alguno podría llegar a conocer, la causa máxima de la desaparición de imperios y civilizaciones en la antigüedad. Sabía que esto no traería nada bueno, sabía que me acarrearía desgracias, pero la sed y la ambición de información pudieron más que yo y no paré, a pesar de las múltiples advertencias que recibía de hombres extraños y recados de lo más ofensivo e intimidatorio. Mi esposa se preocupaba por mí, pero esto era más grande que yo, esto era más grande que nada y yo debía sacarlo a la luz, debía ser yo quién lo liberase de las tinieblas.
La advertencia dejó de serlo cuando una noche, en la biblioteca de una universidad lejana a casa, a la cual había viajado para dar ciertos cursos y estudiar algunos documentos antiguos, alguien llegó a mí presentándose como agente de una corporación policíaca local. Me llevó detenido, no me resistí, sabía que se trataba de un mal entendido, pero no había tal. Ya en la patrulla fui inmovilizado con choques eléctricos y luego amordazado. Al despertar me encontraba en este terrible sitio. Y es lo último que recuerdo desde entonces.
¡Ha sido abierta! ¡Una puerta en la monotonía de la pared ha sido abierta al fin! Esperaré pues parece que escucho pasos que vienen hacia aquí. Solo se distinguen sombras, nada reconocible, nada sucede luego, la puerta queda abierta. Es hora, ahora o nunca, ahora o para siempre. Con cautela –toda de la que soy capaz, tomando en cuenta mi precario estado – salgo y me dirijo a través del único camino que encuentro. Las luces provienen de antorchas colgadas en la pared. Siento el viento. Indicio de libertad, arrastro mis pies lo más rápido que puedo (dado que no puedo correr, propiamente) y atravieso un umbral tras el cual espero hallar la libertad anhelada. Empujo mi cuerpo y llego a la fuente de aquel viento húmedo. No es viento del exterior, no es una salida. ¿Dónde estoy? ¿Qué es lo que está pasando aquí? Estoy en lo que parece ser la entrada hacia la mayor caverna jamás vista. Es una mina de proporciones inimaginables con un diámetro kilométrico e innumerables pasadizos y entradas. El viento proviene de abajo, de aquellas innominables profundidades terrestres que exhala sus vapores húmedos y arcaicos, cual fauces infernales. Hacia arriba no parecía haber nada más que el techo cubierto de estactitas que amenazaban con caer a cualquier obrero desprevenido. Y los obreros, eran lo más desconcertante de aquel, ya de por si inexplicable sitio. Eran hombre de baja estatura cuyos cuerpos parecían estar cubiertos por piel escamosa y unas túnicas apenas utilizables, debido a que estaban tan rotas, por el trabajo en la mina quiero pensar, que debían ser comparadas con harapos y jirones. Parecían ir encorvados como cargando un mundo de culpa sobre ellos. El hedor que despedían me comenzó a marear, lo cual era sorprendente, debido a que yo convivía todos los días, desde hace un tiempo incontable, con mis propias heces en descomposición.
Entonces una mano, rígida como fierro y al mismo tiempo gentil (una gentileza fingida pude constatar tan solo por el modo en que lo sentía), se posó sobre mi hombro. “¿Busca algo señor?” escuché la voz ronca y esforzada detrás de mí. Me di vuelta y lo que vi no tiene nombre. Era aquel hombre que se había hecho pasar por agente de ley y que me había traído a este infernal sitio de putrefacción. Sonrió cuando notó mi sorpresa, mostrando aquella dentadura tan inhumana, conformada por innumerables hileras de dientes en forma de sierra.
Eso es lo último que he de recordar. Su ominosa sonrisa, el viento que provenía de las profundidades escurriéndose hasta mis oídos, el constante martillar de esos seres escamosos que figuraban de obreros en las minas del infierno. Justo ahora no me queda la certeza de si estoy vivo o muerto al fin.
El lugar ya había adquirido mi aroma, debido a que no tenía ningún sitio donde depositar mis excreciones y estas, de algún modo llevan algo de mi esencia corporal. Ya me sabía cada uno de los rumbos que tomaban los bajorrelieves en las paredes, los había recorrido todos, uno por uno, varias veces, ya.
¿Cuánto tiempo llevaba ahí? Era imposible saberlo, el sol no podía decirme si era de noche o día, pues nunca era visible. Ciertamente, era mucho, no sabía cuanto, pero es que cada minuto me parecía una eternidad. Vi mis manos palidecer a causa de la falta de luz y arrugarse como producto de un envejecimiento prematuro. La barba me había crecido bastante. Los días (si es que eran eso, puesto que el ciclo circadiano simplemente me era inexistente) eran todo el tiempo lo mismo. Dos veces al día me drogaban con gases que entraban por huecos indefinidos de esa prisión y al despertarme había comida y agua. Me sentaba en el suelo a ver el techo, allá en lo alto en donde se colaba la única traza de luz que podía distinguir, jugando con los vapores que penetraban y las formas raras que tomaban. Pronto me aburría y caminaba alrededor de ahí de pared a pares, diez pasos, diez pasos, diez pasos, diez pasos. Y volvía al centro luego de algunas horas, exhausto, notaba que, a pesar de no poder medir el tiempo, cada vez volvía al centro agotado en un menor lapso de tiempo. Me debilitaba. No tardaría en morir. Me dolía la piel, cada centímetro de mi cuerpo era una tortura el solo sentirla.
Pronto todo empeoró. Comencé a tener alucinaciones. Escuchaba voces que hablaban del mundo exterior, la voz suplicante de mi esposa, el llanto de mi pequeño hijo, el ladrido de mi perro en los suburbios, logré ver lo que creía que era una ventana y al abrirla el sol entró por ella fulminante, reluciente, bellísimo, pero entonces, y después, tan solo de un mínimo parpadeo, todo desapareció y me quedé mirando a la pared, tan oscura y monótona como antes.
Era la víctima de mis conocimientos. Mi atrevimiento al escudriñar en lo prohibido fue lo que me condenó a permanecer en este recoveco de inmundicia. En aquella época cuando yo era un respetado académica de una importante universidad, en el ramo de la arqueología, me topé de repente con un conocimiento de lo más inexplicable y majestuoso, era el hallazgo del siglo, el camino hacia la gloria y la inmortalidad de mi memoria. Me sumergí, sin pensarlo dos veces, en aquella montaña de información mas pronto me daría cuenta de con lo que realmente me había topado. Caí en la cuenta de que no era el camino a la gloria, sino al terror más puro que humano alguno podría llegar a conocer, la causa máxima de la desaparición de imperios y civilizaciones en la antigüedad. Sabía que esto no traería nada bueno, sabía que me acarrearía desgracias, pero la sed y la ambición de información pudieron más que yo y no paré, a pesar de las múltiples advertencias que recibía de hombres extraños y recados de lo más ofensivo e intimidatorio. Mi esposa se preocupaba por mí, pero esto era más grande que yo, esto era más grande que nada y yo debía sacarlo a la luz, debía ser yo quién lo liberase de las tinieblas.
La advertencia dejó de serlo cuando una noche, en la biblioteca de una universidad lejana a casa, a la cual había viajado para dar ciertos cursos y estudiar algunos documentos antiguos, alguien llegó a mí presentándose como agente de una corporación policíaca local. Me llevó detenido, no me resistí, sabía que se trataba de un mal entendido, pero no había tal. Ya en la patrulla fui inmovilizado con choques eléctricos y luego amordazado. Al despertar me encontraba en este terrible sitio. Y es lo último que recuerdo desde entonces.
¡Ha sido abierta! ¡Una puerta en la monotonía de la pared ha sido abierta al fin! Esperaré pues parece que escucho pasos que vienen hacia aquí. Solo se distinguen sombras, nada reconocible, nada sucede luego, la puerta queda abierta. Es hora, ahora o nunca, ahora o para siempre. Con cautela –toda de la que soy capaz, tomando en cuenta mi precario estado – salgo y me dirijo a través del único camino que encuentro. Las luces provienen de antorchas colgadas en la pared. Siento el viento. Indicio de libertad, arrastro mis pies lo más rápido que puedo (dado que no puedo correr, propiamente) y atravieso un umbral tras el cual espero hallar la libertad anhelada. Empujo mi cuerpo y llego a la fuente de aquel viento húmedo. No es viento del exterior, no es una salida. ¿Dónde estoy? ¿Qué es lo que está pasando aquí? Estoy en lo que parece ser la entrada hacia la mayor caverna jamás vista. Es una mina de proporciones inimaginables con un diámetro kilométrico e innumerables pasadizos y entradas. El viento proviene de abajo, de aquellas innominables profundidades terrestres que exhala sus vapores húmedos y arcaicos, cual fauces infernales. Hacia arriba no parecía haber nada más que el techo cubierto de estactitas que amenazaban con caer a cualquier obrero desprevenido. Y los obreros, eran lo más desconcertante de aquel, ya de por si inexplicable sitio. Eran hombre de baja estatura cuyos cuerpos parecían estar cubiertos por piel escamosa y unas túnicas apenas utilizables, debido a que estaban tan rotas, por el trabajo en la mina quiero pensar, que debían ser comparadas con harapos y jirones. Parecían ir encorvados como cargando un mundo de culpa sobre ellos. El hedor que despedían me comenzó a marear, lo cual era sorprendente, debido a que yo convivía todos los días, desde hace un tiempo incontable, con mis propias heces en descomposición.
Entonces una mano, rígida como fierro y al mismo tiempo gentil (una gentileza fingida pude constatar tan solo por el modo en que lo sentía), se posó sobre mi hombro. “¿Busca algo señor?” escuché la voz ronca y esforzada detrás de mí. Me di vuelta y lo que vi no tiene nombre. Era aquel hombre que se había hecho pasar por agente de ley y que me había traído a este infernal sitio de putrefacción. Sonrió cuando notó mi sorpresa, mostrando aquella dentadura tan inhumana, conformada por innumerables hileras de dientes en forma de sierra.
Eso es lo último que he de recordar. Su ominosa sonrisa, el viento que provenía de las profundidades escurriéndose hasta mis oídos, el constante martillar de esos seres escamosos que figuraban de obreros en las minas del infierno. Justo ahora no me queda la certeza de si estoy vivo o muerto al fin.
lunes, 5 de mayo de 2008
Hedor amarillo
- Anoche por allá calló un meteorito – contaba el muchacho del gorro rojo a su amigo mientras montados en sus bicicletas al borde de una peña le mostraba a lo lejos la inmensidad del bosque.
- No te creo, Nico, tu siempre te la pasas inventando cosas – le contestó el muchacho de camiseta amarilla con una incredulidad fingida, puesto que en lo más profundo de si deseaba que en verdad hubiese caído algo del cielo.
- ¿No me crees? Entonces te reto.
- ¿A que?
- Vamos y te lo mostraré.
- Se hace tarde, mejor otro día – respondió sobándose el brazo como sacudiéndose esa tentación de aceptar.
- No seas cobarde, Vamos – sabía bien por donde mover la voluntad de su amigo, lo había hecho antes, además, él quería ver ese supuesto meteorito también, pero tenía miedo de ir solo.
- Es que…
- Anda, será de lo mejor que verás, antes de que lleguen los adultos y se lo lleven, es una oportunidad en mil, Pepe.
- Está bien.
Así pusieron en marcha sus bicicletas, la emoción los invadía a ambos. ¿Verían esa roca incandescente o no encontrarían nada? ¿Sería verdaderamente un meteorito? ¿Valdría la pena? No tardaron en llegar al bosque. La carrera era entre ellos dos, Pepe pedaleaba algo ralentizado comparado con el presuroso pedalear de Nico que mostraba una emoción incontenible ante lo que se hallaría ahí en el espeso bosque de pinos. Ellos iban a contra viento, y este soplaba algo fuerte, se podía escuchar el silbido que era producido por el choque de las corrientes aéreas entre las ramas de las coníferas. El crujir de las llantas al pasar sobre las ramas secas era un estímulo extra y aumentaban la excitación. Pronto algo cambió, algo que los hizo bajar la velocidad de sus vehículos. En el ambiente se detectaba un pestilente aroma sulfuroso. El hedor se incrementaba entre más avanzaban. Intercambiaron mutuas miradas, sabían lo que eso significaba, sabían que se encontraban cada vez más cerca de lo que buscaban y cada vez más lejos del límite donde arrepentirse fuera válido. Llegó un momento en que a los pies de los muchachos, bajo los rines de las bicicletas se formaba una especie de nata vaporosa de un color amarillo. Y entonces lo vieron, a lo lejos, un cráter del tamaño de un automóvil compacto que despedía ese terrible hedor, tan fuerte que los muchachos debían cubrirse la nariz y boca con sus ropas. La pestilencia pronto fue lo último que les preocupó al notar que desde el interior del agujero algo parecía moverse. Se arrastró a los bordes del cráter escurriéndose entre la densa capa amarilla. Se acercó a ellos, pero con una velocidad tal que solo pudieron detectarlo cuando los sostuvo de los tobillos. Eran una especie de tentáculos negros y viscosos que supuraban una pegajosa mucosidad de olor desagradable. Los muchachos gritaban del miedo, se retorcían en sus intentos por escapar, se sacudían con violencia sin lograr cambiar nada, seguían tan sujetos como antes. Pronto eran arrastrados al interior del agujero, sus gritos y súplicas no cambiaron nada. Pronto desaparecieron entre la densa capa de gases amarillos que manaba del orificio hecho por lo que fuera que haya caído la noche anterior.
Al día siguiente una ambulancia llevaba a los dos muchachos al hospital más cercano. Ambos estaban inconscientes, fueron hallados en las inmediaciones del bosque, tenían marcas como raspones y arañazos en el cuerpo, nada preocupante, lo más extraño era una profunda herida que ambos presentaban en los tobillos, como si gruesas estacas los hubieran atravesado y les hubiesen inyectado esa sustancia amarillenta y hedionda que les escurría de la llaga. Sospechaban que pudieran haber sido atacados por algún animal venenoso. Cuando la ambulancia transcurría por la autopista perdió el control de modo inexplicable y se volcó con resultados trágicos. Los paramédicos, todos ellos habían muerto, pero los cuerpos de los muchachos no fueron hallados. Pero hubo algo aún más preocupante que las muertes en si: a los paramédicos muertos les faltaban los globos oculares, a todos ellos.
Hasta hoy no se conoce el paradero de los dos jóvenes.
- No te creo, Nico, tu siempre te la pasas inventando cosas – le contestó el muchacho de camiseta amarilla con una incredulidad fingida, puesto que en lo más profundo de si deseaba que en verdad hubiese caído algo del cielo.
- ¿No me crees? Entonces te reto.
- ¿A que?
- Vamos y te lo mostraré.
- Se hace tarde, mejor otro día – respondió sobándose el brazo como sacudiéndose esa tentación de aceptar.
- No seas cobarde, Vamos – sabía bien por donde mover la voluntad de su amigo, lo había hecho antes, además, él quería ver ese supuesto meteorito también, pero tenía miedo de ir solo.
- Es que…
- Anda, será de lo mejor que verás, antes de que lleguen los adultos y se lo lleven, es una oportunidad en mil, Pepe.
- Está bien.
Así pusieron en marcha sus bicicletas, la emoción los invadía a ambos. ¿Verían esa roca incandescente o no encontrarían nada? ¿Sería verdaderamente un meteorito? ¿Valdría la pena? No tardaron en llegar al bosque. La carrera era entre ellos dos, Pepe pedaleaba algo ralentizado comparado con el presuroso pedalear de Nico que mostraba una emoción incontenible ante lo que se hallaría ahí en el espeso bosque de pinos. Ellos iban a contra viento, y este soplaba algo fuerte, se podía escuchar el silbido que era producido por el choque de las corrientes aéreas entre las ramas de las coníferas. El crujir de las llantas al pasar sobre las ramas secas era un estímulo extra y aumentaban la excitación. Pronto algo cambió, algo que los hizo bajar la velocidad de sus vehículos. En el ambiente se detectaba un pestilente aroma sulfuroso. El hedor se incrementaba entre más avanzaban. Intercambiaron mutuas miradas, sabían lo que eso significaba, sabían que se encontraban cada vez más cerca de lo que buscaban y cada vez más lejos del límite donde arrepentirse fuera válido. Llegó un momento en que a los pies de los muchachos, bajo los rines de las bicicletas se formaba una especie de nata vaporosa de un color amarillo. Y entonces lo vieron, a lo lejos, un cráter del tamaño de un automóvil compacto que despedía ese terrible hedor, tan fuerte que los muchachos debían cubrirse la nariz y boca con sus ropas. La pestilencia pronto fue lo último que les preocupó al notar que desde el interior del agujero algo parecía moverse. Se arrastró a los bordes del cráter escurriéndose entre la densa capa amarilla. Se acercó a ellos, pero con una velocidad tal que solo pudieron detectarlo cuando los sostuvo de los tobillos. Eran una especie de tentáculos negros y viscosos que supuraban una pegajosa mucosidad de olor desagradable. Los muchachos gritaban del miedo, se retorcían en sus intentos por escapar, se sacudían con violencia sin lograr cambiar nada, seguían tan sujetos como antes. Pronto eran arrastrados al interior del agujero, sus gritos y súplicas no cambiaron nada. Pronto desaparecieron entre la densa capa de gases amarillos que manaba del orificio hecho por lo que fuera que haya caído la noche anterior.
Al día siguiente una ambulancia llevaba a los dos muchachos al hospital más cercano. Ambos estaban inconscientes, fueron hallados en las inmediaciones del bosque, tenían marcas como raspones y arañazos en el cuerpo, nada preocupante, lo más extraño era una profunda herida que ambos presentaban en los tobillos, como si gruesas estacas los hubieran atravesado y les hubiesen inyectado esa sustancia amarillenta y hedionda que les escurría de la llaga. Sospechaban que pudieran haber sido atacados por algún animal venenoso. Cuando la ambulancia transcurría por la autopista perdió el control de modo inexplicable y se volcó con resultados trágicos. Los paramédicos, todos ellos habían muerto, pero los cuerpos de los muchachos no fueron hallados. Pero hubo algo aún más preocupante que las muertes en si: a los paramédicos muertos les faltaban los globos oculares, a todos ellos.
Hasta hoy no se conoce el paradero de los dos jóvenes.
sábado, 3 de mayo de 2008
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La Esencia
La Esencia está viva, cada día respira de nuestro aire y se mueve por nuestro espacio. Somos miserablemente pequeños ante ella. Es nuestra creadora. Pero sus manifestaciones son desconcertantes y casi nunca agradables. Sus manifestaciones son seres. Algunos andan entre nosotros y otros se ocultan en las sombras del mito, mientras que a otros más les es indiferente nuestra existencia y nos pasan de largo. Ellos son los seres de la Esencia.
Soy alguien que ha vivido cerca de todo ello, y que ha tenido la suficiente suerte de sobrevivir o, cuando menos, permanecer cuerdo.
Cada caso del que yo tenga conocimiento en el que se sospeche de una manifestación tal ha de quedar plasmado en este lugar. Aún a costa de mi volundad.
Soy alguien que ha vivido cerca de todo ello, y que ha tenido la suficiente suerte de sobrevivir o, cuando menos, permanecer cuerdo.
Cada caso del que yo tenga conocimiento en el que se sospeche de una manifestación tal ha de quedar plasmado en este lugar. Aún a costa de mi volundad.
