miércoles, 19 de noviembre de 2008

En sus garras está

– ¿Hace cuanto tiempo que te odio? Debe ser bastante, más del que podría admitir. Te detesto por razones plenamente reconocidas y otras tantas de carácter, más bien, indeterminado, poco justificables. Eres mi historia y mi médula. Te odio y ya no recuerdo hace cuanto. He crecido contigo y tu recuerdo, he vivido con el miedo a perderte, a verte lejos y con el temor más severo de saberte demasiado cerca. Mi historia ha de comenzar contigo pero no me encuentro dispuesta a aguantar mucho más de ti. Tu imagen en mi mente es dolorosa y se vuelve hiriente, poco a poco insoportable, y ha durado así los últimos quince años. ¡Basta!
Siempre me has dicho que no crees en esas tonterías, que son para gente ignorante y sin inteligencia, y que son inventos absurdos. Me burlaré de ti cuando caigas víctima de aquello a lo que le negabas existencia. Las cosas en las que creo son antiguas y esa longevidad comprueba su infalibilidad, pues, ¿cuanto duran las mentiras? ¿Durante cuanto tiempo están dispuestas las personas a perpetuar una creencia sin pruebas irrefutables de estas? –
Zaleta dejaba que sus recuerdos y deseos cobraran forma y fuerza mientras preparaba aquello que se llegaría a convertir en su arma definitiva de venganza. Juntaba poco a poco con sus manos delgadas aquellos trozos de tela sobre esos ramilletes de paja. La luz de los negros cirios era lo único que iluminaba aquella estancia roída por las polillas y los implacables años. Rodeada de telarañas, objetos de antigüedad inestimable y polvo acumulado por décadas, Zaleta pronunciaba sus rezos amargos y marinados con su rencor, su enojo acumulado y, muy en el fondo, con un inexplicable amor que le asustaba más que nada. La figurita de tela y paja comenzó pronto a tomar la forma de un rudimentario muñeco, un curioso bodoque con estructuras humanoides muy sencillas.
– Mi vida te ha pertenecido desde la primera vez, ahora es justo que tu alma me pertenezca por una única y última ocasión. –
Con la figurilla estrujada en sus dedos largos Zaleta no pudo contener ese río de emoción, tristeza, y odio que amenazaba con inundar su mirada de no dejarlo correr. Y con sus lágrimas afloraban también los recuerdos, aquellos antiguos días de niñez donde un hombre la cuidó y crió desde la pérdida de sus padres. Se trataba de su hermano mayor, que el tiempo y las malas decisiones habían convertido en un espectro, una sombra en la endeble psique de su joven hermana. Recordaba aquellos días de lozanía y tristezas donde ella dependía totalmente de él para sobrevivir al mundo. Pero esa dependencia tornó luego en un amor siniestro y reprimido lo cual vino a empeorar aquella primera y fatídica noche de octubre.
Hacía frío y la luna llena hacía notar su omnipresencia sobre la ciudad con rayos de plata. Bajo las sábanas una niña de escasos once años intentaba ahogar su miseria en el veneno del ensueño, no quería recordar su situación de huérfana, no quería reconocer, tampoco, ese hiriente amor por quien ella sabía que no debía sentirlo. Pero su atormentado sueño se vio interrumpido por una intromisión nocturna en su lecho. Sus pies estaban fríos y sintieron una calidez ajena que se deslizaba bajo las sábanas. Dedos largos y fuertes rosaban su costado y en su nuca sentía el aliento tibio del deseo prohibido. Hubo muchas cosas que le impidieron actuar prontamente pero nunca supo definir cuáles exactamente fueron las que le provocaban tanto miedo como placer. Aquel amor despiadado y sacrílego le negó la posibilidad de defenderse. Así no pudo más que dejarse acariciar y besar por aquel cuerpo caliente y de aroma familiar y llegar, por fin, a las últimas consecuencias.
Cuando todo hubo terminado la niña, sentada en el borde de la cama no paraba de sollozar y no podía desprender aquel olor impío de su piel. Se sentía sucia de cuerpo y alma y sus lágrimas no pudieron lavar el imperdonable pecado. Así, durante la noche, la luna se asomó por su estrecha ventana para intentar reconfortarla con sus fríos rayos, pero no fructificó.
Después de esa ocasión aquellas noches que combinaban culpa, dolor, placer y crimen, se repitieron durante un tiempo inestimado. El odio y frustración siguieron a la jovencita durante años hasta que la vieron convertirse en la mujer que ahora sostiene aquel monigote místico y llora amargamente. Su hermano se ha ido, con una mujer de la que se ha enamorado y con la que está a punto de tener un hijo.
– Dioses de la noche, permítanme ser un instrumento de justicia, que se castigue al culpable. Hermano, nunca debiste irte, no sin pagar el precio, no sin corresponder como es debido a este amor que me ha orillado a renunciar a mi alma, te odio porque has significado para mí todo, el dolor y el placer, la sumisión y la fortaleza, la gloria y la perdición.
Hago esto porque esto es la justicia, porque un pecador merece un castigo, y tu pecado ha sido juzgado como imperdonable. Hago esto porque te haz ganado mi odio, mi más profundo y desesperanzador desprecio. Hago esto por que, después de todo y con un gran dolor en mi alma de por medio, aún te amo, y te amaré. Ya te he pertenecido, ahora exijo reciprocidad, ahora tu alma está, literalmente, en mis garras y con ella la única oportunidad de darte lo que mereces. Adiós. –
Con una torcida sonrisa en los labios y los ojos enrojecidos y húmedos, de odio, de tristeza, de miseria y de nostalgia, llevó esa figurilla al fuego de uno de esos oscuros cirios y lo vio arder. No quedó más que cenizas de él.
Se levantó del empolvado suelo, sacudió su larga falda y con paso lánguido se dirigió escaleras arriba. Atravesó la puerta para salir de aquel sótano. Había algo, no podía explicar qué, pero algo en la atmósfera que la hacía más ligera, su cuello había dejado de dolerle, su pecho se inflamaba con el aire fresco que al fin lograba disfrutar. Una algarabía de sirenas irrumpió de pronto inoportunamente en aquel instante de placer y paz. Con una tranquilidad que sintió extraña de experimentar se asomó a la ventana levantando el grueso cortinaje de seda. Logró ver los carros de bomberos a toda velocidad por las calles vacías y alumbradas por farolas mortecinas a esa hora de la madrugada. Conducían rumbo al oeste, y en la lontananza se distinguía el resplandor infernal entre gruesas columnas de humo que se alzaban intentando arrancarle a la luna su dominio sobre el cielo nocturno. Sus verdes ojos se iluminaron al sentir sus deseos satisfechos y en su corazón algo se rompía.

domingo, 19 de octubre de 2008

Mito errante


Dicen que por ahí donde él imprimía sus huellas, el sol atenuaba su brillo, las aves cesaban sus cantos y a los hombres helábaseles la sangre en las venas.
Dicen que el suelo que pisaba quedaba yermo, que el aire que exhalaba era ponzoñoso cual azufre y que los ríos que cruzaba ennegrecían sus aguas.
Dicen que no podía abandonar su errante existencia, que era antiguo como la montaña, como el valle, anterior al primer hombre, dicen mucho de él, pero nadie sabe de donde vino, a donde irá o por qué vaga siempre.
Dicen que está maldito…

lunes, 13 de octubre de 2008

En el vacío de tus ojos

Estoy solo en este lugar… Es inquietante el silencio que gobierna, no se escuchan mis pasos ni mis gritos desesperados. No sé donde es aquí. “Aquí” que palabra tan curiosa y falta de significante se siente en este sitio de inexistencia. Recuerdo muy poco antes de resultar en este sitio. Imágenes borrosas de algo que no puedo ya rememorar, una mujer. Es una mujer lo que veo, dueña de una sinigual hermosura, con una mirada seductora, y está frente a mí en aquella lejana visión. No sé cuando es que se supone que la vi, en realidad no se cuanto tiempo llevo en esta desolación silenciosa. Siento que un miedo espectral me invade al darme cuenta de algo poco usual y estremecedor de verdad. No soy el único, no estoy solo. Percibo la presencia de alguien más, me oculto como puedo, me cobijo con las sombras que me rodean para no ser visto, y entonces distingo en la neblinosa lejanía la silueta de una criatura deforme. Extremadamente alta con brazos muy largos, la espalda echada hacia atrás en una posición grotesca, pero pronto se desvaneció entre la niebla sinuosa. No logro escuchar nada aún. Pero sucede de nuevo, veo la imagen de la desconocida y bellísima mujer en recuerdos que siento irreales y remotos, como si se me negara la certeza de que alguna vez hubiese sucedido. Ella me mira como quien ve anhelante una botella del más dulce vino. Pero me pierdo en sus ojos.
¡SUS OJOS! Eso es lo que ha sucedido, me he perdido en sus ojos, soy prisionero de su mirada, soy un alma en pena pagando el imperdonable crimen de ver a la bellísima Circe directo a su hechizante y malsana mirada, algo lúgubre, ella me ha dejado perdido, en un ilimitado infierno estóico, una eternidad negra y silenciosa, como sus ojos profundamente oscuros, cual obsidiana, a pesar de lo blanca de su piel y su cabello rubio y ensortijado. Ahora me siento extremadamente solo y con una desahuciada esperanza, siento un frío que no existe en realidad, siento que ya no hay razón para luchar y que las fuerzas que tenía han sido diezmadas, ya que, después de todo, no hay modo de escapar de unos ojos tan cautivadores. Literalmente, ha robado mi alma con una mirada.
Cuando veo mis manos soy víctima del horror más indescriptible, me dejo vencer por un pánico terrible, mis manos no son humanas, mis dedos son ridículamente largos y afilados, mi piel de un color gris pálido, mi cuerpo no es humano, no más, soy una criatura deforme como aquella de la que me había ocultado. Dolorido y aturdido, luego de acostumbrarme a mi actual situación de monstruosidad, vago en una confusa ofuscación de mis pasos dirigidos hacia ningún lugar, pues no hay a donde ir, y me encuentro con algo todavía mas repugnante y terrible, la visión más estremecedora. En un ominoso y escatológico claro entre la blanca oscuridad distingo un gran cúmulo de criaturas espigadas y deformes, como yo mismo lo soy ahora, en un malsano hervidero, una muchedumbre descontrolada, royendo el éter y raspándose entre ellos, como animales, como larvas de mosca en un cadáver, y repugnan a mi vista, pero yo soy como ellos, ahora, invariablemente pertenezco a ellos, millones de blasfemias, y como poseído por una imperante necesidad de contacto físico sin importar cuan grotesca resulte la naturaleza del tacto, me entrego a la podrida orgía, como siempre debió ser, como lo es ahora mismo…Entre la inmensidad existente en sus ojos vivo y me arrastro.

domingo, 21 de septiembre de 2008

La noche del Quiromante

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- Espera aquí un momento – me decía Cecilia mientras me levantaba su palma sobre mi cara, casi una advertencia, o casi un prodigio. Nunca nadie me había expuesto su mano de tal descarada manera, al menos no sin un pago a priori.
- Aún no me dices lo que hacemos aquí – inquirí, debía hacerlo, estaba siendo arrastrado por entre las tumbas mohosas en medio de una estrellada madrugada por una mujer que había visto apenas dos veces en toda mi vida y sin ninguna explicación, y de pronto me exige que me detenga exponiendo su vida ante mí, y a pesar de todo, me ignora y desaparece desplazándose cual sombra entre las lápidas. Y es que para mí la palma de la mano de cualquier persona es un retrato crudo y verás de su alma. Sus palabras pueden decir todas las mentiras que quieran, pero las líneas de sus manos no me mienten nunca.
Ahora no estoy seguro de sus intenciones reales, me muestra su mano, tal vez de forma accidental, o más bien con toda intención, dándome a entender que puedo confiar en ella con toda seguridad. Y en sus líneas vi muchas cosas, secretos escondidos, alegrías y tristezas, años de historia desasosegadora expuesta cual páginas de libro abierto, pero no vi mentiras, tal vez por que ni siquiera había verdades que disfrazar.
A pesar de ello, aún ignoraba que hacía en ese lúgubre sitio. Me quedé exactamente en el lugar donde ella me había indicado. Intenté controlar mi miedo, aunque no con mucho éxito, la noche se mostraba generosa de estrellas y la luna presumía una brillante luz plateada que bañaba las tumbas a mi alrededor, exaltando su, ya de por si, tétrica presencia. Lápidas con nombres ininteligibles se levantaban aquí y allá, cruces ciclópeas e inclinadas por lo irregular del terreno y estatuas marmoleas de ángeles que parecían esperar el momento adecuado para abrir sus serenos ojos y, tal vez, derramar lágrimas de vidrio. A una considerable distancia, logré notar las luces de unas veladoras encendidas entre las celosías de algún alto mausoleo con chapitel rematado en una cruz florida de lis. Sentía un miedo paranoico, las sombras me parecían vivas y el viento lo sentía cual ominoso canto de angustiosos lamentos. Creía que en cualquier momento alguna losa se levantaría dejando escapar el cadáver viviente que antes dormía ahí y que ahora vagaría en busca de víctimas, y la más cercana sería yo. O imaginaba cuervos sobrevolando el campo santo buscando cadáveres frescos para extraer sus ojos, y al no encontrar otros ojos más frescos que los míos irían tras de mí lanzando esos ominosos graznidos que los caracterizan.
Si, llevaba el miedo a flor de piel. Y fue por ello que me espanto tanto aquella delgada mano de fríos dedos sobre mi hombro. Grité y salté, agité los brazos y corrí hasta tropezar con alguna tumba mal colocada en mi camino. Pero al girar la vista descubrí a Cecilia chitándome con su largo dedo índice sobre sus labios delgados y deslucidos – aunque a la luz de la luna me parecía uno de esos hermosos ángeles de mármol que custodian algunos sepulcros – me señaló que la siguiera y así lo hice, aún ignorando la razón de aquella intrusión en el cementerio y con el corazón aún acelerado.
Me guió por entre las tumbas y las sombras. Caminaba deprisa, casi con la punta de sus pies, dejando tras de si un rastro aromático que me recordaba demasiado al copal. Y yo me veía obligado a seguirle el paso, aunque nunca me había sido fácil moverme en la oscuridad, y mi torpeza me hizo chocar varias veces con algunas estatuas y lápidas que hallaba en mí andar.
Finalmente distinguí en frente las luces de algunas velas encendidas. Estaba delante del mausoleo que antes había visto en la lontananza. La gruesa puerta de metal estaba abierta (claramente había sido forzada) y en su interior pude distinguir sombras casi inapreciables, al principio, pero conforme me acercaba logré definir en la oscuridad las siluetas de personas desconocidas esperándonos en el interior de esa lóbrega construcción.
- Entra – me indicó Cecilia con un ademán casi imperativo. No tuve más remedio que obedecer sin chistar. Al atravesar el portal las miradas de aquellas personas cayeron sobre mí como flechas, me sentí acosado y confundido.
- ¿Quiénes son ustedes? – pregunté casi en un balbuceo temeroso.
- Dínoslo tu, Klarsinzky – dijeron al unísono los que allí se encontraban (que eran unos cinco a primera vista, luego lo confirmé) mientras levantaban sus palmas izquierdas hacia mí. De nuevo, recordé aquel ademán que Cecilia me había hecho hacía rato, y corroboré que era un modo de darme a entender que podía confiar en ella, ya que me había desnudado su alma en la palma de su mano. Y ahora estos individuos lo repetían aún más descaradamente que ella, al parecer con la misma intención. Así, al ver tantas palmas frente a mí expuestas, fue un reflejo casi involuntario el leer sus vidas, encontré historias trágicas, aventuras, maravillosas, inverosímiles hazañas, crímenes innombrables, eran las vidas de bandidos, proscritos, fugitivos, asesinos, prostitutas, embaucadores y piratas. Pero, con todo y lo inmoral y soez de sus existencias no encontraba en ninguno de ellos ni pizca de mentiras, antes bien, había un desvergonzado cinismo que gobernaba cada momento de sus vidas. Ninguno sentía remordimiento alguno de sus actos y hasta, en algunos solamente, hallaba un orgullo insano en la memoria de sus fechorías.
Ahora sabía que me encontraba en el nido de los lobos más despreciables y cínicos que podría encontrar en toda mi vida, pero aún ignoraba la razón de mi estadía ahí, me llegué a sorprender de lo ridículo que me sentía en ese instante y pensé: “lo que se hace por una cara bonita”, con un dejo de vergüenza contenida. El que me llamaran por mi nombre artístico me llenaba de un extraño miedo poco descriptible, pues no era tanto el temor a lo desconocido o a la muerte, como el pavor a la desnudez.
- Muy bien, ahora díganme que hago aquí, pandilla de rufianes – intentaba oírme molesto, o imponente, para que no dejar notar lo inquieto que estaba.
- Cabrío, ábrela – escuché la voz de Cecilia que se encontraba a mis espaldas, justo en la puerta, tal vez con la intención de detenerme en el caso de que se me ocurriera huir, elevando esa orden a uno de los personajes que nos esperaban en el mausoleo, este era un hombre alto y tozudo que llevaba una chamarra de mezclilla con las mangas algo rotas pero sin remiendas y una castaña barba que quizá era el origen de ese curioso y hasta razonable apodo.
El tal Cabrío se inclinó y con sus grandes manos levantó una losa del suelo, la colocó a un lado y luego levantó una de las velas para poder distinguir lo que había en el interior, resultó que era – como podría esperarse – un ataúd. Estaba empolvado, pero la madera aún relucía. El mismo forzudo levó la tapa de este dejando expuesto un cadáver fresco. Era un hombre al que yo le calculaba uno sesenta años de edad, por su puesto, tal vez la muerte le sentaba más años de los que en realidad tenía al morir y lo hacía aparentar mayor edad. Otro de los presentes se inclinó sobre el cuerpo y con las manos desnudas – cosa que yo nunca haría cuando de cadáveres se trata – sacó el brazo del occiso.
- ¿Qué ves? – me pregunto Cecilia con una voz dulce aunque exigente, casi mística, en un cariñoso susurro que sentí a mis espaldas cual frío céfiro.
- Debo acercarme – indiqué y me incliné con algo de repulsión que no logré disimular lo suficiente, y eso lo supe cuando descubrí que el hombre que sostenía el brazo del difunto me miraba con una sonrisa divertida y algo malévola tras esos espejuelos redondos y pequeños. Al dirigir mi atención hacia la palma fría no hallé nada en particular que pudiera servirles de algo a estos temibles, aunque interesantes, personajes. Había sido este finado un hombre de carácter tímido y desconfiado, con una fortuna particularmente generosa, una vida amorosa poco fructífera pero de exitosa carrera. Había sido un hombre reservado, con una vida rodeada de mentiras y verdades a medias, tal vez un exitoso embaucador o un burócrata corrupto. ¿Se trataría todo esto de una venganza post mortem? Pero luego vi algo entre las líneas de su fortuna que me pareció interesante, y quizá el verdadero móvil de mis anfitriones. Este era el cadáver de un hombre ridículamente rico, con un caudal inconmensurable, la mayor parte de este había sido arrebatado con trampas y engaños a gente incauta e indefensa ante las artimañas burocráticas. Examinando con más cuidado las líneas de la historia de este despreciable ser buscaba algo así como un escondite o un secreto, algo de donde podría alguien aprovecharse para hacerse son algo de aquella fortuna. Y encontré una especie de sombra en su historia, una presencia que lo seguía de cerca, era como un prosélito, un admirador, no, más bien como un cazador detrás de él, o un carroñero oportunista. No estaba claro, pero luego sobrevino, por entre las líneas de la salud, una larga y tormentosa agonía que culminaría hace poco, quizá menos de un día por lo que podía ver del buen estado del cadáver.
Les informé a todos en general, pero a Cecilia en particular de lo que había visto. Los ojos de todos se iluminaron. Parecían haber descubierto algo muy importante.
- Puedes cerrar la tumba, Cabrío – y con el entusiasmo de un niño que está por recibir un caramelo por su buena acción, el forzudo hombre obedeció y dejó cubierto el mal acomodado cuerpo con la pesada losa.
Salieron todos del lugar apagando sus velas. Y en una fila india nos encaminamos hasta el desvencijado portón del cementerio que rechinaba ominosamente al ser movido por el viento nocturno.
- ¿Ahora qué? – pregunté con una curiosidad indisimulable.
- No te preocupes, sabrás de nosotros… pronto – me aseguró Cecilia con una sonrisa tal que no pude desconfiar de su palabra.
Y así sin más me dejaron abandonado en medio de aquella noche profusamente estrellada, con una luna en creciente que semejaba una malévola sonrisa burlándose de mí. Volví como pude a mi hogar, un deslucido remolque colorido en el que recibía a mi clientela. Caminé por la noche poblada del incesante chillido de grillos entre los abundantes arbustos. Al llegar lo primero que hice fue recostarme en mi catre, pero no pude dormir, los sucesos de esa noche me habían robado el sueño, no podía más que pensar y tratar de buscar respuestas por deducción o inducción. Pero cada vez que todo parecía estar aclarándose, otra duda aparecía y estropeaba cada respuesta que creía haber encontrado.
Creo que pasaron dos meses sin volver a saber nada de Cecilia ni de los otros, hasta que una mañana ella misma se apareció por mi remolque. No me dijo nada, solamente llegó y con una sonrisa casi juguetona extendió su palma izquierda en mi cara. Algo había en esa mano que había cambiado, al principio no lo descubrí pero luego me di cuenta, era la línea de la fortuna, con una desviación que identifiqué claramente, no pude evitar sonreírme con ella. Se acercó a mí y me besó la mejilla, pronunció el más sincero agradecimiento que he escuchado en mi vida, en voz baja, suave y claramente, sin más palabras de por medio. Dejó a mis pies un maletín – a modo de pago, creo yo – y girando sobre sus talones grácilmente, dio media vuelta y se marchó.
No la he vuelto a ver desde entonces, pero esa torsión en la línea de su mano – solo perceptible para quiromantes experimentados - me indica que la fortuna la acompañará.

viernes, 29 de agosto de 2008

Experimento No. Cinco (Anhelos autodestructivos malogrados)


Creí que moriría esta vez pero algo salió mal. Como suele pasar. Esperaba que esta vez tuviera éxito, pero solo obtuve una decepción más. El veneno debía estar en mi estómago ahora y no debería haber espasmos. Pero mi vómito no pensó igual y decidió aparecerse por sorpresa. La mayor parte del tóxico fue expulsado. Me encuentro muy débil, mi cuerpo no aguantará demasiado. Mi cabeza está ardiendo, mis dedos se enfrían. No esperaba esto, no esperaba sufrir esto, no de nuevo. Me arrastro hasta el botiquín, me atragantaré de analgésicos para no sentir dolor. Espero aguantar suficiente. Extiendo mis cicatrizadas manos hacia el gabinete mientras recargo mi cuerpo sobre el lavabo del baño. Los pastilleros caen en una tediosa lluvia sobre mi cabeza. Busco entre los que se encuentran tirados para ver si hay lo que busco. Pero no logro ubicar nada a tiempo. Colapso, me convulsiono, es muy tarde, ha alcanzado al sistema circulatorio, en cualquier momento el cerebro se apagará en un sordo silencio. ¡Ahora!

Silencio… silencio… silenciosilenciosilencio…


Ignoro cuanto tiempo me fui esta vez. Mi cuerpo aún no está lo suficientemente caliente. El tono muscular todavía no retorna, así que estoy acostado bocarriba sin poder moverme. Mi respiración comienza lenta, en un principio, pero va ganando velocidad con el paso de los segundos. El dolor regresa poco a poco, a medida que voy recuperando la sensibilidad. Logro mover mis aún fríos dedos. Mis ojos y oídos vuelven a funcionar a toda su capacidad. Todavía tengo vómito en mi boca y me encuentro recostado sobre mis propias porquerías y los pastilleros regados por el suelo de azulejo azul celeste.
Con esta, creo que van cinco vidas.

miércoles, 20 de agosto de 2008

Percanses a pequeña escala o La risa ominosa que no parece risa



Entre las astillas de un viejo tronco que los leñadores han olvidado parece removerse con curiosos temblores un trozo de corteza. Desde ahí un bicho aparece, un enorme escarabajo de color verde metálico, rechoncho y con mandíbulas de un tamaño mayor al de su propia sección encefálica. Mordisqueando la leñosa cascarilla corta trozos que ahora parecen humedecidos por el aún presente sereno de las madrugadas. Pero no es madera lo que la alimenta, sino lo que hay entre esta. Huevecillos, diminutas cápsulas opalescentes de material esponjoso cuyo sabor aprecia este coleóptero más que cualquier cosa en su precaria vida. Escarba entre la madera mohosa con sus grandes mandíbulas, devorando cuanto huevecillo descubre. Su labor se ve, de pronto, interrumpida por una presencia extraña. Se queda quieto, intentando percibir con sus gruesas y ramificadas antenas alguna señal de peligro. Nada, no parece haber nada. Así que, golosamente, continúa su labor. Sin embargo, un molesto sonido lo hace huir de repente. Una vibración atípica, como la que produciría una uña al barrerse por entre los dientes de un peine metálico. El chillido es agobiante, para los delicados sentidos del humilde escarabajo. Y solo tiembla en su lugar, batiendo, bajo su reluciente y gruesa coraza, sus alas transparentes, intentando volar para escapar. Pero algo lo detenía en el suelo.
Cuando logró, finalmente, librarse de aquella tortura sonora emprendió el vuelo rumbo a cualquier lugar que pareciera seguro. Se posó cerca de lo que parecía ser un agujero en lo alto de un ahuehuete. El sitio era húmedo, oscuro y fresco, parecía ser muy seguro. Hasta que desde el interior de ese sitio el ruido surgió nuevamente con bríos renovados. Antes de que intentara cualquier cosa unas manos delgadas con dedos largos y huesudos y unas uñas largas y puntiagudas, rápidas como un suspiro, surgieron del interior. Atraparon al coleóptero y lo arrastraron cueva adentro donde pereció en las fauces de la criaturilla. Que sonreía despiadada al mordisquear con su sucinta pero aserrada dentadura al insecto. Y al terminar de engullirlo soltó lo que para este ser resultaba una carcajada: un sonido vibrante y metálico combinado con agudas vocalizaciones intermitentes y ominosas.

- ¿Escuchaste eso? – inquirió asustado el caminante a su compañero.
- Ya déjate de chingaderas, que tenemos que llegar para antes del mediodía al campamento.
- No, te juro que escuché como si se riera un niño, pero raro, como con eco. Ha de ser cierto que se aparecen chaneques por aquí, ¿no?
-Mejor te apuras y te dejas de mamadas, se hace tarde - él realmente lo había escuchado también, pero al reconocerlo aceptaría su miedo.

Desde el agujero del ahuehuete unos ojos saltones y amarillos esperaban el anochecer con una sonrisa afilada y funesta.

La Esencia

La Esencia está viva, cada día respira de nuestro aire y se mueve por nuestro espacio. Somos miserablemente pequeños ante ella. Es nuestra creadora. Pero sus manifestaciones son desconcertantes y casi nunca agradables. Sus manifestaciones son seres. Algunos andan entre nosotros y otros se ocultan en las sombras del mito, mientras que a otros más les es indiferente nuestra existencia y nos pasan de largo. Ellos son los seres de la Esencia.
Soy alguien que ha vivido cerca de todo ello, y que ha tenido la suficiente suerte de sobrevivir o, cuando menos, permanecer cuerdo.
Cada caso del que yo tenga conocimiento en el que se sospeche de una manifestación tal ha de quedar plasmado en este lugar. Aún a costa de mi volundad.

Mapamundi maldito

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