sábado, 9 de mayo de 2009

Verde ominoso

Del bosque surgía un murmurante viento, como el eco de un grito proferido hace siglos. Las hojas se alborotaban al paso de la corriente, elevándose en una danza fantasmagórica. El olor a tierra y a hierba lo inundaba todo, un aroma vegetal y vetusto. Un hombre yacía en el suelo, la luz del sol que atravesaba la arboleda llegó a sus ojos produciéndole incomodidad. Despertó sobresaltado lanzando una honda inspiración.
Sus manos estaban débiles y tardó un rato en poder moverlas, tiempo que se volvía una enloquecedora eternidad, la desesperación inundaba a aquel desdichado. Su nariz, muy cerca del suelo, resoplaba levantando las hojas junto a su rostro. Quiso mover su brazo derecho, pero descubrió que aún estaba muy débil, lo intentó una y otra vez, hasta que finalmente lo fue elevando lentamente, pero tan rápido como sus músculos se lo permitían. Lo apoyó en el suelo para darse vuelta. Tardó un rato más en conseguirlo. Su vista ahora estaba dirigida al cielo, que se entreveía azul tras las hojas de los altos árboles. El verde lo invadía todo, en todas las tonalidades posibles. Desde el oscuro de entre los matorrales, hasta el más claro, casi fluorescente del musgo que revestía los troncos de los árboles y las rocas cercanas. Logró distinguir, también, insectos que revoloteaban sobre su cabeza, libélulas, polillas, mariposas, saltamontes y catarinas. Sintió que se trataba de una visión demasiado bella para una situación tan desesperada y terrible como en la que se encontraba. Calculaba que era apenas medio día. Intentó incorporarse, ese era ahora su reto. Lograr levantarse. En el proceso se percató con horror de algo en lo que hasta entonces no había reparado: su pierna izquierda, no la sentía, de la rodilla para abajo, el cuerpo estaba mudo. Intentó, aterrorizado, dirigir su vista en aquella dirección, pero no podía aún incorporase lo suficiente.


Sin rendirse, continuó tratando de elevar su mirada sobre su barriga para saber qué había pasado con su pierna izquierda. Al conseguirlo finalmente lo que descubrió lo dejó perplejo. La raíz de un árbol había atravesado su extremidad a la altura del fémur. ¿Cómo era posible aquello, cómo una raíz crecería tan rápido, en el transcurso de una noche? A no ser que no hubiese pasado solo una noche, y rápidamente (las fuerzas en sus brazos habían vuelto lo suficiente para permitirle aquella brusquedad) se llevó las manos al rostro, para evaluar la posibilidad que lo había asaltado en aquel instante. Su barba apenas estaba creciendo, calculaba que tenía tan solo un día. Aquello era imposible. Se arrastró hacia atrás para liberarse, pero se descubrió atorado irremediablemente.
Desde las profundidades del bosque, el viento sopló, como la exhalación de una bestia. Arrastraba consigo una fragancia a tierra antigua y hierba verde. Con este repentino disturbio en la quietud del mágico lugar vino también algo peor aún. El hombre distinguió en las inmediaciones el sonido inequívoco de pisadas. Pero en lugar de alegrarse, su corazón se encogió. Sintió su sangre helar al distinguir, como poco a poco los pesados y arrítimicos pasos se acercaban. Lo vio entonces. Entre la espesura una figura surgiendo. Hombre ridículamente alto, llevaba una chamarra de cuero color café sucia y gastada, al igual que sus jeans. Zapatos de obrero plenos de lodo y hojas secas. Y su atributo más escalofriante era su máscara de gas, no podía distinguirse ningún aspecto de su portador. Llevaba una ushanka empolvada y guantes de electricista. En su mano derecha portaba un gran marro con señales de desgaste y unas oscurecidas manchas secas.


Tras la máscara su respiración se escuchaba profunda y hueca. El pobre hombre dejó correr la cálida orina por entre sus piernas presa irremediable del miedo. Pareció, tan solo pareció, que ese espeluznante ser gruñó tras la máscara casi a modo de pregunta, y como una respuesta inmediata e imperativa, las profundidades del bosque resoplaron nuevamente, con fuerza mayor. El viento pareció pronunciar alguna ominosa palabra mientras recorría las hojas en las copas de los árboles y levantaba la hojarasca. Era una palabra sin significado en cualquier lengua de los hombres, pero la criatura junto a aquel desdichado supo interpretar la orden. Dirigió un brutal golpe al hombre indefenso, con su gran marro, esparciendo en el acto la sangre y los sesos por las hojas caídas y putrefactas y embarrando de escarlata el musgo sobre la corteza del árbol cercano.

Con el paso de los días, las raíces crecieron en el interior del cadáver, alimentando al gran roble al que pertenecían.

miércoles, 22 de abril de 2009

El CyberDestinatario

Más que una persona, parecía un tomacorriente. Se elevaba a tres metros del suelo. Los cables le perforaban la piel en casi todo el cuerpo, hasta en los rincones más insospechados. Había dos cables que estaban insertados en el lugar donde debieran estar sus pezones. Las guías y alambres a los que estaba conectado eran de tamaños distintos, grosores variados, pero todos recubiertos con una especie de forro de caucho completamente negro, aunque deslucido, en algunas zonas este se encontraba roto y dejaba ver el alambrado de color plomizo. Todos llevaban dirección hacia el techo en donde se unían a un enorme sistema de máquinas, pantallas, luces, más cables, engranajes, mecanismos, y circuitos en una composición extremadamente caótica. Todo este conjunto producía un incesante ruido, zumbidos, silbidos suaves, pitidos intermitentes, vibraciones de alta y baja frecuencia que de vez en cuando hacían retumbar las paredes del lugar. En ese sitio no había más luz que la producida por los extraños e ininteligibles monitores colocados anárquicamente por todo el lugar, así como algunas luces parpadeantes en sitios poco funcionales. El suelo, el techo y las paredes eran de acero y en este había algunas rejillas por las que entraba el aire, así como un vapor áspero y de aroma duro e industrial, como thinner y asbesto, que hacían difícil la respiración. En las paredes había, también, grabados en relieve de lo que parecían ser líneas de circuitos tras los férreos muros.

Él era terriblemente pálido y llamaba la atención la total ausencia de bello y las partes mecánicas de su cabeza y su cuerpo. Las guías del cableado al que estaba adherido (o mejor dicho: conectado) lo mantenían en una posición de crucifixión. Su mirada era carente de emoción alguna, no inspiraba serenidad ni mucho menos, en cambio, sus ojos rígidos producían una profunda inquietud y desasosiego. Podía moverse con relativa libertad, siendo levantado y transportado por los cables, que en tal proceso semejaban tentáculos delirantes. Y movía las extremidades con lentitud cuasi solemne. Su desnudez pasaba desapercibida cuando se contemplaba el conjunto estrafalario e impactante. Sin embargo, aunque un enorme cable con una forma más bien aovada sustituía la zona de sus testículos, el pene estaba prácticamente intacto, si excluimos el tubo de minúsculo diámetro que procedía del orificio uretral y se prolongaba hasta el techo junto con todos los demás cables que surgían de su macilenta corporación. Pero su famélica apariencia, lejos de provocar pena y compasión inspiraba aún más desconcierto y horror.

Y así me postré tembloroso ante la maraña de cables en que se había convertido aquel hombre y le entregué aquel portafolio negro cuyo contenido ignoraba. Lo levanté sobre mi cabeza mientras que –por protocolo– yo permanecía hincado en el frío metal del suelo. En lugar de usar sus manos, unas tenazas robóticas surgieron de sabe Dios que rincón para recoger la entrega. Sus fríos e inexpresivos ojos me miraron entonces y con una voz apagada, apenas existente –que más bien podría decirse que la sentí en mi cabeza que con mis oídos– me ordenó que me fuera.

No recuerdo exactamente el cómo salí del edificio, pero cuando me di cuenta estaba parado frente a la calle. Era de noche y no había ningún automóvil. El viento corría fresco –luego de sentir aquel viciado aire del interior el smog de la ciudad me parecía la gloria– y para iluminar el lugar solo había unas cuantas farolas titilantes y que emitían una luz extenuada.

Por un instante tuve la sensación de haber hablado con un tostador o un CPU de un futuro ominoso y hasta un poco sardónico. Justo ahora no me queda la seguridad de haberlo vivido o soñado.


martes, 21 de abril de 2009

Idilios tras la muerte


La muerte guarda secretos realmente insospechados. Es de noche y la primera lluvia de la temporada cae sobre la ciudad. Deja en el aire un suave aroma a tierra y concreto mojados, es enervante y se combina con los sonidos de las gotas golpeando contra los techos y cristales de los edificios y automóviles.
En las afueras de la ciudad dos edificios se alzan. Están separados por una carretera recientemente remodelada. Ambos guardan oscuros secretos y trágicas historias que no se mezclan entre sí en el mundo de la vida. Su unión, más que en la geografía, yace en las memorias entrelazadas tras la muerte que sus paredes guardan.
Uno de ellos es una casona antigua, datada de los años cincuentas. Ha sido abandonada por sus últimos habitantes, que vivieron en los años ochentas. Del lado de la carretera, un balcón se asoma, ya derruido por el tiempo y el descuido. En la última ocasión en que hubo vida humana en este edificio, lo habitaba un hombre con serios problemas económicos y psicológicos. Su mujer había desaparecido hacía poco, le debía dinero a la mitad de los usureros de la ciudad y acababa de perder su último empleo en seis meses. Las salidas se fueron constriñendo hasta desaparecer. No quedaba mucha esperanza para salvar su vida y su alma. Robó, asaltó, allanó propiedad privada, e incluso fingió su propio secuestro. Para volver más creíble esta última maniobra, en su desesperación se amputó uno de sus dedos. La historia culminó trágicamente. Se suicidó colgándose en el último piso de su casa. Su cuerpo oscilante asomaba al balcón, pero nadie lo veía, ya que para distinguirlo es necesario alzar la mirada y nadie hace tal cosa, todos se conforman con conocer las fachadas de los edificios, no sus techos.
El edificio que se encuentra frente a esta casona es más reciente. Se estaba construyendo a modo de establecimiento comercial, con paredes de cristal, que aún conserva, aunque la mayoría están rotas o marcadas con grafiti. Cuando aún era una obra negra (cabe decir que después de lo sucedido, no avanzó más la construcción), la estructura de hierro y cristal fue el escenario de un terrible crimen. Una chica se dirigía a casa luego de un agotador día de trabajo en una boutique. Abordó un taxi y le indicó el destino. Pero el chofer tenía sus propios ignominiosos planes. El automóvil fue estacionado frente al edificio y la joven fue bajada a la fuerza de este, mientras era amagada con un puñal. El hombre, alto y corpulento, la llevó al interior del lugar, y entre el concreto aún sin aplanar, ella fue brutalmente violada. Pero había visto el rostro de su agresor, algo que él previó, así que la idea del homicidio asaltó su mente de pronto. La apuñaló en trece ocasiones y abandonó el cadáver en el lugar, donde fue hallado dos días después.
Pero tras los umbrales de la muerte se alza el velo invisible del alma vagabunda y perdida. Los espíritus que no pueden obtener el descanso eterno se mueven de aquí a allá en este reino inmaterial. Insospechadamente, en una noche de abril, con las primeras gotas de lluvia, aún fuera de temporada, dos espíritus se encuentran, se descubren mutuamente. Al principio con horror, después con curiosidad, y esta se metamorfosea luego en una atracción inevitable. Y de pronto, dos almas gemelas se revelan, pero ya sin cuerpos.
Quien tiene paciencia y es perceptivo puede escuchar entre las paredes de estas abandonadas y derruidas construcciones, las palabras tiernas que los fantasmales enamorados de susurran al oído.

miércoles, 19 de noviembre de 2008

En sus garras está

– ¿Hace cuanto tiempo que te odio? Debe ser bastante, más del que podría admitir. Te detesto por razones plenamente reconocidas y otras tantas de carácter, más bien, indeterminado, poco justificables. Eres mi historia y mi médula. Te odio y ya no recuerdo hace cuanto. He crecido contigo y tu recuerdo, he vivido con el miedo a perderte, a verte lejos y con el temor más severo de saberte demasiado cerca. Mi historia ha de comenzar contigo pero no me encuentro dispuesta a aguantar mucho más de ti. Tu imagen en mi mente es dolorosa y se vuelve hiriente, poco a poco insoportable, y ha durado así los últimos quince años. ¡Basta!
Siempre me has dicho que no crees en esas tonterías, que son para gente ignorante y sin inteligencia, y que son inventos absurdos. Me burlaré de ti cuando caigas víctima de aquello a lo que le negabas existencia. Las cosas en las que creo son antiguas y esa longevidad comprueba su infalibilidad, pues, ¿cuanto duran las mentiras? ¿Durante cuanto tiempo están dispuestas las personas a perpetuar una creencia sin pruebas irrefutables de estas? –
Zaleta dejaba que sus recuerdos y deseos cobraran forma y fuerza mientras preparaba aquello que se llegaría a convertir en su arma definitiva de venganza. Juntaba poco a poco con sus manos delgadas aquellos trozos de tela sobre esos ramilletes de paja. La luz de los negros cirios era lo único que iluminaba aquella estancia roída por las polillas y los implacables años. Rodeada de telarañas, objetos de antigüedad inestimable y polvo acumulado por décadas, Zaleta pronunciaba sus rezos amargos y marinados con su rencor, su enojo acumulado y, muy en el fondo, con un inexplicable amor que le asustaba más que nada. La figurita de tela y paja comenzó pronto a tomar la forma de un rudimentario muñeco, un curioso bodoque con estructuras humanoides muy sencillas.
– Mi vida te ha pertenecido desde la primera vez, ahora es justo que tu alma me pertenezca por una única y última ocasión. –
Con la figurilla estrujada en sus dedos largos Zaleta no pudo contener ese río de emoción, tristeza, y odio que amenazaba con inundar su mirada de no dejarlo correr. Y con sus lágrimas afloraban también los recuerdos, aquellos antiguos días de niñez donde un hombre la cuidó y crió desde la pérdida de sus padres. Se trataba de su hermano mayor, que el tiempo y las malas decisiones habían convertido en un espectro, una sombra en la endeble psique de su joven hermana. Recordaba aquellos días de lozanía y tristezas donde ella dependía totalmente de él para sobrevivir al mundo. Pero esa dependencia tornó luego en un amor siniestro y reprimido lo cual vino a empeorar aquella primera y fatídica noche de octubre.
Hacía frío y la luna llena hacía notar su omnipresencia sobre la ciudad con rayos de plata. Bajo las sábanas una niña de escasos once años intentaba ahogar su miseria en el veneno del ensueño, no quería recordar su situación de huérfana, no quería reconocer, tampoco, ese hiriente amor por quien ella sabía que no debía sentirlo. Pero su atormentado sueño se vio interrumpido por una intromisión nocturna en su lecho. Sus pies estaban fríos y sintieron una calidez ajena que se deslizaba bajo las sábanas. Dedos largos y fuertes rosaban su costado y en su nuca sentía el aliento tibio del deseo prohibido. Hubo muchas cosas que le impidieron actuar prontamente pero nunca supo definir cuáles exactamente fueron las que le provocaban tanto miedo como placer. Aquel amor despiadado y sacrílego le negó la posibilidad de defenderse. Así no pudo más que dejarse acariciar y besar por aquel cuerpo caliente y de aroma familiar y llegar, por fin, a las últimas consecuencias.
Cuando todo hubo terminado la niña, sentada en el borde de la cama no paraba de sollozar y no podía desprender aquel olor impío de su piel. Se sentía sucia de cuerpo y alma y sus lágrimas no pudieron lavar el imperdonable pecado. Así, durante la noche, la luna se asomó por su estrecha ventana para intentar reconfortarla con sus fríos rayos, pero no fructificó.
Después de esa ocasión aquellas noches que combinaban culpa, dolor, placer y crimen, se repitieron durante un tiempo inestimado. El odio y frustración siguieron a la jovencita durante años hasta que la vieron convertirse en la mujer que ahora sostiene aquel monigote místico y llora amargamente. Su hermano se ha ido, con una mujer de la que se ha enamorado y con la que está a punto de tener un hijo.
– Dioses de la noche, permítanme ser un instrumento de justicia, que se castigue al culpable. Hermano, nunca debiste irte, no sin pagar el precio, no sin corresponder como es debido a este amor que me ha orillado a renunciar a mi alma, te odio porque has significado para mí todo, el dolor y el placer, la sumisión y la fortaleza, la gloria y la perdición.
Hago esto porque esto es la justicia, porque un pecador merece un castigo, y tu pecado ha sido juzgado como imperdonable. Hago esto porque te haz ganado mi odio, mi más profundo y desesperanzador desprecio. Hago esto por que, después de todo y con un gran dolor en mi alma de por medio, aún te amo, y te amaré. Ya te he pertenecido, ahora exijo reciprocidad, ahora tu alma está, literalmente, en mis garras y con ella la única oportunidad de darte lo que mereces. Adiós. –
Con una torcida sonrisa en los labios y los ojos enrojecidos y húmedos, de odio, de tristeza, de miseria y de nostalgia, llevó esa figurilla al fuego de uno de esos oscuros cirios y lo vio arder. No quedó más que cenizas de él.
Se levantó del empolvado suelo, sacudió su larga falda y con paso lánguido se dirigió escaleras arriba. Atravesó la puerta para salir de aquel sótano. Había algo, no podía explicar qué, pero algo en la atmósfera que la hacía más ligera, su cuello había dejado de dolerle, su pecho se inflamaba con el aire fresco que al fin lograba disfrutar. Una algarabía de sirenas irrumpió de pronto inoportunamente en aquel instante de placer y paz. Con una tranquilidad que sintió extraña de experimentar se asomó a la ventana levantando el grueso cortinaje de seda. Logró ver los carros de bomberos a toda velocidad por las calles vacías y alumbradas por farolas mortecinas a esa hora de la madrugada. Conducían rumbo al oeste, y en la lontananza se distinguía el resplandor infernal entre gruesas columnas de humo que se alzaban intentando arrancarle a la luna su dominio sobre el cielo nocturno. Sus verdes ojos se iluminaron al sentir sus deseos satisfechos y en su corazón algo se rompía.

domingo, 19 de octubre de 2008

Mito errante


Dicen que por ahí donde él imprimía sus huellas, el sol atenuaba su brillo, las aves cesaban sus cantos y a los hombres helábaseles la sangre en las venas.
Dicen que el suelo que pisaba quedaba yermo, que el aire que exhalaba era ponzoñoso cual azufre y que los ríos que cruzaba ennegrecían sus aguas.
Dicen que no podía abandonar su errante existencia, que era antiguo como la montaña, como el valle, anterior al primer hombre, dicen mucho de él, pero nadie sabe de donde vino, a donde irá o por qué vaga siempre.
Dicen que está maldito…

lunes, 13 de octubre de 2008

En el vacío de tus ojos

Estoy solo en este lugar… Es inquietante el silencio que gobierna, no se escuchan mis pasos ni mis gritos desesperados. No sé donde es aquí. “Aquí” que palabra tan curiosa y falta de significante se siente en este sitio de inexistencia. Recuerdo muy poco antes de resultar en este sitio. Imágenes borrosas de algo que no puedo ya rememorar, una mujer. Es una mujer lo que veo, dueña de una sinigual hermosura, con una mirada seductora, y está frente a mí en aquella lejana visión. No sé cuando es que se supone que la vi, en realidad no se cuanto tiempo llevo en esta desolación silenciosa. Siento que un miedo espectral me invade al darme cuenta de algo poco usual y estremecedor de verdad. No soy el único, no estoy solo. Percibo la presencia de alguien más, me oculto como puedo, me cobijo con las sombras que me rodean para no ser visto, y entonces distingo en la neblinosa lejanía la silueta de una criatura deforme. Extremadamente alta con brazos muy largos, la espalda echada hacia atrás en una posición grotesca, pero pronto se desvaneció entre la niebla sinuosa. No logro escuchar nada aún. Pero sucede de nuevo, veo la imagen de la desconocida y bellísima mujer en recuerdos que siento irreales y remotos, como si se me negara la certeza de que alguna vez hubiese sucedido. Ella me mira como quien ve anhelante una botella del más dulce vino. Pero me pierdo en sus ojos.
¡SUS OJOS! Eso es lo que ha sucedido, me he perdido en sus ojos, soy prisionero de su mirada, soy un alma en pena pagando el imperdonable crimen de ver a la bellísima Circe directo a su hechizante y malsana mirada, algo lúgubre, ella me ha dejado perdido, en un ilimitado infierno estóico, una eternidad negra y silenciosa, como sus ojos profundamente oscuros, cual obsidiana, a pesar de lo blanca de su piel y su cabello rubio y ensortijado. Ahora me siento extremadamente solo y con una desahuciada esperanza, siento un frío que no existe en realidad, siento que ya no hay razón para luchar y que las fuerzas que tenía han sido diezmadas, ya que, después de todo, no hay modo de escapar de unos ojos tan cautivadores. Literalmente, ha robado mi alma con una mirada.
Cuando veo mis manos soy víctima del horror más indescriptible, me dejo vencer por un pánico terrible, mis manos no son humanas, mis dedos son ridículamente largos y afilados, mi piel de un color gris pálido, mi cuerpo no es humano, no más, soy una criatura deforme como aquella de la que me había ocultado. Dolorido y aturdido, luego de acostumbrarme a mi actual situación de monstruosidad, vago en una confusa ofuscación de mis pasos dirigidos hacia ningún lugar, pues no hay a donde ir, y me encuentro con algo todavía mas repugnante y terrible, la visión más estremecedora. En un ominoso y escatológico claro entre la blanca oscuridad distingo un gran cúmulo de criaturas espigadas y deformes, como yo mismo lo soy ahora, en un malsano hervidero, una muchedumbre descontrolada, royendo el éter y raspándose entre ellos, como animales, como larvas de mosca en un cadáver, y repugnan a mi vista, pero yo soy como ellos, ahora, invariablemente pertenezco a ellos, millones de blasfemias, y como poseído por una imperante necesidad de contacto físico sin importar cuan grotesca resulte la naturaleza del tacto, me entrego a la podrida orgía, como siempre debió ser, como lo es ahora mismo…Entre la inmensidad existente en sus ojos vivo y me arrastro.

La Esencia

La Esencia está viva, cada día respira de nuestro aire y se mueve por nuestro espacio. Somos miserablemente pequeños ante ella. Es nuestra creadora. Pero sus manifestaciones son desconcertantes y casi nunca agradables. Sus manifestaciones son seres. Algunos andan entre nosotros y otros se ocultan en las sombras del mito, mientras que a otros más les es indiferente nuestra existencia y nos pasan de largo. Ellos son los seres de la Esencia.
Soy alguien que ha vivido cerca de todo ello, y que ha tenido la suficiente suerte de sobrevivir o, cuando menos, permanecer cuerdo.
Cada caso del que yo tenga conocimiento en el que se sospeche de una manifestación tal ha de quedar plasmado en este lugar. Aún a costa de mi volundad.

Mapamundi maldito

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