miércoles, 23 de mayo de 2007

Vestido de Muerte I



Voy vestido de muerte poblando la noche de lamentos y cuando el último minuto noctívago haya perecido al fin, las huellas de mis pasos quedarán al descubierto de los ojos profanos y de los sentimientos mortales y banales. Todo ello, todo mi andar, cada noche que contenga mi presencia, cada lamento que bajo mi acero sea parido, cada una de las sanguinolentas gotas que se derrame bajo el cobijo de la amparadora noche, todo ello te lo ofrezco con sumiso servilismo, y con el amor que te profeso. Mereces beber la vida de aquellos que no han sabido encontrar su significado, y han despreciado las luces que pueden nacer de las sombras más negras.
Ahora mis pasos andan por luctuosas calles que parecen umbrales de dimensiones necróticas y ominosas. Luces pálidas de espectrales faroles es lo único que separa las sombras de mis túnicas del color de la pez y de la máscara que cubre mi rostro empobrecido de perdón. ¿Que es lo que busco en una noche de tintes tan macabros como estos? Busco tu eterno tributo, aquellas almas de las que se debe nutrir la esencia que te colma y te sustenta. Deseo tu eterna existencia, no dejaré que desaparezcas como tu quisieras a veces, se que el latir de corazones ultimados y ajenos son sensibles a tu pecho, y que los alaridos de los que son presas de mi misericordia son sentidos en tu garganta también, pero de otro modo, ¿cómo podría yo soportar una existencia sin tu aliento sobre la maldita masa de carne pútrida que soy yo? ¡Dime como!
Puedo escuchar la intermitencia de chasquidos suaves sobre el suelo, alguien ha decidido aventurarse en esta melancólica noche que guarda muertes y que sostiene mis excéntricas perversiones. He de decirlo, ha elegido muy mal, y ahora pido a algún numen estelar que se apiade de su pobre alma, pues su sangre me pertenece y su cuerpo será regalado a rastreros bichos engendrados en oscuros inframundos. No pido que tenga miedo, ese poderoso sentimiento es innecesario en esta ocasión, ¿Por qué tener miedo de la libertad más absoluta para el hombre que nada ha logrado con su existencia terrenal? Pronto todo se terminará y las preocupaciones que agobiarían su lamentable vida serán erradicadas, pues al fin y al cabo ninguna preocupación humana posee validez en ningún nivel de realidad, son solo detritos y escombro de las conciencias, son estorbos del pensamiento.
La he visto, se trata de una agraciada mujer que parece caminar temerosa entre las lóbregas calles, como asediada por espíritus podridos y negros que a su lado parecen embellecer su aura, hacerla mas brillante, transformándola en fulgores incandescentes y celestialmente ígneos. Se dirige a donde mi sombra aguarda, debajo del manto que cubre mi perturbado ser sostengo la daga, misericordia, con la que ultimaré sus penas, sus angustias, sus latidos. Usa una capa que cubre su rostro. ¡Oh! Apiádense de ella númenes noctívagos, apiádense de su destino del otro lado del río Estigia. Ahora salgo campante a su encuentro, y con mis túnicas escondo aquél filo que atravesará su piel nívea, como lo sería el ópalo, y suave como lo es la ceda. Estoy a solo un par de pasos de ella, ¡Espíritus de la oscuridad que precede al alba! Han escuchado mis rezos. Una ráfaga de viento boreal que heló el ambiente de súbito ha hecho levantarse mi capa y ha descubierto el arma destinada a atravesar el cuerpo de mi víctima, y esta ha sido testigo de mis pérfidas intenciones. Un leve suspiro se ha dejado oír a modo de exclamación y ha echado a andar la huída. No podría correr mucho, no de mí. La sigo hasta donde ha dado vuelta a un callejón, le quito la capa que cubría su cabeza y al tiempo su cabello es liberado en una ondulación en sable que levita por los aires, la alcanzo y la atrapo, grita, solo unas milésimas de segundo, pues tapo su boca con mi perversa mano, al hacer esto, siento el tiempo tan lento mientras siento sus labios apretados contra mi palma; suaves, carnosos, era como tener una laxa pulpa frutal cubierta con alguna delicada seda. Intenta zafarse, intenta seguir gritando, forcejea, patalea, empuja y araña mi ropaje y la piel que escapa de este. Probablemente sentí que ya era demasiado hacerla sufrir, la apuñalé varias veces, sentía como el acero entraba una y otra vez en su pecho, tuve que hacerlo desde la espalda, luego de frente, vi, si, vi como el gulés de su sangre brotaba de su cuerpo, de las heridas, tiñendo el suelo de escarlata palpitante, que incitaba a beber de ella como de un oasis. Solo un poco, curioso, extasiado, sumergí la lengua en una de las hendiduras de las que brotaba aquel exquisito líquido. Sentí el calor de aquel cuerpo, el calor en extinción que aún afloraba de lo que una vez fue una mujer. Era alguien con una vida, una historia, un pasado, un legado, familia, tal vez esposo o prometido, no lo se, solo sé que ahora le pertenece a aquella de quien yo mismo soy esclavo. ¡Oh! Amada mía, esta es tu ofrenda, te brindo esta vida y esta sangre, en tu honor y gloria. Ahora el ritual comienza. Un ritual degenerado que incluía una danza circular, un cántico salmodiado en versos profundos e innominados. Está hecho. Ahora su alma pertenece completamente a aquella a quien sirvo. He alargado su existencia algún tiempo más. Se que tal vez repudies lo soez de mis actos, se que no deseas tantas muertes, se todo lo que maldices el arma con que ultimo a cada inocente, tal vez tanto como a mi me desprecias por mis actos corrompidos, yo lo se. Pero, ¡Oh! Amada mía, debes ser tan comprensiva como seas capaz, con uno, uno que tanto te ama, que te procura vida eterna, que no puede soportar la idea de tu desaparición, uno que se interna en las traicioneras veredas del destino para recolectar aquel elíxir que mantiene tu existencia. Ámame, te lo suplico, ámame tanto como yo te he de amar por siempre, incluso después de que mi cuerpo fuese tragado por algún suelo al que sentiré ajeno, y seguro me expulsaría de él, si no estuvieras tu cerca.

domingo, 13 de mayo de 2007

Amanita Virosa II


Amanita Virosa II
Sueños Perfumados
Un sueño muy largo fue interrumpido por el canto de un pájaro mañanero dándole un saludo melodioso al alba. La pequeña hada sacudió sus pequeñas y traslúcidas alas para comenzar su viaje a través del bosque luctuoso. Esa pequeña criatura mágica dirigió su primera mirada al horizonte que ante ella se presentaba: las vetustas maderas de los árboles se encontraban cubiertas de liquen y musgo que daban una apariencia de inmemorial antigüedad a este bosque; las flores que abrían sus pétalos al sol aún mostraban gotas de rocío en las que se reflejaban los fantasmales mosaicos de luz y sombra que formaban las hojas de los árboles; en lo alto del éter descollaban las puntas de los altos pinos nebulosos desde las bajas tierras desde las que eran vistos; unas cuantas mariposas revoloteaban por los aires en busca de su alimento, el suave néctar de las matinales flores. Un hermoso y a la vez desesperanzador espectáculo podía contemplarse desde la precaria posición de esta pequeña hada atrapada en una eventualidad inmisericorde.
Decidió no esperar más y pensó en el largo y tortuoso camino que debía recorrer y que aún tenía por delante. Las otras hadas habían hecho ya este recorrido y esta solo tenía que seguir ese rastro mágico e invisible que sus congéneres habían dejado. Este rastro no era algo normal, algo tangible o detectable por seres profanos, este camino intangible era un camino de sueños aromatizados de sonrisas y lágrimas. Al pasar por donde estaba esta estela onírica, el hada sentía todo aquello que sus antecesoras habían sentido, soñaba lo que las otras soñaron, reía donde aquellas rieron, sollozaba cuando, con antelación, lo habían hecho las antecesoras. Esta marca de sueños aromáticos que dejaban las hadas servía para que alguna compañera perdida pudiera llegar a donde se encontraba la colonia, pues si existe algo que las hadas no resisten es estar solas, pero resisten menos el abandonar lo que aman. Ese último motivo fue el que hizo al hada a aferrarse a su hogar hasta el último segundo antes de ser destruido por la Muerte Mecánica. Agitando sus alas cristalinas, a través del aire denso del bosque, continuó siguiendo su camino de invisibles aromas oníricos y etéreos. Las sensaciones que percibió al seguir el rastro de las otras hadas fueron, al principio, lo más usual que podría haber sentido: impaciencia, miedo, incertidumbre, nostalgia, pena, tristeza; pero al rato de andar por los caminos vagos del sueño y los recuerdos una sensación de matices espectrales se apoderó de sus pensamientos. Algo había pasado en el viaje de sus congéneres cuando pasaron por esas zonas alejadas y desconocidas. Pareciera que su andar tan monótono y bien calculado se viera amenazado por un hado ominoso. Lo que comenzó a sentir a medida que avanzaba a través del bosque la estremeció de tal manera que detuvo su avance y se quedó petrificada. En ese lugar del espacio en que se encontraba, el rastro de las hadas que antes habían pasado por esta zona cambió completamente de matiz. Lo que antes era solamente nostalgia, incertidumbre impaciencia y miedo se había transformado en pánico, horror, desesperación, lo mas oscuro del miedo ultraterreno contenido en un tramo sucinto de ese camino onírico cuyo dulce perfume, antaño embalsamado de recuerdos, sonrisas y lagrimas sentidas del alma, había cambiado a ser una dolorosa odorífera vía del miedo, la angustia, la muerte. Ominosas emociones inundaron la mente de la pequeña criatura alada y no quiso seguir adelante por temor a lo que pudiera descubrir con las sensaciones siguientes. Con todo y el miedo que llegó a sentir avanzó y lo que siguió fue mas aturdidor todavía que lo que antes había sentido. Imágenes en sepia de un paisaje recordado por una de las hadas anteriores saltaron a su mente, imágenes de sombras monstruosas y visiones de cadavéricos rostros siniestros. Una inenarrable sensación de monstruoso e inhumano pánico la colmó hasta el borde de la locura, sus alas se agitaban dificultosamente intentando dejar atrás el terrible pánico. Y de repente, toda esa poderosa fuerza del terror se extinguió. El rastro no desapareció, solo el miedo. El rastro aun estaba presente, pero ya no mostraba todo aquel imperante pánico que antes se había producido, de hecho, ya no proyectaba ninguna clase de sensación, ni miedo, ni incertidumbre, ni alegría, ni tristeza, nada. Parecía que las hadas anteriores hubieran quedado sin sentimientos ni memorias, sin alma, sin pensamientos, sin vida, aunque deberían tener vida, ya que lograron hacer este camino de sueños aromáticos que ahora seguía esta hada solitaria. Solo faltaban los sueños, era como si estos hubieran sido arrancados del camino, como si las alucinaciones de esta vía fuesen de un carácter onírico vació, como cuando duermes, pero no hay sueños, solo negrura, solo oscuridad.
El hada se alegró de que haya terminado la pesadilla antes sentida, pero esta vacuidad que ahora inundaba su andar la preocupó demasiado y decidió seguir este rastro hasta encontrar a sus amigas las hadas para poder obtener una explicación de este prosaico camino construido con sueños vacuos y perfumes tan poco fragantes. Pero sobretodo, decidió seguir en el camino por temor a la soledad, pues aunque los sueños que inundaban la estela a seguir estaban totalmente vacíos, sabía que fueron hechos por sus semejantes, lo cual la hacia no sentirse completamente sola en un mundo mas vacío que estas oníricas huellas de hada, que estos sueños perfumados de nada.

miércoles, 4 de abril de 2007

Los pasos de alguien llamado Lott



No hay un rincón en el mundo que no haya sido ya pisado por mis pies. En el alba y el ocaso, he caminado sin descanso desde que obtuve la capacidad de hacerlo. No sé quién fui antes, que haya sido de mi vida previamente, que destino me haya escupido a esta corporación, solo sé que ahora existo a través de este cadáver que yo llamo cuerpo, que yo he titulado vehículo y que he usado como medio de unión con esta gigantesca esfera que he recorrido, como antes dije, y a la que prefiero personalmente no denominar de ningún modo.
Soy lo que algunos han llamado Jinn, sé que tal palabra no es de su habitual uso, es porque en occidente han preferido nombrar a los míos con esta palabra: “genios”. Ahora en su imaginación revolotea la imagen de alguna historia de Sherezada y las mil y una noches, pero he de decirles que se equivocan si me confunden con tal caricaturesca concepción de mi raza, si es que se merecen que los llame así. Hasta donde sé soy el mas antiguo de los míos de entre los que aún caminan sobre el rostro de este planeta, el mas anciano entre los ancianos, y apenas ahora comienzo a sentir como este cuerpo comienza a podrirse de nuevo. Me resisto a morir una vez más, aún hay cosas que debo hacer antes de dejar este pedazo de roca mohosa al que algunos han llamado tierra y otros, más románticos, hogar.
El día me ha alcanzado una vez más, y no recuerdo donde estoy ni que hago aquí, que más da, el Tibet o Sumatra, los Cárpatos o Atacama, no importa, siempre es lo mismo, siempre despierto en un lugar diferente, pues no espero encontrar dos veces el mismo amanecer. El sol se yergue sobre una colina coronada de rosales a los que ahora me dirijo, las rosas, oh! Las rosas, mi flor favorita en el mundo, me acerco y el perfume que emana de ellas me extasía. Recuerdos, sí, recuerdos llegan a mi mente justo ahora mientras el inclemente astro rey golpea mi calva cabeza con sus rayos cálidos que más que molestarme me cobijan y protegen del frío matinal. Tomo una rosa y mientras hundo mi nariz entre sus pétalos los recuerdos me asaltan nuevamente. Son recuerdos de antes de mis tiempos, de antes de que lograra opinar y ver, pues no tenía ni boca ni ojos, de tiempos antes de encontrar y poseer un cuerpo. Mi nariz se llena de un polen amarillo que casi quiero lamer para obtener un poco del alma de la flor. Sé que mis harapos se rasgan con las espinas del rosal, pero no me importa en lo absoluto, nunca me ha importado, además solo hace falta un movimiento de mi mano sobre esas hermosas flores y sus espinas huirán de mi piel.
¿Que es eso? ¿Un sauce? Este amanecer mejora cada vez, nada ha conquistado tanto mi cuerpo como la sombra de un sauce. No pienso dos veces el ir debajo de sus ramas. Novecientos años, es lo que veo en mis recuerdos, novecientos años atrás y la visión de un asesinato, un hombre calvo era apuñalado por la espalda con una daga que era sostenida por alguien de rasgos poco distinguibles debido a la tupida barba propia de los persas ancianos, luego yo entrando en ese cadáver aún sangrante y levantando aquel pié antes ajeno ahora mío, ese pie que recorrería el mundo en los siguientes novecientos años, un acto insospechado por aquél que murió apuñalado a traición. Es ese el modo de supervivencia de mis congéneres, es el modo en que por siglos, milenios, eones enteros han sobrevivido y seguirán haciéndolo. La sombra del árbol es refrescante y protege mi cuerpo del sol que ahora veo como enemigo, pues el día avanza y el calor asciende. Llamo a una de las ramas del amigable árbol y responde a mi voluntad elevándome a la sima del sauce, desde donde puedo ver parte del mundo que estos pies han recorrido y seguirán recorriendo, al menos durante un corto tiempo más. Aunque nadie recuerde que fueron pasos que dio alguien llamado Lott.

lunes, 2 de abril de 2007

Amanita Virosa I



Amanita Virosa I

La Muerte Mecanica


A través de sus ojos hechizantes, el hada veía el bosque nocturno. Ensombrecido por la falta del sol pero, al mismo tiempo, iluminado por la fosforescencia que emanaba de los múltiples hongos que crecían entre los vetustos troncos mohosos. Los hongos resplandecían con sus etéreas emanaciones entre el bosque mientras se escuchaban los místicos murmullos nocturnos de la noche. El hada permaneció inmóvil en su árbol contemplando ese onírico paisaje quizá por última vez. Sabía que debía abandonar el que fuera su hogar durante tantos siglos, sabía que si no lo hacía así ella desaparecería para siempre. Amaba su hogar pero había llegado la hora de despedirse de él.
Cundo una lagrima se derramó de sus asombrosamente cristalinos ojos, al recordarse a sí misma su inminente partida, asaltaron su mente imágenes de una infancia dentro de un capullo iridiscente, recordó las primeras imágenes que contempló al salir de él; hojas verdes de un árbol que se mecías al compás de un suave viento en una tarde de llovizna. Otra lagrima rodó por sus mejillas pálidas y nuevas imágenes melancólicas aparecieron ante sus ojos tan cristalinos como diamantes gemelos. Imágenes de flores rompiendo de sus capullos, hongos iluminando la noche incrustados en los árboles, siluetas de luciérnagas en las musgosas rocas del suelo al destellar con su bioluminiscencia. Pero no solo había imágenes en su mente, sino también otras sensaciones: el sabor dulce del néctar matinal, el aroma de la tierra cuando la lluvia la moja, el sonido del riachuelo que cruza el bosque, las cosquillas que siente cuando sus alas juegan con el viento gentil. Abandonar esta vida dolerá tanto en el corazón del hada como la muerte de un hijo para su madre, pero ella sabe que debe abandonar su hogar, pues de ello de pende su vida.
Se escuchó un rugir ominoso en las afueras del bosque, un rugir metálico. La muerte mecánica se acerca a pasos agigantados cada vez mas. Tronaron las altas ramas del árbol donde el hada se encontraba y esto la sobresaltó. Cuando regresó la mirada para ver de que se trataba se aterrorizó cuando se dio cuenta de que una garra gigantesca se devoraba el árbol entero. Un nuevo rugido se dejó escuchar atronando en la noche, lo que provocó que miles de aves volaran despavoridas ante aquél impresionante alarido. Ese ser gigantesco de férrea piel engullía el bosque con singular ferocidad al tiempo que de lo que parecía ser una protuberancia rígida y tubular en su espalda emanaban gases tóxicos que infectaban el aire nocturno y de sus ojos redondos surgía una violenta luz blanca inundando el bosque con resplandores enfermizos y siniestros.
El hada escapó muy aprisa de la muerte mecánica, aquel monstruoso ser de férrea piel que destilaba gases ponzoñosos y con ojos terriblemente resplandecientes que se dedicaba a devorar el bosque. Se interno con gran desesperación en la inmensa oscuridad y pensó en permanecer ahí hasta el día siguiente.
Al día siguiente, cuando comenzaría su viaje para encontrar un lugar donde vivir. Pero sabía muy bien que esta empresa no seria cosa fácil, pues el bosque estaba plagado de seres que podrían arrebatarle mas que su libertad. No quería pensar en ello por ahora, y se acurrucó debajo de un pequeño hongo para dormir, y así descansó lejos de aquella bestial criatura de férrea piel, acariciada por las luminosas y vaporosas emanaciones que despedía la seta bajo la cual se encontraba. Y así soñó de nuevo con su capullo, con las luciérnagas, con el aroma de la tierra mojada y con el viento jugueteando con sus alas traslúcidas.

viernes, 23 de marzo de 2007

Dimián el de la Derecha


“Es mío”. Pensaba aquél hombre mientras observaba desde el cristal del último piso de aquél alto e importante rascacielos, su mirada contemplaba todo el amplio horizonte citadino. “Es mío”, seguía pensando el hombre, aquel al que llamaban Dimián los pocos que tenían el privilegio de saber su nombre. “Yo construí esta sociedad, yo creé esta civilización para el hombre, porque yo amo al hombre” se decía a si mismo, se lo repetía una y otra vez, sin descanso. No mentía, él amaba la humanidad, y la protegía contra cualquier amenaza que se presentara, él deseaba la eternidad de la cultura humana. A pesar de las interpretaciones que se puedan dar, él no amaba al hombre por un sentido altruista, ni por mera filantropía obsesiva, sino por razones más mundanas y personales; más humanas diría yo. Su deseo de poder es lo que provocaba sentimientos de apadrinamiento sobre la humanidad, la cultura humana es una lucrativa fuente de poder e influencia entre los círculos superiores de la Esencia, él había subido tan alto en esos círculos que el poder lo enloquecía a veces.
Una catedral se veía a lo lejos entre el paisaje urbano, un templo católico muy antiguo, tal vez datado del siglo XVI, construida de un estilo gótico, con sus puntiagudas torres que descollaban en lo alto del emponzoñado éter citadino, y un vitral en forma de rosetón hermosamente decorado con alguna escena bíblica. “Es mío también”.
Tocan a la puerta de la amplia oficina exuberantemente decorada con antigüedades medievales. Cuando Dimián dio el permiso para que la abriesen entraron dos de sus hombres sosteniendo a un tipo de apariencia demacrada y endeble. “Tráiganlo ante mi” su orden fue acatada como si fuese el mismo Dios quien la hubiese dado. Hincaron hombre a los pies de Dimián y este le empezó a hablar. Al principio con suave altivez, con gentileza fingida, pero su odio hacia esa persona era evidente.
“Osaste traicionarme, eres solo alguien que trabaja para mí, y con estupidez en tus actos, osaste traicionarme”. El odio aumentaba a cada palabra. “N, no… no fue mi intención… y- yo solo quería algo para m-mi familia” con torpeza en sus palabras el macilento hombre trataba de defenderse, pero sus palabras no eran captadas por aquel a quien iban dirigidas.
Levantándolo del cuello Dimián comenzó a decir algunas maldiciones entre dientes, estaba en verdad enfadado pues no concebía perdón para la traición, no importa cual fuese el motivo. Un poderoso destello se produjo, una luz blanca y fugaz, como el flash de una cámara fotográfica, pero mucho mas potente, cuando la luz desapareció el pobre hombre se encontraba a casi cinco metros de Dimián y seguía avanzando, como cayendo estrepitosamente en horizontal, menos de un segundo después, su cuerpo chocó con furia contra la puerta de la enorme oficina, una hermosa puerta de madera decorada con motivos célticos, probablemente un diseño exclusivo. El golpe fue seco y el cadáver cayó al suelo escurriendo sangre de la nuca. “Saquen eso de aquí, y limpien mi entrada”. La orden fue acatada como si hubiera venido del mismo Dios.
“Es mía, la humanidad es mía, y puedo hacer con ella lo que desee”. Y tenía razón.

jueves, 22 de marzo de 2007

Gestat el de la izquierda


Siendo Martes en la tarde un hombre de estatura media, complexión media, cabello y vigote canos y saco de color café ocre de apariencia gastada, pasea entre las callejuelas de una ciudad ya deshabitada de peatones, pues caminar en la noche no es recomendable, hay mucha inseguridad. Parece no estar preocupado por el mundo que lo rodea, si es que no es él quien rodea al mundo con pensamientos y miradas de despreciable altanería y odio, se encuentra ensimismado en planes de destrucción de sociedades y exterminio humano. Recuerda aquellos días de antaño en los que sus hermanos y ancestros rondaban por los campos y selvas admirando la exuberante belleza que ofrecía el mundo, admirando la naturaleza en su estado puro sin ningúna forma de vida capaz de modificarlo de modo tán drástico como lo ha hecho ese parásito al que llama hombre y al que detesta por sobre cualquier cosa por quitarle la belleza a su mundo.

Ahora seguía imprimiendo sus huellas en aquel terreno transformado y creado para y por los hombres que tanto odiaba, se mesclaba entre ellos para erradicar el mal desde el corazón y no desde el exterior. recogió una lata del piso, pensó en lo que tuvo que pasar ese pedazo de ojalata para pasar de su estado natural como un elemento mas en la corteza de la tierra a el estado actual de artilugio deshechado por grotescas criaturas altaneras que esperaban de modo estúpido que ese metal modificado pasara a formar parte nuevamente de la tierra del que lo robaron.

Cuendo entra en un callejón angosto y sombrío es enboscado por una pequeña jauría de hombres que están deseosos de riquezas vanas y pasageras que les darán placeres efímeros y mundanos. Lo amenazan con nabajas, él piensa: "Pobres cucarachas,... Con perdón de las cucarachas". Cuatro gigantescas y monstruosas manos-garras surgen rápida y violentamente de su espalda arrancando la cabeza de uno de los cinco ladronzuelos, la otra estruja y desbarata el craneo de otro de los bándalos contra la pared de ladrillos rojos, ahora mas rojos que antes; las monstruosas extremidades son dirigidas entonces contra los otros tipos atravezando el torax de uno de ellos y cogiendo al otro por la pierna, lo levanta y las negruscas garras le arrancan con terrible facilidad la columba; solo queda uno, que ve como esos dos pares de monstruosos brazos son acompañados por sus extremidades normales al transformarse también en esa grotezca masa negrusca de carne ominosa, no tiene tiempo de gritar cuando fué atrapado por el cuello y levantadoa una altura de tres metros sobre el suelo, solo escuchó: "No sabes en la que te metiste, parásito", su garganta tronó estrepitósamente.

El hombre repitió la misma frase frente a ese cadaver: "No sabes en la que te metiste, no sabes que te metiste con Gestat. Levantó el pié y cruzó del otro lado del cuerpo, se fué de ahí.

Aborto


"¡Matenme!" gritaba el pequeño embrión en el bientre materno, deseaba morir, deseaba no nacer, y quería hacer lo posible por malograrse. No usaba ningún lenguage, puesto que no tenía ni garganta ni boca, solo lo gritaba en conciencia desde el fondo de su aún no terminado cerebro.

¿Por qué querría morir un no nato? Alguien tocó el bientre de la madre y le pasó al desdichado cigoto las imagenes de la realidad que le esperaba:

6,000 millones de habitantes que hormiguean en la corteza terrestre, haciendo escasas las posibilidades de bienestar.

6,000 millones de bocas que alimentar con la escasa comida que queda en el mundo lleno de enfermedades letales, y personas que nececitan de agua aunque sea para beber, agua que escasea cada vez mas, y que destrullen con impunidad los bosques y contaminan ríos y mares (no se conforman solo con las aguas en tierra firme).

6,000 millones de seres que nececitan servicios como la energía electrica que al producirla contaminan (para no variar) el aire con emiciones de gases tóxicos que han descontrolado terriblemente el clima, ya de modo irremediable.

Y la celula que debería ser en unos 7 meses un niño bién formado, al ver todo ello, decide no nacer, decide no sufrir tanta porquería, encuentra como única salvación para la raza humana el exterminio, si mueren almenos tres cuartas partes de la población mundial a lo mejor los sobrevivientes tendrían suficiente agua y recursos para vivir un tiempo mas, pero ya no sería lo mismo, ya nunca será lo mismo.

"¡Matenme!" Y le complacieron su deceo, lo hubiesen hecho si el no lo hubiera pedido. Que podrido está el mindo.

El Mundo padece una enfermedad progresiva y letal llamada: Humanidad.

La Esencia

La Esencia está viva, cada día respira de nuestro aire y se mueve por nuestro espacio. Somos miserablemente pequeños ante ella. Es nuestra creadora. Pero sus manifestaciones son desconcertantes y casi nunca agradables. Sus manifestaciones son seres. Algunos andan entre nosotros y otros se ocultan en las sombras del mito, mientras que a otros más les es indiferente nuestra existencia y nos pasan de largo. Ellos son los seres de la Esencia.
Soy alguien que ha vivido cerca de todo ello, y que ha tenido la suficiente suerte de sobrevivir o, cuando menos, permanecer cuerdo.
Cada caso del que yo tenga conocimiento en el que se sospeche de una manifestación tal ha de quedar plasmado en este lugar. Aún a costa de mi volundad.

Mapamundi maldito

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