¡Largo ya de aqui! ¿Que quereis de mi? ¿Es mi alma o es mi dinero? Si de uno carezco y la otra es una anomalia en esta vida.
martes, 15 de enero de 2008
viernes, 21 de diciembre de 2007
La Respuesta II
El lodo que se mete entre mis dedos es casi insoportable. Un hedor putrefacto nace de las ciénagas y deja a relucir la potencia de los venenos del alma, culpa la llaman los vientos que juguetean en rededor mío. Y aúllan, y sacuden el ambiente con júbilo pequeño, como si intentasen disminuir o disimular los fétidos aromas del lodazal. Yo solo me fugo de este pantano, pero manos cadavéricas surgen para impedir mi retirada, y desde el fondo de sus gargantas vomitan y salpican el ámbito con una lastimera y repetitiva palabra, que se convirtió, a poco, en el coro omnipresente de esta vil situación; ¡culpa! Y como si el infierno fuera poca cosa, un terror de mil demonios mortificaba mis pensamientos y sensaciones con su aborrecible presencia. Lastimaban mi piel y mis oídos, pero hacían lo propio aún en peor medida con los putrefactos seres que me impedían la huida. Los demoníacos entes simplemente se desvanecieron en una hecatombe de sangre hirviente, simplemente ya no estaba ahí, sino en algún sitio alejado de cualquier cosa. Aún sentía presión sobre mis extremidades, y eso me sorprendió aún más, pues me había percatado de mi nueva capacidad para sentir. Aún ignoro si los enviados de los infiernos habían ido a mi rescate, o si salí librado por una fortuita coincidencia en medio de una voraz batalla entre los habitantes de los fangos infectos y los diablos del submundo.
Quizá el frío de tus manos no me importó, pues te sentía de cualquier modo. Descubrí que podía sentir aquí y del otro lado. Es difícil ser un semi cadáver. Tus dedos se enroscaban entre los míos y se me antojaron melancólicos, como solo podría serlo un alma invadida por el frío del desasosiego. Entre palabra y palabra que pronunciabas cerca de mi rostro, un beso poco significativo y suave, frío también, me acariciaba los rígidos labios. No hubo lágrimas, ni tuyas ni mías, de cualquier forma, mis lagrimales estaban “fuera de servicio”.
El gas que corre por mis venas se tornó frío cuando el hálito de otros condenados llegó al sitio que se encuentra en el envés del mar de pesadilla. Condenados a vagar y existir siempre ahí. Yo también era un prisionero del sueño, y de no tener las necesarias precauciones podría sufrir un destino similar. Los vi ser lanzados desde los majestuosos cielos, desde donde espesas nubes violáceas contemplan lascivas el paisaje que se encuentra en rededor suyo, malditas voyeuristas, y al ir cayendo a los condenados reinos del olvido del mal sueño se quemaba su piel etérea, se desfiguraban sus rostros, y se retorcían en agonía espantosa. No deseo imaginarme el cómo se ganaron aquel cruel destino. Las decisiones suelen ser equivocadas y no existe redención a ellas, al menos, no de este lado. El otro lado es aún más inmisericorde, pero con castigos más livianos en comparación. Uno desea viajar al sueño, ignorando que el sueño puede convertirse en temible pesadilla.
Aún mis párpados son cosa inútil. Y simplemente hay blancura a mí alrededor. Si tan solo el aire fuese mío, conseguido por mi propio mérito. Pero es artificio del ingenio humano el que me mantiene atado al mundo que no he pedido como morada. No culpo ni reniego, es solo que deseo que lo que por tanto tiempo he buscado se haga presente, al fin, de un momento a otro. Aún cuando eso significase mi ruina.
Por fin he llegado, el torrente de arena, la corriente en el centro. Ignoro su ubicación, tal vez no exista tal, quizá es solo un momento en el espacio y tiempo que se repite periódicamente o de modo completamente aleatorio a nuestros prejuicios. Y sin embargo, a pesar de todas mis lucubraciones acerca de su naturaleza, lo siento, lo contemplo, como solo lo etéreo puede ser visto por lo etéreo. Una vez, en algún lugar y situación que no me molestaré en recordar, escuché que la realidad es independiente del sujeto cognoscente, y eso es lo que sucedía con la fuente de todas las arenas que ahora se encontraba en mi presencia. Y es que por más suposiciones que se me pudieran ocurrir sobre su origen y naturaleza, jamás podré adivinar la realidad. Solo me resta describir, en verdad solo me queda eso, pues mis suposiciones se han visto subyugadas a la ignorancia que me ata al simple acto de observar. El centro es brillante, con destellos fluorescentes en colores tan variados que el ojo humano no podría reconocer ni distinguir. Los vapores surgían desde el fondo torrencial, como… No creo encontrar una comparación. Es como mil millones de auroras australes hechas de diminutos diamantes policromáticos en actitudes extraordinarias, danzando en una espiral de brazos hinchados de fuerza, conteniendo en cada uno de ellos los aromas de épocas pasadas, de recuerdos en vigilia y en el territorio del sueño, sentía todo lo que había sentido en toda mi vida a un tiempo, sentía aquella tristeza que me invadió cuando vi marcharse a mi padre a los cinco años de edad, sentí aquella alegría del primer amor en la secundaria, sentí la ira contra aquel abusón en la niñez, sentí la impotencia de quien quiere cambiar al mundo y resolver las injusticias, la excitación al sentir la piel de una mujer desnuda con mis propias manos, sentí y sentí mil cosas más, sentí y percibí los aromas que han invadido mi ambiente durante mi vida, el chocolate, la canela, el cigarrillo, la tierra mojada, que con los sonidos que palpitaban todos juntos en mis oídos, formaban un cúmulo casi insoportables de sensaciones, a pesar de lo que pudiera pensarse, cada sonido era perfectamente distinguido por separado a pesar de ser percibidos al mismo tiempo, tales podían ser tan agradables como el canto de una madre, el sonido de campanitas en un cobertizo, la melodía de pájaros madrugadores o una melodía en un lejano piano, o bien algo más desagradables como el sonido de un grito aterrador, la sirena de ambulancias, gotas cayendo sobre el aluminio, o el estallido de un arma de fuego. Sabores múltiples en la lengua, el sabor de mi propia sangre, del dulce chocolate, de tus pezones jugueteando en mi lengua, de tus labios, de algún limón alguna vez degustado o de un lejano vino, el sabor del polvo al caer al suelo o el sabor desagradable de las pastillas. Pero nada superaría a la vista, es este el sentido que más necesitamos y del que más nos jactamos los seres humanos, es el sentido que regularmente nos hace cometer más errores y menos aciertos y es el sentido en el que, paradójicamente, más confiamos. Lo que vi en ese momento era todo, y por todo me refiero a cada una de las imágenes que pasaron ante mis ojos a lo largo de mis años. No intentaré describirlas, como he hecho con los otros sentidos, pues no doy crédito a lo que me he visto obligado contemplar, y prefiero no repetirlo en mis palabras. Todo, todo ello y más contenía en su interior aquella sustancia, objeto, lugar o lo que sea que fuere o de lo que se tratare el centro torrencial de las arenas, como se le había nombrado de este lado de la realidad. En ese momento era capaz de entender cada uno de los secretos de la vida, o al menos de la mía, se trataba de una especie de espejo en el que te contemplabas tal cual, y eras capaz de sentir la historia, y de augurar tu destino de entre tantos posibles que pudiesen surgir de repente. Me gustaría quedarme un poco más ahí, un poco menos de ese lado en el que me aguardas, tal vez más a mí que a la respuesta que te he prometido, pero ahora ya no depende de mí, es una pregunta que debe ser contestada aún contra mi voluntad, o la tuya, o la de Dios. De no ser así, el universo, la existencia en su más pura esencia perdería su sentido, su razón de ser, y ya sin propósito no habría más por qué existir. Y de pronto la respuesta, ansiada aparece en forma de esfera de brillante luz en el centro del infinito remolino galáctico y multicolor. La trato de tomar con mis dedos, pero esos se evaporan nada más tener contacto directo con la respuesta que brilla con la potencia de mil estrellas, o de dos mil novecientas cuarenta y una, en cualquier forma era mucha luz, al menos en apariencia. Al darme cuenta de que ya no tenía manos con que sostener esa esfera que contenía o era en si la respuesta que deseaba me abalancé sobre ella con todo mi cuerpo, perdiéndolo en el acto. Y me desvanecí en el interior incierto de la luminosa esfera.
Las máquinas que estaban conectadas a mi, pronto detectaron una alteración, se hizo la alarma, y se formó una carrera contra el invencible tiempo y un supuesto ataque del que mi corporación carnal era presa, lo sentía todo, cada uno de los aparatos tocándome, los hombres de blanco manoseándome y agujas que contenían sustancias que supuestamente ayudarían a controlar, mas no a resolver, la situación. Intentaba simplemente hablar, pero debido a un terrible entumecimiento de mis cuerdas vocales tan solo era capaz de jadear, de lubricar el espeso, tenso y desesperado ambiente con súplicas escuchadas casi en susurros dolientes y entre todo el ajetreo eran, por tanto, prácticamente inaudibles y pasados por alto. La situación empeoraba, cada vez más, a cada momento, las decisiones eran cada vez más apresuradas y equivocadas, pero el efecto de alguna droga antes administrada comenzó su manifiesto, casi al instante en que pude al fin responder, pero mis palabras fueron entorpecidas por esos mismos químicos y tan solo se escuchó un alarido desasosegador. Se determinó que había salido de aquel coma en el que yo mismo me había sumergido con el fin de encontrarme en la tierra del ensueño y encontrar en ella el centro de todo , el torrente de las arenas, la fuente de todo lo que puede existir en nuestra mente y por tanto en la realidad. Pues no existe realidad más cierta que aquella en la que estuve andando y peregrinando, y esto que llamamos realidad es solo el sueño de un lejano sueño del que podemos despertarnos en cualquier instante, somos ignorantes ante tanta verdad, tan abundante, tan escondida, y somos tan conformistas al creer que al perdernos en el sueño vivimos tan solo ilusiones sin darnos cuenta de que en realidad es nuestra vida, ilimitada lo que experimentemos y de este lado solo hay falsedad, lo etéreo nunca fue tan real. Días después pude al fin comunicarme verbalmente con tigo, y pude darte la respuesta. “Soñar es existir, que es más importante que vivir, al soñar somos nosotros tal como debemos ser, y no el producto de la imagen que nos da la carne”. Te he respondido, te he brindado el fruto de todos mis pasos invisibles del otro lado de la frontera onírica. No se por que sucedió lo que sucedió después, pero ya no es tan importante, el propósito ha sido cumplido, y lo que venga ahora es solo la inevitabilidad del devenir tan siniestro como suele serlo. Luego de un nuevo ataque he quedado conciente, pero completamente paralizado, con la capacidad para mover solo un par de mis dedos, se que pronto dejaras de venir, se que te olvidaras de todos aquellos placeres carnales que alguna vez te he brindado y que me tendrás como un mudo confidente o como un recuerdo que desearas olvidar, pero es algo que me preocupa tanto como el clima de neptuno para un pigmeo australiano. Pues ya sin propósito en este plano soy libre, un agente libre por fin, de las ataduras de la realidad diaria en este lado de la barrera onírica. Esta limitación física es solo apariencia de impotencia, del otro lado soy libre y feliz, soy el amo absoluto. Capaz de viajar entre los mares de las pesadillas y resultar victorioso, capaz de sumergirme en las orgías más extrañas y pútridas y resultar divertido y libre de mancha alguna, soy dueño de aquéllas ciénagas que alguna vez me apresaron y dialogo con los demonios de sangre hirviente con los que antaño he tenido algún encuentro. Visito cuando me plazca el palacio execrable de fachada adorable y pulcra que alguna vez contemplara. No debes compadecerte de mí, que ahora soy libre, y te visitaré siempre en tus sueños, porque ahora pertenezco a ellos como el mismo Morfeo alguna vez lo hizo. ¿Recuerdas la rígida sonrisa que ostentaba en mi coma autoinducido? Pues ahora también la tengo, pero esta vez es solo verdad.
Quizá el frío de tus manos no me importó, pues te sentía de cualquier modo. Descubrí que podía sentir aquí y del otro lado. Es difícil ser un semi cadáver. Tus dedos se enroscaban entre los míos y se me antojaron melancólicos, como solo podría serlo un alma invadida por el frío del desasosiego. Entre palabra y palabra que pronunciabas cerca de mi rostro, un beso poco significativo y suave, frío también, me acariciaba los rígidos labios. No hubo lágrimas, ni tuyas ni mías, de cualquier forma, mis lagrimales estaban “fuera de servicio”.
El gas que corre por mis venas se tornó frío cuando el hálito de otros condenados llegó al sitio que se encuentra en el envés del mar de pesadilla. Condenados a vagar y existir siempre ahí. Yo también era un prisionero del sueño, y de no tener las necesarias precauciones podría sufrir un destino similar. Los vi ser lanzados desde los majestuosos cielos, desde donde espesas nubes violáceas contemplan lascivas el paisaje que se encuentra en rededor suyo, malditas voyeuristas, y al ir cayendo a los condenados reinos del olvido del mal sueño se quemaba su piel etérea, se desfiguraban sus rostros, y se retorcían en agonía espantosa. No deseo imaginarme el cómo se ganaron aquel cruel destino. Las decisiones suelen ser equivocadas y no existe redención a ellas, al menos, no de este lado. El otro lado es aún más inmisericorde, pero con castigos más livianos en comparación. Uno desea viajar al sueño, ignorando que el sueño puede convertirse en temible pesadilla.
Aún mis párpados son cosa inútil. Y simplemente hay blancura a mí alrededor. Si tan solo el aire fuese mío, conseguido por mi propio mérito. Pero es artificio del ingenio humano el que me mantiene atado al mundo que no he pedido como morada. No culpo ni reniego, es solo que deseo que lo que por tanto tiempo he buscado se haga presente, al fin, de un momento a otro. Aún cuando eso significase mi ruina.
Por fin he llegado, el torrente de arena, la corriente en el centro. Ignoro su ubicación, tal vez no exista tal, quizá es solo un momento en el espacio y tiempo que se repite periódicamente o de modo completamente aleatorio a nuestros prejuicios. Y sin embargo, a pesar de todas mis lucubraciones acerca de su naturaleza, lo siento, lo contemplo, como solo lo etéreo puede ser visto por lo etéreo. Una vez, en algún lugar y situación que no me molestaré en recordar, escuché que la realidad es independiente del sujeto cognoscente, y eso es lo que sucedía con la fuente de todas las arenas que ahora se encontraba en mi presencia. Y es que por más suposiciones que se me pudieran ocurrir sobre su origen y naturaleza, jamás podré adivinar la realidad. Solo me resta describir, en verdad solo me queda eso, pues mis suposiciones se han visto subyugadas a la ignorancia que me ata al simple acto de observar. El centro es brillante, con destellos fluorescentes en colores tan variados que el ojo humano no podría reconocer ni distinguir. Los vapores surgían desde el fondo torrencial, como… No creo encontrar una comparación. Es como mil millones de auroras australes hechas de diminutos diamantes policromáticos en actitudes extraordinarias, danzando en una espiral de brazos hinchados de fuerza, conteniendo en cada uno de ellos los aromas de épocas pasadas, de recuerdos en vigilia y en el territorio del sueño, sentía todo lo que había sentido en toda mi vida a un tiempo, sentía aquella tristeza que me invadió cuando vi marcharse a mi padre a los cinco años de edad, sentí aquella alegría del primer amor en la secundaria, sentí la ira contra aquel abusón en la niñez, sentí la impotencia de quien quiere cambiar al mundo y resolver las injusticias, la excitación al sentir la piel de una mujer desnuda con mis propias manos, sentí y sentí mil cosas más, sentí y percibí los aromas que han invadido mi ambiente durante mi vida, el chocolate, la canela, el cigarrillo, la tierra mojada, que con los sonidos que palpitaban todos juntos en mis oídos, formaban un cúmulo casi insoportables de sensaciones, a pesar de lo que pudiera pensarse, cada sonido era perfectamente distinguido por separado a pesar de ser percibidos al mismo tiempo, tales podían ser tan agradables como el canto de una madre, el sonido de campanitas en un cobertizo, la melodía de pájaros madrugadores o una melodía en un lejano piano, o bien algo más desagradables como el sonido de un grito aterrador, la sirena de ambulancias, gotas cayendo sobre el aluminio, o el estallido de un arma de fuego. Sabores múltiples en la lengua, el sabor de mi propia sangre, del dulce chocolate, de tus pezones jugueteando en mi lengua, de tus labios, de algún limón alguna vez degustado o de un lejano vino, el sabor del polvo al caer al suelo o el sabor desagradable de las pastillas. Pero nada superaría a la vista, es este el sentido que más necesitamos y del que más nos jactamos los seres humanos, es el sentido que regularmente nos hace cometer más errores y menos aciertos y es el sentido en el que, paradójicamente, más confiamos. Lo que vi en ese momento era todo, y por todo me refiero a cada una de las imágenes que pasaron ante mis ojos a lo largo de mis años. No intentaré describirlas, como he hecho con los otros sentidos, pues no doy crédito a lo que me he visto obligado contemplar, y prefiero no repetirlo en mis palabras. Todo, todo ello y más contenía en su interior aquella sustancia, objeto, lugar o lo que sea que fuere o de lo que se tratare el centro torrencial de las arenas, como se le había nombrado de este lado de la realidad. En ese momento era capaz de entender cada uno de los secretos de la vida, o al menos de la mía, se trataba de una especie de espejo en el que te contemplabas tal cual, y eras capaz de sentir la historia, y de augurar tu destino de entre tantos posibles que pudiesen surgir de repente. Me gustaría quedarme un poco más ahí, un poco menos de ese lado en el que me aguardas, tal vez más a mí que a la respuesta que te he prometido, pero ahora ya no depende de mí, es una pregunta que debe ser contestada aún contra mi voluntad, o la tuya, o la de Dios. De no ser así, el universo, la existencia en su más pura esencia perdería su sentido, su razón de ser, y ya sin propósito no habría más por qué existir. Y de pronto la respuesta, ansiada aparece en forma de esfera de brillante luz en el centro del infinito remolino galáctico y multicolor. La trato de tomar con mis dedos, pero esos se evaporan nada más tener contacto directo con la respuesta que brilla con la potencia de mil estrellas, o de dos mil novecientas cuarenta y una, en cualquier forma era mucha luz, al menos en apariencia. Al darme cuenta de que ya no tenía manos con que sostener esa esfera que contenía o era en si la respuesta que deseaba me abalancé sobre ella con todo mi cuerpo, perdiéndolo en el acto. Y me desvanecí en el interior incierto de la luminosa esfera.
Las máquinas que estaban conectadas a mi, pronto detectaron una alteración, se hizo la alarma, y se formó una carrera contra el invencible tiempo y un supuesto ataque del que mi corporación carnal era presa, lo sentía todo, cada uno de los aparatos tocándome, los hombres de blanco manoseándome y agujas que contenían sustancias que supuestamente ayudarían a controlar, mas no a resolver, la situación. Intentaba simplemente hablar, pero debido a un terrible entumecimiento de mis cuerdas vocales tan solo era capaz de jadear, de lubricar el espeso, tenso y desesperado ambiente con súplicas escuchadas casi en susurros dolientes y entre todo el ajetreo eran, por tanto, prácticamente inaudibles y pasados por alto. La situación empeoraba, cada vez más, a cada momento, las decisiones eran cada vez más apresuradas y equivocadas, pero el efecto de alguna droga antes administrada comenzó su manifiesto, casi al instante en que pude al fin responder, pero mis palabras fueron entorpecidas por esos mismos químicos y tan solo se escuchó un alarido desasosegador. Se determinó que había salido de aquel coma en el que yo mismo me había sumergido con el fin de encontrarme en la tierra del ensueño y encontrar en ella el centro de todo , el torrente de las arenas, la fuente de todo lo que puede existir en nuestra mente y por tanto en la realidad. Pues no existe realidad más cierta que aquella en la que estuve andando y peregrinando, y esto que llamamos realidad es solo el sueño de un lejano sueño del que podemos despertarnos en cualquier instante, somos ignorantes ante tanta verdad, tan abundante, tan escondida, y somos tan conformistas al creer que al perdernos en el sueño vivimos tan solo ilusiones sin darnos cuenta de que en realidad es nuestra vida, ilimitada lo que experimentemos y de este lado solo hay falsedad, lo etéreo nunca fue tan real. Días después pude al fin comunicarme verbalmente con tigo, y pude darte la respuesta. “Soñar es existir, que es más importante que vivir, al soñar somos nosotros tal como debemos ser, y no el producto de la imagen que nos da la carne”. Te he respondido, te he brindado el fruto de todos mis pasos invisibles del otro lado de la frontera onírica. No se por que sucedió lo que sucedió después, pero ya no es tan importante, el propósito ha sido cumplido, y lo que venga ahora es solo la inevitabilidad del devenir tan siniestro como suele serlo. Luego de un nuevo ataque he quedado conciente, pero completamente paralizado, con la capacidad para mover solo un par de mis dedos, se que pronto dejaras de venir, se que te olvidaras de todos aquellos placeres carnales que alguna vez te he brindado y que me tendrás como un mudo confidente o como un recuerdo que desearas olvidar, pero es algo que me preocupa tanto como el clima de neptuno para un pigmeo australiano. Pues ya sin propósito en este plano soy libre, un agente libre por fin, de las ataduras de la realidad diaria en este lado de la barrera onírica. Esta limitación física es solo apariencia de impotencia, del otro lado soy libre y feliz, soy el amo absoluto. Capaz de viajar entre los mares de las pesadillas y resultar victorioso, capaz de sumergirme en las orgías más extrañas y pútridas y resultar divertido y libre de mancha alguna, soy dueño de aquéllas ciénagas que alguna vez me apresaron y dialogo con los demonios de sangre hirviente con los que antaño he tenido algún encuentro. Visito cuando me plazca el palacio execrable de fachada adorable y pulcra que alguna vez contemplara. No debes compadecerte de mí, que ahora soy libre, y te visitaré siempre en tus sueños, porque ahora pertenezco a ellos como el mismo Morfeo alguna vez lo hizo. ¿Recuerdas la rígida sonrisa que ostentaba en mi coma autoinducido? Pues ahora también la tengo, pero esta vez es solo verdad.
martes, 28 de agosto de 2007
La Respuesta
La respuesta
En una ocasión me preguntaste si soñar era tan importante para vivir. Te pido perdón por no haberte contestado desde antes, te pido perdón por ser un iluso, por desaparecer tanto tiempo sin explicación. Ha sido con un buen motivo. Sin embargo hoy he de responderte. Difícil, pero no lo suficiente como para no sobrevivir, ha sido encontrar respuestas a las preguntas que nacen en el mundo del sueño, es regularmente más difícil salir que entrar. Cuando ahondé en el foso de nubes negras y púrpuras sentí que la respiración ya no tenía importancia ni sustento. No importaba sentir, no importaba el aire a mí alrededor, pues ya no existía tal. El hilo se introducía a mi boca poco a poco y sabía a metal, a plata, amarga y suave también. Al entrar todo en mi boca y atravesar hasta mi garganta una reacción oniro-química encendió un fuego en lo que suponía era mi corazón, pero, como mi respiración, los latidos ya no importaban, podían no existir y sin embargo seguir aquí. La oscuridad se extraviaba en las chispas luminosas y un entorno se hizo presente. Logré sacar la cabeza del mar, estaba ahogándome, no era agua en lo que nadaba, eran los sudores de la pesadilla, el miedo en su más pura forma. Y yo pataleaba para liberarme de los que me arrastraban al fondo, eran descarnados, con nariz de simio. Sentía la extinción en mi espalda, pero un poderoso remolino hizo retroceder el miedo y pronto quedé libre, alzado por la fuerza de eso que me arrastraba, girando a una velocidad tremenda casi irresistible que holgaba mis facciones por la presión ejercida.
No sabía en donde estaba, en que oscuro sitio me encontraba, pero entonces abrí los ojos y al cerrarlos veía lo mismo, los parpados no me impedían ver la realidad, no podía evitar ser testigo, no podía evitar ser un instrumento de vigilancia y contemplación.
Ahora yo solo existía en el sueño y la realidad como una unidad, como un solo universo de sustancia sinuosa y sensible. ¿Qué podría importar el mundo de antes, aquel que entre lumbre perversa, guerras inmisericordes, sensaciones imperdonables y culturas de superficialidad antes que entrañas reales, que solo te ofrecía esperanzas falsas?
¿En que me he convertido? Es una pregunta falsa. Siempre he sido, siempre he existido, es solo que no lo había descubierto. Es como caminar con un pié en el mar y otro en el completo vacío. Soy infeliz aunque eso no sea noticia nueva, soy etéreo, y existo tanto en el sueño como en la realidad.
Tubos donde se transporta vida están encarnados en mi alma física, aquella que está manchada de sangre en su interior, aquella que siente. Mientras en otro lado, uno muy lejano atravesamos las más impresionantes tierras y montañas, los valles más exuberantes, los más dorados ríos que desembocan en mares de vapores plateados. Todos nosotros, los prisioneros del sueño, errantes, vagabundos, caminantes y deambulantes de reinos aún no inventados y poco recordados por los que alguna vez los nombraron, o creyeron hacerlo. Éramos esclavos con cadenas de éter, con vendas hechas de párpados cercenados del Argos, tan solo para evitar que veamos lo desagradable, más allá de la belleza de todos los imperios oníricos que visitábamos y por donde vagábamos.
El aire que entraba a mis pulmones de carne no era mío, no me pertenecía, y yo quería escupirlo de mi cuerpo, vomitarlo junto con mi sonrisa perpetua y rígida que no me dejaba expresar más que lo que sentí una sola vez en todo un infinito. Escuché tus llantos y sentía tus dedos, pero no podía hacer nada al respecto, no quería hacer nada aún, me lo impedían tus lágrimas y mi sudor.
Mientras arrancaba las flores que crecen sobre las rocas entre musgo y hongos de algún valle sin nombre, cerca de un lacustre reino, donde crecían bambúes y papiros sumergidos en los lagos, sentía que rasgaban mi piel, como si estuviera siendo pinchado por alguna invisible espina. No vi sangre, como ya era costumbre en ese conglomerado de reinos y ducados de ensueño, todo era gaseoso, incluso mi sangre, en mis venas corría éter, y en mi mente no había nada. No importaba, no interesaba. Estaba ahí solo por una pregunta y estaba condenado a contestarla. Mientras notaba eso, la flor perdió sus pétalos uno a uno, sacándose primero y luego cayendo al suelo, cerca de mis pies, el último pétalo dejó correr una gota de sangre desde los pistilos. No entendía aún el porqué, pero tenía la enfermiza seguridad de que era sangre de mis venas.
Las gotas del suero se disolvían entre mi organismo al atravesar mi piel metido en ese minúsculo conducto metálico. La mujer de blanco iba y venía con pasos apresurados, como temiendo a la lentitud, como darse tiempo para estar solo un momento quieta y darse cuenta de que su vida era depresiva y sin sentido. Pero tu mirada enrojecida e hinchada me mantenía de algún modo misterioso junto a ti, aún cuando no importara si mis párpados servían o no.
Después de mucho andar, no dándome cuenta si utilizaba los pies para ello, o si tenía pies si quiera, descubrí un sendero empolvado y gobernado por musgo y tiempo desperdiciado. Luego de acabar el sendero distinguí en el sinuoso horizonte lo que parecía ser un formidable bastión, de un blanco pulcro y sin ninguna mancha. Representaba todo lo que yo nunca podría ser. No intenté acercarme, no quise, sentía miedo. Rodee la construcción pero al otro lado de esta no había nada, el sol huía de ese sitio, no había luz y la construcción era negra y ruinosa, lo que había contemplado era solo una fachada falsificada de lo que podría ser en verdad la verdad.
Siempre se me habían hecho tristes los hospitales, siempre se me habían hecho fríos y deshumanizados en sus fachadas, es increíble que la vida de muchos dependa de hombres con máscaras de rigidez perpetuas en un edificio tan gris y frío, inmisericorde como solo la muerte puede serlo. Ironías de esto que llamamos civilización.
Los pilares de un templo púrpura se encontraban tirados en el suelo, ahí donde antaño descollaban a las alturas, y desafiaban a la gloria rascando el ombligo del cielo. Podía ver el pasado de ese templo desde la perspectiva de un cristal azul, y también el destino de ese mármol violáceo con solo poner mis ojos detrás de un cristal rojo. Pero había también un cristal verde, al acercarme y observar a través de él noté que había un bacanal de proporciones olímpicas donde danzaban sátiros, lobos, hombres con laureles en el pene, y mujeres con tres pares de tetas, la orgía rebozaba de pecado, de licor y vino, de lenguas húmedas, de garras con sangre ajena y propia, de ratas paradas en cruces con la cola enredada en el cuerpo del barbudo crucificado, de todo lo que podría ser asqueroso y excitante nombrar. Solo me alejé. No por que no quisiera verlo, sino por que intenté no acercarme a aquellas sensaciones a las que había renunciado antes. Ahora no tenía sexo, ni sentía deseos de ello, no podía sentir el sabor del vino en mi boca, era incapaz de escuchar música alguna, pues mis oídos solo percibían el vibrar que se produce con el maravilloso resonar de las cuerdas de un onírico Orfeo. Pero no me desanimé ni un instante, porque no tenía razón para ello. Solo continué y dejé los cristales donde los había encontrado. Tal vez era lo mejor después de todo, dejar atrás lo que no podemos comprender, o lo que hemos perdido, por dedición o por estupidez, que suele ser lo mismo.
Es como si mis pulmones no fueran míos, es como si mi piel fuera ajena, prestada. Siento que estoy hueco, tal vez acorralado entre sábanas blancas, ásperas, casi tormentosas. Y mientras tanto, un líquido entra en mi torrente sanguíneo contra mi voluntad. Hoy no encontré tu mirada, hoy necesitaba verla, hoy si importaba.
En una ocasión me preguntaste si soñar era tan importante para vivir. Te pido perdón por no haberte contestado desde antes, te pido perdón por ser un iluso, por desaparecer tanto tiempo sin explicación. Ha sido con un buen motivo. Sin embargo hoy he de responderte. Difícil, pero no lo suficiente como para no sobrevivir, ha sido encontrar respuestas a las preguntas que nacen en el mundo del sueño, es regularmente más difícil salir que entrar. Cuando ahondé en el foso de nubes negras y púrpuras sentí que la respiración ya no tenía importancia ni sustento. No importaba sentir, no importaba el aire a mí alrededor, pues ya no existía tal. El hilo se introducía a mi boca poco a poco y sabía a metal, a plata, amarga y suave también. Al entrar todo en mi boca y atravesar hasta mi garganta una reacción oniro-química encendió un fuego en lo que suponía era mi corazón, pero, como mi respiración, los latidos ya no importaban, podían no existir y sin embargo seguir aquí. La oscuridad se extraviaba en las chispas luminosas y un entorno se hizo presente. Logré sacar la cabeza del mar, estaba ahogándome, no era agua en lo que nadaba, eran los sudores de la pesadilla, el miedo en su más pura forma. Y yo pataleaba para liberarme de los que me arrastraban al fondo, eran descarnados, con nariz de simio. Sentía la extinción en mi espalda, pero un poderoso remolino hizo retroceder el miedo y pronto quedé libre, alzado por la fuerza de eso que me arrastraba, girando a una velocidad tremenda casi irresistible que holgaba mis facciones por la presión ejercida.
No sabía en donde estaba, en que oscuro sitio me encontraba, pero entonces abrí los ojos y al cerrarlos veía lo mismo, los parpados no me impedían ver la realidad, no podía evitar ser testigo, no podía evitar ser un instrumento de vigilancia y contemplación.
Ahora yo solo existía en el sueño y la realidad como una unidad, como un solo universo de sustancia sinuosa y sensible. ¿Qué podría importar el mundo de antes, aquel que entre lumbre perversa, guerras inmisericordes, sensaciones imperdonables y culturas de superficialidad antes que entrañas reales, que solo te ofrecía esperanzas falsas?
¿En que me he convertido? Es una pregunta falsa. Siempre he sido, siempre he existido, es solo que no lo había descubierto. Es como caminar con un pié en el mar y otro en el completo vacío. Soy infeliz aunque eso no sea noticia nueva, soy etéreo, y existo tanto en el sueño como en la realidad.
Tubos donde se transporta vida están encarnados en mi alma física, aquella que está manchada de sangre en su interior, aquella que siente. Mientras en otro lado, uno muy lejano atravesamos las más impresionantes tierras y montañas, los valles más exuberantes, los más dorados ríos que desembocan en mares de vapores plateados. Todos nosotros, los prisioneros del sueño, errantes, vagabundos, caminantes y deambulantes de reinos aún no inventados y poco recordados por los que alguna vez los nombraron, o creyeron hacerlo. Éramos esclavos con cadenas de éter, con vendas hechas de párpados cercenados del Argos, tan solo para evitar que veamos lo desagradable, más allá de la belleza de todos los imperios oníricos que visitábamos y por donde vagábamos.
El aire que entraba a mis pulmones de carne no era mío, no me pertenecía, y yo quería escupirlo de mi cuerpo, vomitarlo junto con mi sonrisa perpetua y rígida que no me dejaba expresar más que lo que sentí una sola vez en todo un infinito. Escuché tus llantos y sentía tus dedos, pero no podía hacer nada al respecto, no quería hacer nada aún, me lo impedían tus lágrimas y mi sudor.
Mientras arrancaba las flores que crecen sobre las rocas entre musgo y hongos de algún valle sin nombre, cerca de un lacustre reino, donde crecían bambúes y papiros sumergidos en los lagos, sentía que rasgaban mi piel, como si estuviera siendo pinchado por alguna invisible espina. No vi sangre, como ya era costumbre en ese conglomerado de reinos y ducados de ensueño, todo era gaseoso, incluso mi sangre, en mis venas corría éter, y en mi mente no había nada. No importaba, no interesaba. Estaba ahí solo por una pregunta y estaba condenado a contestarla. Mientras notaba eso, la flor perdió sus pétalos uno a uno, sacándose primero y luego cayendo al suelo, cerca de mis pies, el último pétalo dejó correr una gota de sangre desde los pistilos. No entendía aún el porqué, pero tenía la enfermiza seguridad de que era sangre de mis venas.
Las gotas del suero se disolvían entre mi organismo al atravesar mi piel metido en ese minúsculo conducto metálico. La mujer de blanco iba y venía con pasos apresurados, como temiendo a la lentitud, como darse tiempo para estar solo un momento quieta y darse cuenta de que su vida era depresiva y sin sentido. Pero tu mirada enrojecida e hinchada me mantenía de algún modo misterioso junto a ti, aún cuando no importara si mis párpados servían o no.
Después de mucho andar, no dándome cuenta si utilizaba los pies para ello, o si tenía pies si quiera, descubrí un sendero empolvado y gobernado por musgo y tiempo desperdiciado. Luego de acabar el sendero distinguí en el sinuoso horizonte lo que parecía ser un formidable bastión, de un blanco pulcro y sin ninguna mancha. Representaba todo lo que yo nunca podría ser. No intenté acercarme, no quise, sentía miedo. Rodee la construcción pero al otro lado de esta no había nada, el sol huía de ese sitio, no había luz y la construcción era negra y ruinosa, lo que había contemplado era solo una fachada falsificada de lo que podría ser en verdad la verdad.
Siempre se me habían hecho tristes los hospitales, siempre se me habían hecho fríos y deshumanizados en sus fachadas, es increíble que la vida de muchos dependa de hombres con máscaras de rigidez perpetuas en un edificio tan gris y frío, inmisericorde como solo la muerte puede serlo. Ironías de esto que llamamos civilización.
Los pilares de un templo púrpura se encontraban tirados en el suelo, ahí donde antaño descollaban a las alturas, y desafiaban a la gloria rascando el ombligo del cielo. Podía ver el pasado de ese templo desde la perspectiva de un cristal azul, y también el destino de ese mármol violáceo con solo poner mis ojos detrás de un cristal rojo. Pero había también un cristal verde, al acercarme y observar a través de él noté que había un bacanal de proporciones olímpicas donde danzaban sátiros, lobos, hombres con laureles en el pene, y mujeres con tres pares de tetas, la orgía rebozaba de pecado, de licor y vino, de lenguas húmedas, de garras con sangre ajena y propia, de ratas paradas en cruces con la cola enredada en el cuerpo del barbudo crucificado, de todo lo que podría ser asqueroso y excitante nombrar. Solo me alejé. No por que no quisiera verlo, sino por que intenté no acercarme a aquellas sensaciones a las que había renunciado antes. Ahora no tenía sexo, ni sentía deseos de ello, no podía sentir el sabor del vino en mi boca, era incapaz de escuchar música alguna, pues mis oídos solo percibían el vibrar que se produce con el maravilloso resonar de las cuerdas de un onírico Orfeo. Pero no me desanimé ni un instante, porque no tenía razón para ello. Solo continué y dejé los cristales donde los había encontrado. Tal vez era lo mejor después de todo, dejar atrás lo que no podemos comprender, o lo que hemos perdido, por dedición o por estupidez, que suele ser lo mismo.
Es como si mis pulmones no fueran míos, es como si mi piel fuera ajena, prestada. Siento que estoy hueco, tal vez acorralado entre sábanas blancas, ásperas, casi tormentosas. Y mientras tanto, un líquido entra en mi torrente sanguíneo contra mi voluntad. Hoy no encontré tu mirada, hoy necesitaba verla, hoy si importaba.
jueves, 5 de julio de 2007
domingo, 24 de junio de 2007
Relatos de la Esencia... De Horrores en Carne.

¡Horror! Lo que vi no se compara a pesadilla alguna, lo que presencié es solo un síntoma de alucinaciones infraterrenas, pero, no podría una ilusión hacer lo que “eso” le hizo al pobre hombre que me acompañaba.
¡Terror! Algo insoportable de concebir, y que sigue perturbándome cada vez que cierro los ojos y la escena aparece en mis miradas tras los párpados cerrados, tras lo que tengo de juicio detrás de mis ojos.
El recuerdo de aquella mortecina noche me acecha con maldad enfermiza. Deseo tan solo acabar con aquellas imágenes que tanto me atormentan, que solo horadan en mi cordura y pronto provocarán un aluvión de discordia que terminará por desquiciarme por completo. Y estas son las imágenes que veo, esto que narraré a continuación.
La luna se ha ocultado en un telón de nubes en el cielo emponzoñado de la ciudad. La polución ha creado una persistente niebla en esta metrópoli. Mi buen amigo, Lauro, me acompaña después de una reunión sin mayor importancia. Solo bromeamos de sinsentidos y vagancias. Todo era tan insignificante, desde el significado de la vida hasta lo que podría haber pasado alguna lata vacía en su travesía hasta el suelo. Escuchamos extraños rumores de algún animal gruñendo en las calles aledañas. Luego fueron más y en mayor volumen. No nos preocupamos, “perros callejeros” pensamos.
El paso por un puente bajo fue el escenario de la pesadilla. Nos acercamos en ávida charla y al final de esa calle vimos a alguien parado en la sombra de ese puente, parecía haber salido de entre la bruma espesa de sucio aire industrial. Caminaba con extraña lentitud hacia nosotros. No nos importó su identidad, podría ser un transeúnte cualquiera. Eso es lo que pudimos haber seguido pensando de no ser por lo que siguió. Cuando estuvimos a una distancia considerable observamos con horror como la cabeza del hombre caía al asfalto y su cuerpo seguía de pié. La testa de la criatura, pues no era un hombre, lo podría jurar, se levantó y tomó la forma de una extraña criatura con garras y dientes que gruñía. A la cabeza siguieron los brazos y el tronco, las piernas y el resto de sus pies pronto parecía una furiosa jauría de bichejos feroces y hambrientos de los cuales no deseaba estar cerca así que sin miramientos emprendí una desesperada huída que mi amigo Lauro imitó. Pero pareció no correr lo suficientemente rápido, pues pronto fue alcanzado por una extremidad monstruosa, creo que era la otrora mano derecha, y fue derribado. Quise acercarme para ayudarle, pero pronto se abalanzaron contra él el resto ce criaturillas y no quise ser el próximo. Un egoísta sentido común me ordenó continuar corriendo no obstante las desesperadas súplicas de auxilio de Lauro que agonizaba al ser mordisqueado vivo por esas entidades ultraterrenas y asquerosas, estos aullidos de mi amigo terminaron pronto, pues ya no tenía garganta con la cual exclamar ni suplicar.
Me culpan ahora de ese homicidio aún cuando las pruebas remiten al ataque de animales hambrientos. Me dicen que pudo ser una alucinación de mi parte, pero las alucinaciones ¡NO MATAN!
Soy una víctima, soy inocente, soy un testigo de los secretos demonios que se esconden y asechan en la noche. Lauro ha muerto y la ineptitud de las fuerzas que supuestamente nos protegen no han logrado descifrar su homicidio. Si me escucharan se darían cuenta. Pero se niegan por considerar mi declaración como evidencia de locura.
¡MUERAN ENTONCES, PIERDANSE EN SU EXCREMENTO! No los detendré, pero tengo razón y eso no podrán cambiarlo.
¡Terror! Algo insoportable de concebir, y que sigue perturbándome cada vez que cierro los ojos y la escena aparece en mis miradas tras los párpados cerrados, tras lo que tengo de juicio detrás de mis ojos.
El recuerdo de aquella mortecina noche me acecha con maldad enfermiza. Deseo tan solo acabar con aquellas imágenes que tanto me atormentan, que solo horadan en mi cordura y pronto provocarán un aluvión de discordia que terminará por desquiciarme por completo. Y estas son las imágenes que veo, esto que narraré a continuación.
La luna se ha ocultado en un telón de nubes en el cielo emponzoñado de la ciudad. La polución ha creado una persistente niebla en esta metrópoli. Mi buen amigo, Lauro, me acompaña después de una reunión sin mayor importancia. Solo bromeamos de sinsentidos y vagancias. Todo era tan insignificante, desde el significado de la vida hasta lo que podría haber pasado alguna lata vacía en su travesía hasta el suelo. Escuchamos extraños rumores de algún animal gruñendo en las calles aledañas. Luego fueron más y en mayor volumen. No nos preocupamos, “perros callejeros” pensamos.
El paso por un puente bajo fue el escenario de la pesadilla. Nos acercamos en ávida charla y al final de esa calle vimos a alguien parado en la sombra de ese puente, parecía haber salido de entre la bruma espesa de sucio aire industrial. Caminaba con extraña lentitud hacia nosotros. No nos importó su identidad, podría ser un transeúnte cualquiera. Eso es lo que pudimos haber seguido pensando de no ser por lo que siguió. Cuando estuvimos a una distancia considerable observamos con horror como la cabeza del hombre caía al asfalto y su cuerpo seguía de pié. La testa de la criatura, pues no era un hombre, lo podría jurar, se levantó y tomó la forma de una extraña criatura con garras y dientes que gruñía. A la cabeza siguieron los brazos y el tronco, las piernas y el resto de sus pies pronto parecía una furiosa jauría de bichejos feroces y hambrientos de los cuales no deseaba estar cerca así que sin miramientos emprendí una desesperada huída que mi amigo Lauro imitó. Pero pareció no correr lo suficientemente rápido, pues pronto fue alcanzado por una extremidad monstruosa, creo que era la otrora mano derecha, y fue derribado. Quise acercarme para ayudarle, pero pronto se abalanzaron contra él el resto ce criaturillas y no quise ser el próximo. Un egoísta sentido común me ordenó continuar corriendo no obstante las desesperadas súplicas de auxilio de Lauro que agonizaba al ser mordisqueado vivo por esas entidades ultraterrenas y asquerosas, estos aullidos de mi amigo terminaron pronto, pues ya no tenía garganta con la cual exclamar ni suplicar.
Me culpan ahora de ese homicidio aún cuando las pruebas remiten al ataque de animales hambrientos. Me dicen que pudo ser una alucinación de mi parte, pero las alucinaciones ¡NO MATAN!
Soy una víctima, soy inocente, soy un testigo de los secretos demonios que se esconden y asechan en la noche. Lauro ha muerto y la ineptitud de las fuerzas que supuestamente nos protegen no han logrado descifrar su homicidio. Si me escucharan se darían cuenta. Pero se niegan por considerar mi declaración como evidencia de locura.
¡MUERAN ENTONCES, PIERDANSE EN SU EXCREMENTO! No los detendré, pero tengo razón y eso no podrán cambiarlo.
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La Esencia
La Esencia está viva, cada día respira de nuestro aire y se mueve por nuestro espacio. Somos miserablemente pequeños ante ella. Es nuestra creadora. Pero sus manifestaciones son desconcertantes y casi nunca agradables. Sus manifestaciones son seres. Algunos andan entre nosotros y otros se ocultan en las sombras del mito, mientras que a otros más les es indiferente nuestra existencia y nos pasan de largo. Ellos son los seres de la Esencia.
Soy alguien que ha vivido cerca de todo ello, y que ha tenido la suficiente suerte de sobrevivir o, cuando menos, permanecer cuerdo.
Cada caso del que yo tenga conocimiento en el que se sospeche de una manifestación tal ha de quedar plasmado en este lugar. Aún a costa de mi volundad.
Soy alguien que ha vivido cerca de todo ello, y que ha tenido la suficiente suerte de sobrevivir o, cuando menos, permanecer cuerdo.
Cada caso del que yo tenga conocimiento en el que se sospeche de una manifestación tal ha de quedar plasmado en este lugar. Aún a costa de mi volundad.



