martes, 25 de mayo de 2010

Un hogar para la sabandija


Llueve, como no había llovido en muchos años, es, también, una lluvia distinta a la de los otros años, las gotas se aplastan contra el suelo en un eufórico acto suicida. La acera resiente el frío del agua precipitada sobre ella. Mientras esta corre en dirección al centro de la tierra, atraídas por el abismo gravitatorio, cada vez más abajo, en una corriente impetuosa, el atajo más corto hacia aquellas profundidades terráqueas son las alcantarillas por donde el agua pasa con la velocidad de la ira. Arrastra lo que se le atravesase en el camino, ratas, basura, heces y demás de esos trozos de lo que algunos llaman “el mundo civilizado”.
Ahí entre esa corriente se mueve, se arrastra con júbilo, salta al contemplar el prodigio de la furia del agua. Repta por las paredes de la alcantarilla con felicidad en su deforme corazón. En la corriente navega a la deriva una muñeca sucia y rota que despierta su curiosidad al verla, estira sus largos dedos grises y rescata el juguete de la corriente desalmada. Confuso al principio la manosea entre sus espigados dedos descubriéndole algunas similitudes consigo mismo. Tiene dos ojos, como él, pero no los mismos ojos, los dos también tienen una boca, aunque no es la misma boca, al tocarse la cara descubre una nariz, como también la muñeca tiene una, pero no son de la misma clase, y sucede parecido con esas plásticas extremidades. No sabe explicarse eso, le parece una caricaturesca desviación de su propia fisionomía, mucho más menuda de lo que debe ser. Se desplaza de pared en pared, se dirige a aquel agujero que siente su hogar, a ese reducto poblado por los trozos de basura que ha ido salvando del olvido y que poco a poco se han vuelto parte de él, trozos de su identidad. El eco de las corrientes subterráneas le acompaña allá donde quiera que sus saltos le lleven. Redescubre cada pequeña sombra, cada rincón lleva el estigma de un nuevo lustre otorgado por el agua que ha lavado el concreto y el oxidado metal. Las goteras se han triplicado desde hace unas horas. No sospecha lo que ha de hallar. Aún lleva el plástico monigote entre sus garras inferiores, se mueve, aunque es difícil explicar cómo. Sus extremidades se tuercen en ángulos imposibles y se arquea cuál elástica sustancia. Su mirada escruta la oscuridad en busca de una señal, una dirección. Los chasquidos de sus articulaciones interrumpen el imperante eco de las negras corrientes en el laberinto cloacal. Poco a poco comienza a reconocer su camino, es la ruta al hogar, a aquel seco y acogedor agujero que puede reconocer como su hogar, su propio santuario.
Llueve, como no había llovido en muchos años. El agua se cuela por cada hendidura minúscula, su hogar no existe más, el torrente se ha llevado esos objetos tan suyos, aquellas curiosidades que rescató del olvido durante tantos años, sus negros ojos no pueden explicar lo que contemplan, su vida ya no está ahí, ese no es más un hogar. Lleva su extremidad inferior al alcance de su mirada y contempla perplejo a esa muñeca, tal vez en busca de respuestas que no puede hallar por sí mismo, pero el juguete no lo ve, es una mirada opaca que nada dice, y en sus labios esa sonrisa perpetua y desconcertante. La aprieta entre sus grises dedos, la agita y le señala eso que alguna vez fue su santuario, el agujero de sus letargos. La muñeca se mantiene impasible. Deambula indeciso y perdido (en más formas de las humanamente comprensibles), colgado de los muros, retorciendo sus extraños órganos, ¿qué hacer ahora, cuando no existe más su hogar, cuando todo lo que era se ha ido?
La noche cae y el agua ruge cada vez con mayor fuerza. Cada vez cuesta más y más sostenerse, el muro va perdiendo fricción. Cae un par de veces sin consecuencias graves. En un siguiente salto espontáneo es repelido por las paredes resbalosas y arrojado contra el húmedo suelo, cuando consigue incorporarse descubre que la muñeca le ha sido arrebatada por una corriente furiosa. No puede alcanzarla, el agua corre rápido. Siente una opresión en su pecho, algo le duele, revisa su cuerpo pero no hay nada parecido a una herida. El dolor es distinto, es sordo, no recuerda nada como esto. Sufre la pérdida de un hogar y de esos artefactos que despertaron antes su curiosidad y había ido coleccionando con el tiempo que jamás se preocupó por contar. ¿Eran él mismo esas cosas que perdió? ¿Y si así es, qué es ahora?
No se resigna, persigue ese último trozo de lo que fuese su identidad, se arriesga demasiado, no sabe si valdrá la pena, no piensa en términos de victoria o fracaso, él solo busca lo que siente suyo. En la superficie la potente luz de un relámpago enciende el cielo por un breve instante, este destello es seguido por un retumbante rumor que penetra las urbanas cavernas con sus ecos hirientes. El rugido del cielo atraviesa las alcantarillas y distraen la atención del persecutor de la muñeca. En una breve fracción de segundo, pierde la concentración y cae al agua, la impetuosa corriente le arrastra indolente de su sufrimiento por entre los oscuros laberintos. Grita, o intenta gritar, pero solo un quejido gutural de poca potencia sale de su inhumana boca. Fue un grito que ya no siente suyo. En una cerrada esquina se golpea la cabeza contra el concreto y su cuerpo inerte es arrastrado sin resistencia por las aguas vehementes. Es una larguirucha muñeca que flota a la deriva entre los albañales.
Las horas precedentes al alba descubren los estragos de la lluvia, las costas de las afueras de la ciudad son marismas contaminadas, hay troncos y basura de las partes altas de la urbanización que yacen flotando en una ciénaga junto al mar. Entre las manchas de grises nubes residuales de la noche anterior puede distinguirse la profundidad de los cerúleos cielos, como abismos en los que la mirada cae y se pierde en las alturas. Por entre las hendiduras de los nubarrones orientales asoma una luz que reclama su suprema posición en los celestiales eriales. La luz poco a poco repta por el mundo, ilumina los rincones mas escondidos y a medida que las nubes se despejan, más territorios se suman a sus territorios conquistados. Así es como, junto a una gran roca frente a la costa un rayo solar descubre una figura extraña y grisácea. El calor le despierta en gemidos inexplicables, su llanto es de dolor. Ha sido siempre una criatura lucífuga, así que busca una sombra por todos lados, dando saltos y contorsionando sus extremidades en evasión de la luz. Sus antinaturales acrobacias lo conducen pronto a una grieta en las rocas. Se acomoda entre la humedad imperante e intenta ponerse cómodo. No sabe cuánto puede tardar esa luminosidad en extinguirse. Odia la luz como pocos pueden imaginarse, como ni siquiera él es capaz de entender.
Las horas transcurren más lentas de lo que él sabe estar quieto. El hambre merma su razón (lo que daría por una deliciosa rata de las que habitan las alcantarillas), no se da cuenta de que la saliva cae por una comisura de sus labios, aunque tampoco es que le importe mucho, ni siquiera se preocupa por limpiarse la boca. Una gaviota se posa cerca. No será una rata, pero parece comestible, la acecha desde la grieta en el acantilado. Da un salto impetuoso, pero el ave escapa y el sol lacera su piel grisácea. Regresa todo lo rápido que es capaz a su grieta. No sabía que podía alejarse volando, jamás había visto algo como eso, después de todo, las ratas no tienen alas.
Entre las rocas, se escurre un incauto cangrejo, eleva sus tenazas en advertencia, su chueco andar le vuelve una curiosidad decápoda. Filtra su ser entre las rocas mientras explora esa que es su playa, ahora metamorfoseada por la lluvia torrencial. Es una máquina, un artificio de la naturaleza, un acorazado anfibio con letales armas de corte. Se coloca en lo alto de una roca donde el sol da de lleno, se distingue desde ahí toda la extensión de la playa de la que se siente soberano, un zurdo soberano. Mueve sus tenazas en megalómana presunción. Y sin darse cuenta, de pronto, una garra gris proveniente de la oscura grieta a sus espaldas (por así decirlo) le despoja de su poderío con una velocidad imposible y le arrastra a los abismos bucales. Lucha con todo lo que puede contra aquellos ágiles dedos y esos aguzados dientes astillados. Pero sus tenazas no son rival para el hambre de su oponente. El cascarón termina abierto a mordiscos decididos y separado por los afilados falanges del gris ser, se descubre una carnosidad blanquecina. No es suficiente para cubrir el hueco en su estómago, pero servirá mientras tanto. El sabor le parece extraño, pero no desagradable. Le sorprende, eso si, no ver escurrir de sus dedos el rojo de la sangre al que está habituado al comer ratas.
Al caer la tarde el sol se oculta entre las colinas costeras. Hay sombra suficiente para moverse de su grieta. Se escurre cuidadosamente por entre aquellas piedras afiladas. El mundo en el que se encuentra ahora no es aquel al que está acostumbrado, no es más su territorio, no son más aquellas laberínticas cloacas. Sabe que debe moverse con cuidado. La luz es peligrosa, no sabe qué más peligros puede hallar en su andar. Escala el acantilado con la agilidad de un demonio. Un sonido veladamente familiar lo pone en alerta. Lo escuchaba algunas veces, son esas cosas que corren por encima de las alcantarillas, esas cosas con ruedas esas cosas que rugen. Nunca las ha visto con total claridad, solo las escucha, un rumor de motor sobre su cabeza, una y otra vez, mientras él andaba por las zonas más cercanas a la superficie. Jamás le gustaron, les tenía miedo, solía soñar que aquellos rugientes seres le perseguían por entre las cloacas, que rompían las paredes con esas ruedas y le aplastaban contra los muros. Llega a la sima de la pared de roca, una vía de concreto le aguarda, se oculta asustado entre los matones. Son esas cosas rugientes con ruedas, pasan, con menor frecuencia de lo que pasaban donde él se asomaba, pero pasan por aquí, les teme tanto, se estremecen sus entrañas tan solo al verlas. No desea que le atrapen y le persigan. Avanza por entre los matorrales, se espina algunas veces, pero lo prefiere a ser descubierto por esos monstruos de ojos encendidos con terribles luces. Cree que le buscan a él.
Tan pronto puede deja el camino. Se interna cada vez más en la oscuridad del bosque. La vía por donde transitan esas bestias ya es un susurro en lontananza. Trepa en algunos árboles, son tan extraños, los toca y los olfatea con suma curiosidad. Un búho ulula en algún punto difícil de determinar, es un quejido fantasmagórico, le eriza la piel como pocas cosas lo habían hecho antes. Su corazón retumba en su pecho. Los grillos producen la característica atmósfera nocturna. Todo es nuevo para él, salta con demoniaca velocidad y coge uno de esos ortópteros cantores entre sus serpenteantes y decididos dedos. Lo estudia con su sensible tacto, lo huele y lo escruta con atención, saca de su boca aquella larga y negra lengua y usando la punta lo recorre de un extremo a otro. El sabor es particularmente desagradable. Lo deja libre. Se encuentra en un planeta distinto, cada pequeño sonido es una potencial amenaza, pero todo es tan excitante. Se mueve entre las nudosas ramas de los árboles. En la lejanía una luz le despierta particularmente su curiosidad. Torsión a torsión, rama a rama, va acercándose a aquel punto luminoso.
En la habitación hay pocas cosas que no posean ese significado mágico que los niños le otorgan a las cosas. Ha tenido una pesadilla y su madre le consuela amorosamente, sentada al borde de su cama, sonriéndole con dulzura, acariciándole el rostro, se siente protegido, en su propio santuario. La madre con aquella amorosa devoción que solo las madres pueden mostrar se despide de su hijo y deja encendida la luz para protegerlo de cualquier cosa escondida entre las sombras. El niño se aferra a su osezno de felpa, aquella casa de campo le asusta a veces. La criatura entre sus brazos es su protección, el depositante del amor materno, que lo usa para protegerlo de todo mal. Hay cosas que le asustan, cosas que un adulto ya no podría comprender, cosas que se esconden entre las sombras acechando, esperando a que baje la guardia a que olvide que lo vigilan, a que el sueño lo subyugue en un abrazo mortal, hay espectros inimaginables que se ocultan en las sombras y que solo salen cuando los adultos no están. Mamá no lo sabe tampoco, pero es la única en quien confía, la única que sin darse cuenta desaparece a los fantasmas que habitan bajo su cama, como si fueran alérgicos a su presencia. Oye la ventana abrirse de pronto.
Se sabe en una planta alta, no hay balcón ni escaleras, la ventana no puede simplemente abrirse. Al voltear lo ve, escurriéndose dentro de la habitación, es indescriptible, se mueve como una especie de reptil o insecto o ambos, o ninguno. El miedo le ha paralizado los músculos, desea gritar pero no es capaz ni de exhalar aliento alguno. Sus exorbitados ojos lo ven moverse por la habitación, husmea entre los juguetes, los levanta de su sitio, dinosaurios, cochecitos, cubos de construcción, los toca y los olfatea. No puede describir lo que ve, no sabe exactamente de lo que es testigo, de pronto el miedo va disipándose, aquel temor que le paralizara antes ahora se ha vuelto curiosidad. Casi puede distinguir una sonrisa en los retorcidos labios del ser, y hay algo en esos grandes ojos negros, algo que le recuerda a él mismo. No sabe explicárselo, le siente como un conocido, como uno de esos seres llenos de magia con los que sueña.
“¿Eres un duende?”.
Una suave voz le trepana el pensamiento, deja caer esa figurilla colorida que tenía entre sus dedos. Descubre una pequeña entidad sentada al borde de su cama, una curiosa criatura. ¿Dónde lo ha visto antes? Aquella muñeca perdida en el furioso y fétido torrente le viene a la memoria. Sus ojos son más como los de ella, sus labios se le parecen más, incluso su nariz, incluso sus dedos, bastante más cortos. En su mirada burbujea algo húmedo. De dos contorsionadas zancadas llega al pié de esa cama. Lleva sus dedos largos hacia el niño y con cuidado toca lo toca, su piel es tan distinta, tan suave y cálida, diferente del frío plástico de la muñeca. El pequeño sonríe. Lo siente tan suyo, de pronto está en un lugar tan suyo, tan hogar. El pequeño corresponde a la caricia tocándole a él su opalino rostro, el contorno de esos enormes ojos negros, sus inhumanos labios intentando sonreír, que extraña sensación.
La puerta se abre de pronto, el tiempo se coagula en la mirada de aquella mujer, un hondo suspiro que precede al grito desgarrador. Esa criatura en la puerta azota sus tímpanos con aquel terrible sonido. Su sobresalto es inaudito, no piensa demasiado, toma al niño con una extremidad inferior y otra superior y con contorciones acrobáticas de por medio escapa por la ventana. Teme volver a escuchar aquel alarido desgarrador de nuevo, tanto como teme perder de nuevo su santuario, su recién recuperada sensación de hogar. Escapa y salta de rama en rama, con saltos ágiles y aparatosos. La violencia de aquellos clamores va en aumento, pero se sabe cada vez más lejos de ellos, cada vez más a salvo. No sabe a donde se dirige, pero sabe que llegará en cualquier momento. Llega al suelo, repta hasta que siente bajo sus plantas el frío del concreto. Una carretera, reconoce la sensación. El peligro se vuelve aún más manifiesto cuando es captado de lleno por las luces de esos flamígeros ojos, se acerca a gran velocidad, lanza un chillido monstruoso al que reacciona arrojándose a la maleza. Continúa su carrera, toma vías alternas, no sabe qué camino andar, todo es tan nuevo para él, si tan solo estuviera en las cloacas.
Un puente junto a un riachuelo se descubre como un sitio seguro. Se deja caer ahí, y coloca al pequeño a un lado suyo. Recobra el aliento. Se coloca frente al pequeño. Parece dormir. Le mueve pero este no responde. Toca su rostro, delicadamente al principio, como lo hacía antes de ser abruptamente interrumpido, toma la mano del niño y la lleva hacia su rostro, pero hay algo distinto, el calor va abandonando ese cuerpo, mientras le toca nota como su cuello gira hacia atrás en un ángulo exagerado, trata de componerlo pero es inútil. Un hilo escarlata brota de sus infantiles labios. Sus ojos permanecen abiertos, son distintos, ya sin luz, perdidos en una opaca inmovilidad.
Hay una opresión en su pecho que no puede explicar, un dolor sordo que desea aplacar golpeándose la cabeza con las palmas, revisa su pecho para comprobar que no haya heridas. No las hay. Desea que sí las hubiera.
Se siente perdido (de tantas formas, la mayoría indescriptibles). Permanece la noche y la mañana enteras ahí, bajo el puente, junto a ese frío ser inmóvil, el último trozo de sí mismo, la última traza de hogar que posee y que, al pasar las horas de luz y calor, comienza a atraer moscas.

viernes, 22 de enero de 2010

De pronto...

El viento es inclemente en estos territorios y la crudeza del invierno golpea cual martillo. La ciudad es casi un cementerio en esta madrugada, un hombre se acerca a mí, con una sonrisa amigable su peludo gorro cubre su cabeza del frío de las horas posteriores a la media noche, una ráfaga de rayos lunares ilumina su rostro, su grueso abrigo apenas lo mantiene cálido, pues pare tiritar mucho desde adentro, sus manos se estremecen bajo esta afelpada prenda. Al fin me dirige unas palabras para preguntarme la hora, con un poco de indecisión extraigo mi mano del caliente bolsillo de mi gabardina y veo la hora, son las tres de la mañana, me quedo estupefacto, no sentí llegar la madrugada, el insomnio realmente comienza a hacer mella en mi sistema. Con voz temblorosa le comuniqué la hora al extraño sonriente, sus ojos lánguidos se tensaron en una mueca de exaltación:

—Es la hora, ¿sabe? La hora de la noche en que ocurren maravillas para los privilegiados y afortunados, ¿lo sabía?

—No —fue mi respuesta automática.

Era esa mi cuarta noche sin sueño y la segunda en que decidía salir a la calle a sentir el frío a gastar mi insomnio con paseos, y era esa, también, la primera noche en que me daban las tres de la mañana en la calle desde la universidad. La figura abrigada de aquel hombre siguió de largo a mí luego de una apenas perceptible reverencia amigable a modo de despedida. “Tres de la madrugada”, le susurré a mi conciencia, “¿será en verdad la hora maravillosa?”

Sin siquiera planearlo mi mirada fue dirigida en un impulso incontenible al hombre que ya iba dándome la espalda y sucedió que el gorro se cayó de su cabeza, o mejor dicho, saltó de esta y al caer al suelo sobre sus equilibradas cuatro patas maulló, se sacudió el cuerpo y luego ando con tranquilidad megalómana y perezosa. Luego cayó el grueso abrigo de aquel andante de amable semblante, esta prenda se dividió en centenares de pequeñas bolas peludas, con cola cual gusano y movimientos rápidos y escurridizos en inconstantes zigzags. Esto encendió al anterior felino que ahora saltaba por la acera en pos de capturar alguna de esas ratas. Entre tanto, la figura ahora desnuda de aquel sonriente afable, se alejaba y desvanecía en la atmósfera álgida y bañada con chorros de plata selenita, esfumándose en suspiros silenciosos, un espejismo de hielo, a cada paso que daba era menos real hasta ser convertido en un vago recuerdo cual sueño difícil de recordar.

Desde entonces duermo magníficamente, pero cada noche, a las tres exactas de la madrugada despierto y asomo mi vista al balcón, examinando los rincones de la calle en busca de las ratas, del gato o de alguien que desee saber la hora.

viernes, 30 de octubre de 2009

Sombras que respiran

— ¿Donde estas? —pero no responde a mi llamado, se oculta en las penumbras del gran salón. La siento, siento su presencia, pero no logro identificar su posición. Se escurre cual gusano por entre los altos pilares góticos y entre los viejos muebles que ya cargan con el mohoso aroma de los años y la corrosión. Mis pasos no son más que ecos mudos en el penumbroso salón. El frío recorre mi espalda anunciando la traición de mi voluntad. En mi piel se manifiesta el aturdimiento que me causa la sospecha. Pero ella no se manifiesta. Escucho su respiración en mi nuca, pero al girarme, solo veo oscuridad.
Mis ojos apenas logran percibir lo que hay a diez pasos, pero con una claridad menguante, como un espacio difuminado en la negra inmensidad. La convoco una vez más, aún sostengo la daga en mis manos trémulas, mi única defensa, tal vez inútil, ante esta extraña manifestación de todos los miedos.
—¡Muéstrate!
—Pero, si aquí estoy… jamás me he escondido —el eco de una voz ajada resonó en el gran salón bajo la cúpula desde una posición indeterminada —eres como el pez que no ha descubierto el agua, eres como el errabundo al que los árboles no le permiten ver el bosque, pues yo siempre he estado contigo, acariciando tu piel, sintiendo tus pasos. Soy todo lo que vez, o mejor dicho, lo que te impide ver, soy sobre lo que caminas, soy el aliento en tu espalda, soy lo que ahora mismo respiras…
Mis manos entumecidas de horror dejaron caer el arma que hizo un ruido metálico al chocar contra el suelo marmóreo, mis ojos exorbitados, en una expresión aterrorizada giraban incontenibles buscando la fuente de la cadavérica voz, sin éxito y cada vez con menos esperanza. Me sentía observado y vulnerable. Y de pronto vino su última frase, con tenues pinceladas de una fría ternura, que a mis oídos llegó cual sentencia en el cadalso:
—Yo, querido hombrecito, soy la oscuridad…

viernes, 2 de octubre de 2009

Vicente y Lázaro

— ¡Vicente! —gritó desde su estudio, se sentía exasperado, tenía mucha prisa y no podía permitirse un solo momento de retraso. Pareció que la orden no fue escuchada, tal vez su criado se encontraba dormido. Mientras tanto él no paraba de esculcar entre las hojas inútiles de cada cajón. Los libros de su escritorio fueron cayendo uno a uno, y al volar por los aires en desesperación parecían extrañas especies insectiformes de otras dimensiones.
Llamó otra vez, y otra, más fuerte, más exasperado, nuevamente sin respuesta. Su despacho era una zona de guerra, el escenario de una hecatombe y sus gritos sonaban cada vez más rasposos en el encerrado aire de esa polvosa habitación. Cada rincón, cada trozo de su vida pasando entre sus enflaquecidos dedos, parecían los de un muerto, como ráfagas fugaces de añejas verdades ahora inútiles.
— ¡Vicente! —profirió otra vez. Esta vez el desconcierto del recién despertado criado produjo un sobresalto. Se colocó la bata y salió despedido de su cómodo colchón. Desde el pasillo se advertía la escandalera. El corazón le palpitaba con la fuerza de un demonio golpeando los timbales del infierno. No dudó además en llevar su revolver cargado y listo, podría ser de necesidad. Con sigilo se acercaba a la puerta del despacho de su amo.
En el interior una quijotesca sombra se alzaba junto a la ventana, en su mirada una emoción indescriptible era reflejada, en su mano sostenía un extraño artefacto metálico parecido a una pirámide con grabados extremadamente intrincados. Sus ojos hundidos en su cráneo se cerraron, el dolor que le achacaba no estaba en su cuerpo “¿qué cuerpo?” se preguntaba. Era un sufrimiento del alma, una honda y perversa restricción del calor de la vida, una fuerte zozobra espiritual. Mil purgatorios se abrían ante sus opalescentes ojos.
La puerta fue abierta de un solo golpe intempestivo y el criado penetró en la habitación esgrimiendo con valor el cañón de su arma. Al distinguir aquella larguirucha silueta a contraluz en el ventanal descargó su arma. Pero eso no afectó la estabilidad de lo que sea que estuviera ahí parado, lo único dañado fueron los emplomados de la ventana. Pero entonces, y ante la atónita mirada del veterano mayordomo, la figura le habló:
—Vicente, estoy muerto, ¿no es así?
El pobre criado fue a dar al suelo, sus rodillas no soportaron la impresión. De pronto un frío sobrenatural invadió la estancia. En lugar de palabras el encanecido hombre solo dirigió un vapor cálido y rezumante a su cadavérico amo. Un sofocante hedor a tierra podrida casi provoca un reflejo vomitivo en Vicente, algo que con mucho esfuerzo pudo al fin contener antes de perder la conciencia.
La mañana descubrió un despacho vuelto un centro de entropía, con objetos y documentos regados por todo el lugar, así como muebles volteados y rotos, un sirviente del antiguo, y recientemente finado, dueño, desmayado en el suelo y una masa de cenizas grisáceas y malolientes cerca del ventanal, sobre esta yacía un raro artefacto como una pequeña pirámide metálica con extraños e intrincados grabados.

domingo, 21 de junio de 2009

Flamme

Se hacía llamar Sophía Flareaux, no entiendo cómo esto podía ser, no era una mujer, no era una persona, solo era una flama, una llamarada azulada que flotaba irreverente y melancólica. Se movía a mí alrededor y de arriba abajo formando Eses horizontales. Describirla es difícil, comprenderla lo es aún más, su naturaleza no es algo común en la tierra, o mejor dicho en esta tierra, el dominio de lo que se conoce, de lo que se ve, toca, huele, escucha, aún con aparatos especiales, aún cuando están fuera del alcance de nuestro espectro limitado de luz, hay aparatos que miden lo invisible, esos rincones que los dioses cubren como trampas, como puzles. Pero ella, o mejor dicho eso, no pertenecía a este reino que describo, no podría ser medida, y seguramente era desconocida incluso para los dioses más antiguos. Pero aún así se llamaba Sophía Flareaux y sentía su voz en mi interior, como si naciera de mi médula, y recorriera todo mi cuerpo, mis huesos, mis músculos, mis vísceras y mi piel.
— ¿Qué eres? —pregunté con una cara de asombro indisimulable.
— Soy un efecto —dijo ella con esa voz profunda y femenina, con ese tono de melancolía arcaica que parecía nacer desde mi interior.
Algo en esa masa de incandescencia movió mis sentimientos profundamente, algo en mí se enterneció, pude sentir esa desolación que la invadía que hacía parecer sus flamas como lágrimas que subían y se perdían en la ubicuidad de las penumbras. Era un sentimiento fuerte, una súplica, un ruego conmovedor. La noche hacía desaparecer mi entorno con sus sombras, desaparecieron los árboles, desapareció la hierba, desaparecieron las nubes y se esfumaron también las lejanas montañas, en esas tinieblas solo éramos ella, plasma y calor, y yo, carne desarmada. Se movía con la liviandad de una mariposa, pero la técnica de una libélula. Deseé otorgarle un poco de consuelo, sentía tan arraigada en mí su melancolía que tuve la necesidad imperante de abrazarla, de haber tenido un cuerpo lo hubiera hecho así. Mi mano, repentinamente, casi por propia voluntad, dirigió mis dedos a la ígnea entidad. Pero al sentir el dolor punzante retiré la mano lanzando un alarido breve pero fatal.
No sé si solo se retiró o se apagó para siempre, no sé si volverá a encenderse aquella flama fatua, fantasmal, amorfa y desconsolada. Mis dedos no han sanado aún, pero juro que volvería a intentar acariciarla.

lunes, 18 de mayo de 2009

Pixie

Una bruma que parece casi sobrenatural lo envuelve todo. Una figura deambula por aquellas calles humedecidas. Él no es alto sino bajito, no es elegante sino pomposo, no es un bastón, es un paraguas recogido. Camina entre la espesa neblina industrializada, sus pasos producen un sonoro ‘tap’ por cada paso que da. En su mano lleva un guante de cuero (el motivo es misterioso). Va vestido con un traje de un gris alegre (¿cómo puede ser alegre un color tan nostálgico?) y lleva un bombín negro que cubre una cabellera parcialmente encanecida. Lleva una sonrisa despreocupada, como la de un niño, y sus ojos tienen un brillo de encantadora inocencia, como los de un gatito. Marcha y las suelas de sus zapatos bien lustrados siguen sonando casi con aire lozano: ‘tap, tap, tap, tap’.

En su andar se encuentra de súbito, frente a un cementerio. Los cristos y querubines de piedra que adornan las tumbas parecen, incluso, sonreírle a aquel misterioso paseante mientras lo siguen con una mirada inmóvil y fría como la piedra de la que está hecha. El curioso hombrecillo sigue su andar. Las calles son de un color insistentemente gris, las pocas gentes que pasean por aquellos lugares llevan muecas por rostros, que expresan pena, nostalgia, irritación e incluso indiferencia criminal. Las aves se guardaban su canto, los árboles carecen de hojas que los arroparan y el suelo húmedo refleja pura melancolía. Uno, mientras se viera atrapado en aquellas calles, no podrá dejar de pensar en lo desdichados que se sienten, en la ropa que no se lavó, en el café que se les derramó, en la grosería que no debieron decir, en el cachorro que tuvieron en la infancia y que perdieran súbitamente.

Pero rompiendo el silencio, en el que casi pueden escucharse los sollozos de los transeúntes confundidos con el gemir del viento entre callejón y callejón, se oye de pronto un característico y sonoro ‘tap, tap, tap’ que por razones incomprensibles hacen de pronto, todo más alegre. Los pensamientos tristes de los que lo escuchan eran rotos repentinamente para ser reemplazados por la duda, “¿de donde proviene ese sonido?” se preguntan y entonces lo ven venir. Bajito, con traje gris y bombín, un paraguas en la mano izquierda y lo que parecía un guante de cuero en la otra, zapatitos bien lustrados, caminando con aire pomposo y presumiendo una sonrisa que inspira diversión por su ingenuidad manifiesta, y sus ojos, grandes y brillantes nace así, en los corazones más reblandecidos, una ternura que desarma al momento. Algunos lo ven pasar con la mirada clavada en él, otros solo de soslayo, pero todos lo advierten. Ahora, las aceras se ven más claras, como iluminadas por un sol que no existe, la bruma que lo inunda todo parece más… divertida, y en los cristales de los escaparates re reflejan las espontaneas sonrisas casi involuntarias de quienes divisan al hombrecillo de gris.

No obstante, en cuanto lo pierden de vista, sus rostros vuelven a su amargura inicial, y la luz aparente que iluminaba la escena, se apaga dejando lugar a la atmósfera gris de aquel cielo eternamente nublado por el smog. Y así, todos se olvidaban de aquel momento de breve felicidad, donde la monotonía de una ciudad gris se vio rota por una luz que iluminó y alegró un poco ese mismo gris.

Pero los zapatos lustrados siguen andando, por calles y caminos muy diversos hasta que su ‘tap, tap’ se escucha entrando en un callejón. Este llega hasta un edificio abandonado que todos ignoran. En la seguridad de aquel solitario escenario, algo inimaginable acontece. El hombre de gris que viste bombín comienza a experimentar una metamorfosis extraordinaria. Primero vira la cabeza hacia arriba, lanzando su luminosa mirada al cielo gris. Y su espalda se arquea en un ángulo imposible. Sus dedos se retuercen y sus piernas parecen torcerse. Su piel se arruga y pliega, como una bolsa de hule desinflándose. De entre los pliegues de esta sale un ser inhumano, o tal vez un poco humano. Es un niño, o de eso tiene aspecto. Está en posición fetal sobre lo que antes fue una piel y un traje gris alegre. El niño, calvo y de piel clarísima y rosada, casi resplandeciente, levanta su mirada, ojos grandes y luminosos, repletos de inocencia, se asomaron a un mundo conformado por un callejón frío y húmedo donde la bruma impera. Y, de improviso, sonríe divertido e ingenuo. Dejó todo donde está, el paraguas, el bombín, el traje gris y la piel de hombre adulto. Ahora ha salido de su capullo y ha dejado de ser una larva.

Toma solamente el guante de cuero, que por ser tan pequeño, constituye un perfecto trajecito al ser modificado un poco. Y así se adentra en aquel desvencijado edificio abandonado, para alegrar sus melancólicos interiores con su presencia y su ‘tap, tap’.


sábado, 9 de mayo de 2009

Verde ominoso

Del bosque surgía un murmurante viento, como el eco de un grito proferido hace siglos. Las hojas se alborotaban al paso de la corriente, elevándose en una danza fantasmagórica. El olor a tierra y a hierba lo inundaba todo, un aroma vegetal y vetusto. Un hombre yacía en el suelo, la luz del sol que atravesaba la arboleda llegó a sus ojos produciéndole incomodidad. Despertó sobresaltado lanzando una honda inspiración.
Sus manos estaban débiles y tardó un rato en poder moverlas, tiempo que se volvía una enloquecedora eternidad, la desesperación inundaba a aquel desdichado. Su nariz, muy cerca del suelo, resoplaba levantando las hojas junto a su rostro. Quiso mover su brazo derecho, pero descubrió que aún estaba muy débil, lo intentó una y otra vez, hasta que finalmente lo fue elevando lentamente, pero tan rápido como sus músculos se lo permitían. Lo apoyó en el suelo para darse vuelta. Tardó un rato más en conseguirlo. Su vista ahora estaba dirigida al cielo, que se entreveía azul tras las hojas de los altos árboles. El verde lo invadía todo, en todas las tonalidades posibles. Desde el oscuro de entre los matorrales, hasta el más claro, casi fluorescente del musgo que revestía los troncos de los árboles y las rocas cercanas. Logró distinguir, también, insectos que revoloteaban sobre su cabeza, libélulas, polillas, mariposas, saltamontes y catarinas. Sintió que se trataba de una visión demasiado bella para una situación tan desesperada y terrible como en la que se encontraba. Calculaba que era apenas medio día. Intentó incorporarse, ese era ahora su reto. Lograr levantarse. En el proceso se percató con horror de algo en lo que hasta entonces no había reparado: su pierna izquierda, no la sentía, de la rodilla para abajo, el cuerpo estaba mudo. Intentó, aterrorizado, dirigir su vista en aquella dirección, pero no podía aún incorporase lo suficiente.


Sin rendirse, continuó tratando de elevar su mirada sobre su barriga para saber qué había pasado con su pierna izquierda. Al conseguirlo finalmente lo que descubrió lo dejó perplejo. La raíz de un árbol había atravesado su extremidad a la altura del fémur. ¿Cómo era posible aquello, cómo una raíz crecería tan rápido, en el transcurso de una noche? A no ser que no hubiese pasado solo una noche, y rápidamente (las fuerzas en sus brazos habían vuelto lo suficiente para permitirle aquella brusquedad) se llevó las manos al rostro, para evaluar la posibilidad que lo había asaltado en aquel instante. Su barba apenas estaba creciendo, calculaba que tenía tan solo un día. Aquello era imposible. Se arrastró hacia atrás para liberarse, pero se descubrió atorado irremediablemente.
Desde las profundidades del bosque, el viento sopló, como la exhalación de una bestia. Arrastraba consigo una fragancia a tierra antigua y hierba verde. Con este repentino disturbio en la quietud del mágico lugar vino también algo peor aún. El hombre distinguió en las inmediaciones el sonido inequívoco de pisadas. Pero en lugar de alegrarse, su corazón se encogió. Sintió su sangre helar al distinguir, como poco a poco los pesados y arrítimicos pasos se acercaban. Lo vio entonces. Entre la espesura una figura surgiendo. Hombre ridículamente alto, llevaba una chamarra de cuero color café sucia y gastada, al igual que sus jeans. Zapatos de obrero plenos de lodo y hojas secas. Y su atributo más escalofriante era su máscara de gas, no podía distinguirse ningún aspecto de su portador. Llevaba una ushanka empolvada y guantes de electricista. En su mano derecha portaba un gran marro con señales de desgaste y unas oscurecidas manchas secas.


Tras la máscara su respiración se escuchaba profunda y hueca. El pobre hombre dejó correr la cálida orina por entre sus piernas presa irremediable del miedo. Pareció, tan solo pareció, que ese espeluznante ser gruñó tras la máscara casi a modo de pregunta, y como una respuesta inmediata e imperativa, las profundidades del bosque resoplaron nuevamente, con fuerza mayor. El viento pareció pronunciar alguna ominosa palabra mientras recorría las hojas en las copas de los árboles y levantaba la hojarasca. Era una palabra sin significado en cualquier lengua de los hombres, pero la criatura junto a aquel desdichado supo interpretar la orden. Dirigió un brutal golpe al hombre indefenso, con su gran marro, esparciendo en el acto la sangre y los sesos por las hojas caídas y putrefactas y embarrando de escarlata el musgo sobre la corteza del árbol cercano.

Con el paso de los días, las raíces crecieron en el interior del cadáver, alimentando al gran roble al que pertenecían.

La Esencia

La Esencia está viva, cada día respira de nuestro aire y se mueve por nuestro espacio. Somos miserablemente pequeños ante ella. Es nuestra creadora. Pero sus manifestaciones son desconcertantes y casi nunca agradables. Sus manifestaciones son seres. Algunos andan entre nosotros y otros se ocultan en las sombras del mito, mientras que a otros más les es indiferente nuestra existencia y nos pasan de largo. Ellos son los seres de la Esencia.
Soy alguien que ha vivido cerca de todo ello, y que ha tenido la suficiente suerte de sobrevivir o, cuando menos, permanecer cuerdo.
Cada caso del que yo tenga conocimiento en el que se sospeche de una manifestación tal ha de quedar plasmado en este lugar. Aún a costa de mi volundad.

Mapamundi maldito

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